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sábado, 26 de julio de 2014

Ángel Herrera Oria y la Generación de 1914. Curso de Verano ACdP en Santander 2014

Los pasados días 23, 24 y 25 de julio de 2014 se celebró el curso de verano de la Asociación Católica de Propagandistas (ACdP), que tradicionalmente tiene lugar en el seminario diocesano de Monte Corbán de la ciudad de Santander. Este año se dedicó a conmemorar el centenario de la Generación de 1914, a la que perteneció el siervo de Dios Ángel Herrera Oria, a la sazón primer presidente de la ya centenaria ACdP. Puedes pinchar aquí para ver la crónica y las fotografías de este interesante curso. Destaquemos algunos de sus actos en los que tuve el honor de participar.
El miércoles día 23 intervine en la inauguración con estas palabras de bienvenida a los asistentes venidos de toda nuestra geografía española:

"Sr. Presidente de la ACdP, D. Carlos Romero Caramelo, distinguidas autoridades civiles, académicas y militares, señoras, señores, amigos todos.
La profunda inestabilidad socio-política por la que atravesaba España en la primera década del s. XX fue causa suficiente para que un grupo de pensadores y artistas enarbolasen la nada fácil empresa de superar los anquilosados conceptos socio-políticos del s. XIX, que aún pervivían en las estructuras gubernativas de nuestro país.
Estos intelectuales, englobados en la denominada “Generación de 1914”, se marcaron como objetivo reverdecer el sentimiento patrio del pueblo español con una nueva pedagogía política, que permitiera fortalecer su tejido social e institucional.
Al cumplirse el centenario de esta Generación volvemos la mirada hacia uno de sus miembros, nuestro paisano y a la sazón fundador y primer presidente de la ACdP, el santanderino Ángel Herrera Oria, actualmente camino de los altares.
Don Ángel impulsó, como saben, múltiples obras sociales de carácter educativo, político, sindical e incluso periodístico; participó del sentir de su época y de sus coetáneos; y se implicó con ellos en la tarea de renovar la caduca situación socio-política de la España de principios del pasado siglo.
La compresión de su pensamiento y de sus obras pasa por tener presente que toda su actividad personal estuvo alentada por la fuerza del mensaje evangélico, por la fidelidad al magisterio pontificio y por la puesta en práctica de la doctrina social de la Iglesia, pilares que le singularizan como miembro de la Generación del 14.
Sin duda, estos próximos días, y en este inigualable marco del seminario de Monte Corbán, serán momento propicio para considerar éstas, y otras muchas más cuestiones, en torno a la siempre estimulante e ingente figura del siervo de Dios, Ángel Herrera Oria.
Finalmente, quiero dirigirles en nombre del Centro de Santander de la ACdP mi más cordial bienvenida, con el deseo de que este curso de verano les sea al menos tan provechoso como el cuidado y mimo que le hemos procurado en coordinación con el doctor Sánchez de Movellán. Así pues, quedo a su entera disposición. Muchas gracias".
Inauguración del curso de verano de la ACdP 2014 en Santander junto a D. Carlos Romero, Sr. Presidente de la ACdP y Dña. Virginia Lavín, concejal del Excmo. Ayto. de Santander.


Al día siguiente, jueves día 24 los participantes en el curso nos desplazamos a la villa marinera de Santoña en donde continuamos con nuestra actividad académica.
El primer hito en el que nos detuvimos estuvo en la emblemática fortificación santoñesa de San Martín, en donde el doctor Rafael Palacio, director de la Casa de Cultura, nos dirigió un completa y enjundiosa visita. Además, nos introdujo en la interesante exposición dedicada a la Guerra de la Independencia que actualmente se alberga en el fuerte, con ocasión del bicentenario del fin de este período bélico conmemorado este año 2014; singular momento en el que, precisamente, la villa de Santoña tuvo un singular protagonismo, ya que fue la última plaza del Cantábrico en donde el ejército francés capituló.
Momento de la visita al fuerte de San Martín de Santoña, en el que puede observarse la estructura exterior del mismo.
Tras esta visita nos dirigimos al Palacio de Manzanedo, actual sede del Excmo. Ayto. de Santoña. La alcaldesa de la villa marinera, doña Milagros Rozadilla, nos recibió entrañablemente destacando el alto nivel académico de los cursos de verano de la ACdP, y manifestándose de manera particular en esta charla con la que se escribía una de "las páginas de oro de la Cultura en Santoña", como así efectivamente considero.
Acto de bienvenida de la alcaldesa de Santoña, Dña. Milagros Rozadilla (en el centro) previa a la conferencia del Dr. Jerónimo de la Hoz (a la derecha) en el salón de actos del Ayuntamiento de la villa marinera.
Así, el salón de actos del Palacio de Manzanedo acogió la conferencia del Dr. Jerónimo de la Hoz dedicada a la figura del miembro de la Generación del 14 y primer bibliotecario de la Biblioteca Menéndez Pelayo de Santander, Miguel Artigas.  

Allí, en uno de los lugares más singulares de mi Santoña natal, disfruté del privilegio de poder presentar al ponente:


"Sra. Alcaldesa de Santoña, doña Milagros Rozadilla, distinguidas autoridades, señoras, señores, amigos todos.

Permítanme iniciar mi intervención dando públicamente las gracias en nombre de la Asociación Católica de Propagandistas (ACdP) a nuestra alcaldesa, quien tan amablemente hoy nos preside, porque este acto no hubiera sido posible sin el apoyo que me brindó desde el primer momento. Asimismo, agradezco muy sinceramente al director de la Casa de Cultura, doctor Rafael Palacio, por sus continuos desvelos para que la organización de esta conferencia resultase perfecta.

En este año 2014 se cumple el centenario de la Generación de 1914, a la que perteneció nuestro paisano Ángel Herrera Oria, a la sazón fundador y primer presidente de la ya centenaria ACdP. Motivo por lo que celebramos este curso de verano dedicado a él y su Generación, en la cual se enmarca la conferencia que tengo el honor de presentarles esta tarde en este inigualable e histórico Palacio de Manzanedo de la villa marinera de Santoña.

Los intelectuales de la Generación de 1914 se fijaron el objetivo fortalecer el tejido social e institucional de una España que adolecía de una profunda inestabilidad socio-política durante aquella primera década del pasado siglo XX.

Otro miembro de la Generación del 14 vinculado a “La Montaña”, además de Ángel Herrera, es Miguel Artigas.
Primer director de la Biblioteca Menéndez Pelayo, y por tanto el primero que enarboló la titánica tarea de ordenar la ingente cantidad de los valiosos libros y manuscritos que Don Marcelino legó tras su muerte en 1912, y que hoy se conservan en el emblemático edificio diseñado por Rucabado en la calle Rubio de la capital cántabra. También Artigas supo aglutinar a un influyente grupo de intelectuales comprometidos con el estudio de la cultura hispana, colocando así a Santander y a Cantabria en el mapa de los “peregrinos” en busca de lo mejor de la cultura española.
Estos méritos y sus sólidos escritos trascendieron a nivel nacional e internacional, lo que le valieron la designación como director de la Biblioteca Nacional y más tarde como uno de los “inmortales” miembros de la Real Academia Española, al igual que el polígrafo santanderino Menéndez Pelayo.
Nadie mejor para exponernos la interesante figura de Miguel Artigas que el ponente que nos acompaña, el doctor Jerónimo José de la Hoz Regules, quien se incluye dentro de la más arraigada tradición de los científicos humanistas, porque además de su formación universitaria como biólogo que ejerce profesionalmente en la consejería de Medio Ambiente del Principado de Asturias, nuestro conferenciante también es licenciado en Historia y doctor en Historia Contemporánea. Pertenece a la Real Sociedad Menéndez Pelayo y al Centro de Estudios Montañeses, entidades académicas en donde ha desarrollado principalmente su actividad investigadora en los últimos años, habiendo realizado algunas biografías de personajes santanderinos de inicios del siglo XX, como el biólogo Juan Cuesta Urcelay, o los historiadores, además de sacerdotes, Jerónimo de la Hoz Teja y Sixto de Córdova y Oña. El último de sus trabajos rescata con brillo y acierto al personaje protagonista de hoy, Miguel Artigas. Don Jerónimo, suya es la palabra. Muchas gracias".
 
Una última actividad que quiero destacar, por su emotividad, es el acto de ofrenda floral que la ACdP realiza durante la Misa que se celebra en la parroquia de Santa Lucía de Santander, en donde Ángel Herrera Oria ejerció su ministerio sacerdotal, casi 30 años después de fundar como laico la ACdP.
Ofrenda floral ante la pila bautismal en donde fue bautizado el siervo de Dios Ángel Herrera Oria, junto con el consejero nacional Hipólito Velasco.
Finalizo con algunas de las conclusiones de los trabajos de este curso de verano, que podrían encontrar su síntesis en el capítulo -el sexto- que he dedicado recientemente a Ángel Herrera y su Generación en la obra La generación del 14. España ante su modernidad inacabada (Plaza y Valdés, 2016):

- Ángel Herrera como "indiscutible" miembro de la Generación de 1914 participó del mismo objetivo común que el resto de sus coetáneos, a saber: renovar la caduca situación institucional, política y social que adolecía España a principios del siglo pasado.
- La compresión del pensamiento de Ángel Herrera y de su obras, emprendidas a fin de la necesaria regeneración de la Sociedad, pasa por tener presente que toda su actividad personal estuvo alentada por la fuerza del mensaje evangélico, por la fidelidad al magisterio pontificio y por la doctrina social de la Iglesia, pilares que le singularizan como miembro de la Generación del 14.
- Ángel Herrera durante toda su vida se erigió en un activo defensor de la doctrina católica y de sus bondades manifestadas en la vida personal, familiar y social, como uno de los fundamentos históricos del ser del pueblo español, y desde esta convicción se involucró en la común tarea de la Generación del 14 de “modernizar” España, que aún sigue inacaba.
- Ángel Herrera tuvo claro del papel de la política como elemento revitalizador de la Sociedad española, aunque también concedió a otras vocaciones profesionales la fuerza moral suficiente para esta tarea común. Además, abogó por la erradicación de los vicios adquiridos del “estamento” político.

Como siempre, espero tus comentarios.
Particularmente, agradezco a D. José Manuel Mochales sus instantáneas.
En Santander, a 26 de julio de 2014.

lunes, 16 de febrero de 2009

Christifideles laici. JPII (y XXVI): Llamada a la oración

Este lunes concluimos con nuestra reflexión de la Christifideles laici de Juan Pablo II (1988). A lo largo de los lunes de estos 7 últimos meses he tratado de acercarte las enseñanzas que esta exhortación apostólica nos ofrece sobre el papel, misión y vocación que las personas como tú y yo tenemos en medio de la Sociedad. Tras el recorrido que hemos realizado, y a modo de colofón y envío al servicio de nuestro prójimo, el Papa nos invita a detenernos y a elevar una oración a Dios y a la Virgen María para poder poner por obra las reflexiones que hemos considerado estos lunes pasados.

Llamamiento y oración

64. Como conclusión de este documento post-sinodal vuelvo a dirigiros, una vez más, la invitación del «dueño de casa» del que nos habla el Evangelio: Id también vosotros a mi viña. Se puede decir que el significado del Sínodo sobre la vocación y misión de los laicos está precisamente en este llamamiento de Nuestro Señor Jesucristo dirigido a todos, y, en particular, a los fieles laicos, hombres y mujeres. (...).


Por eso os exhorto vivamente a todos y a cada uno, Pastores y fieles, a no cansaros nunca de mantener vigilante, más aún, de arraigar cada vez más -en la mente, en el corazón y en la vida- la conciencia eclesial; es decir, la conciencia de ser miembros de la Iglesia de Jesucristo, partícipes de su misterio de comunión y de su energía apostólica y misionera.


Es particularmente importante que todos los cristianos sean conscientes de la extraordinarta dignidad que les ha sido otorgada mediante el santo Bautismo. Por gracia estamos llamados a ser hijos amados del Padre, miembros incorporados a Jesucristo y a su Iglesia, templos vivos y santos del Espíritu. Volvamos a escuchar, emocionados y agradecidos, las palabras de Juan el Evangelista: «¡Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, y lo somos realmente!» (1 Jn 3, 1). (...).


El vivo sentido de la comunión eclesial, don del Espíritu Santo que urge nuestra libre respuesta, tendrá como fruto precioso la valoración armónica, en la Iglesia «una y católica», de la rica variedad de vocaciones y condiciones de vida, de carismas, de ministerios y de tareas y responsabilidades, como también una más convencida y decidida colaboración de los grupos, de las asociaciones y de los movimientos de fieles laicos en el solidario cumplimiento de la común misión salvadora de la misma Iglesia. Esta comunión ya es en sí misma el primer gran signo de la presencia de Cristo Salvador en el mundo; y, al mismo tiempo, favorece y estimula la directa acción apostólica y misionera de la Iglesia. (...).


Una grande, comprometedora y magnífica empresa ha sido confiada a la Iglesia: la de una nueva evangelización, de la que el mundo actual tiene una gran necesidad. Los fieles laicos han de sentirse parte viva y responsable de esta empresa, llamados como están a anunciar y a vivir el Evangelio en el servicio a los valores y a las exigencias de las personas y de la sociedad. (...).


En Barcelona, a 16 de febrero de 2009.

lunes, 9 de febrero de 2009

Christifideles laici. JPII (XXV): Formarse para sí y para todos

Este lunes os ofrezco otro momento para reflexionar sobre nuestra formación desde las enseñanzas que Juan Pablo II, de feliz memoria, nos presenta en la exhortación apostólica Christifideles laici (1988). En estas líneas se nos interpela, ¿la formación es un privilegio para unos pocos o, por contra, es un derecho para todos? ¿Todos necesitamos formarnos? ¿Hasta donde debe llegar tu itinerario educativo y formativo? ¿Te basta con obtener un título que aparentemente demuestra unos conocimientos o ese diploma debe avalar tu horas y horas de reflexión sobre unos conocimientos y tu madurez personal?


La formación recibida y dada recíprocamente por todos

63. La formación no es el privilegio de algunos, sino un derecho y un deber de todos. Al respecto, (...) [se ha dicho]: «Se ofrezca a todos la posibilidad de la formación, sobre todo a los pobres, los cuales pueden ser -ellos mismos- fuente de formación para todos», y han añadido: «Para la formación empléense medios adecuados que ayuden a cada uno a realizar la plena vocación humana y cristiana».


Para que se dé una pastoral verdaderamente incisiva y eficaz hay que desarrollar la formación de los formadores, poniendo en funcionamiento los cursos oportunos o escuelas para tal fin. Formar a los que, a su vez, deberán empeñarse en la formación de los fieles laicos, constituye una exigencia primaria para asegurar la formación general y capilar de todos los fieles laicos.


En la labor formativa se deberá reservar una atención especial a la cultura local, (...): «La formación de los cristianos tendrá máximamente en cuenta la cultura humana del lugar, que contribuye a la misma formación, y que ayudará a juzgar tanto el valor que se encierra en la cultura tradicional, como aquel otro propuesto en la cultura moderna. (...). Algunas convicciones se revelan especialmente necesarias y fecundas en la labor formativa. (...)».


Además está la convicción de que cada uno de nosotros es el término y a la vez el principio de la formación. Cuanto más nos formamos, más sentimos la exigencia de proseguir y profundizar tal formación; como también cuanto más somos formados, más nos hacemos capaces de formar a los demás.


Es de particular importancia la conciencia de que la labor formativa, al tiempo que recurre inteligentemente a los medios y métodos de las ciencias humanas, es tanto más eficaz cuanto más se deja llevar por la acción de Dios: sólo el sarmiento que no teme dejarse podar por el viñador, da más fruto para sí y para los demás.


En Barcelona, a 9 de febrero de 2009

lunes, 26 de enero de 2009

Christifideles laici. JP II (XXIII). Aspectos de una formación integral: formación de laicos

Como el lunes pasado, os traigo un nuevo texto de Juan Pablo II (Christifideles laici, 1988) para justificarte los beneficios que tiene tu propia formación. La formación aporta unidad de vida, permite ser coherente con tus actos, y lleva a ser cuidadoso con nuestras obligaciones cívicas y sociales. Esa formación debe tocar lo espiritual, lo conceptual, lo cultural. Aquel que tenga alguna participación en la Vida Pública no deje de conocer la Doctrina Social porque le será de gran utilidad. Las negritas son mías. ¡Espero tus comentarios!


Una formación integral para vivir en la unidad

59. En el descubrir y vivir la propia vocación y misión, los fieles laicos han de ser formados para vivir aquella unidad con la que está marcado su mismo ser de miembros de la Iglesia y de ciudadanos de la sociedad humana.


En su existencia no puede haber dos vidas paralelas: por una parte, la denominada vida «espiritual», con sus valores y exigencias; y por otra, la denominada vida «secular», es decir, la vida de familia, del trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso político y de la cultura. El sarmiento arraigado en la vid que es Cristo, da fruto en cada sector de su actividad y de su existencia. En efecto, todos los distintos campos de la vida laical entran en el designio de Dios, que los quiere como el «lugar histórico» del revelarse y realizarse de la caridad de Jesucristo para gloria del Padre y servicio a los hermanos. Toda actividad, toda situación, todo esfuerzo concreto -como p. ej., la competencia profesional y la solidaridad en el trabajo, el amor y la entrega a la familia y a la educación de los hijos, el servicio social y político, la propuesta de la verdad en el ámbito de la cultura- son ocasiones providenciales para un «continuo ejercicio de la fe, de la esperanza y de la caridad».


El Concilio Vaticano II ha invitado a todos los fieles laicos a esta unidad de vida, denunciando con fuerza la gravedad de la fractura entre fe y vida, entre Evangelio y cultura: «El Concilio exhorta a los cristianos, (...), a esforzarse por cumplir fielmente sus deberes temporales, guiados siempre por el espíritu evangélico. Se equivocan los cristianos que, sabiendo que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran por esto que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta de que la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas según la vocación personal de cada uno (...). La separación entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerada como uno de los más graves errores de nuestra época». Por eso he afirmado que una fe que no se hace cultura, es una fe «no plenamente acogida, no enteramente pensada, no fielmente vivida».

Aspectos de la formación

60. Dentro de esta síntesis de vida se sitúan los múltiples y coordinados aspectos de la formación integral de los fieles laicos.


Sin duda la formación espiritual ha de ocupar un puesto privilegiado en la vida de cada uno, llamado como está a crecer ininterrumpidamente en la intimidad con Jesús, en la conformidad con la voluntad del Padre, en la entrega a los hermanos en la caridad y en la justicia. (...).


Se revela hoy cada vez más urgente la formación doctrinal de los fieles laicos, no sólo por el natural dinamismo de profundización de su fe, sino también por la exigencia de «dar razón de la esperanza» que hay en ellos, frente al mundo y sus graves y complejos problemas. Se hacen así absolutamente necesarias una sistemática acción de catequesis, que se graduará según las edades y las diversas situaciones de vida, y una más decidida promoción cristiana de la cultura, como respuesta a los eternos interrogantes que agitan al hombre y a la sociedad de hoy.


En concreto, es absolutamente indispensable -sobre todo para los fieles laicos comprometidos de diversos modos en el campo social y político- un conocimiento más exacto de la doctrina social de la Iglesia, como repetidamente los Padres sinodales han solicitado en sus intervenciones. Hablando de la participación política de los fieles laicos, se han expresado del siguiente modo: «Para que los laicos puedan realizar activamente este noble propósito en la política (es decir, el propósito de hacer reconocer y estimar los valores humanos y cristianos), no bastan las exhortaciones, sino que es necesario ofrecerles la debida formación de la conciencia social, especialmente en la doctrina social de la Iglesia, la cual contiene principios de reflexión, criterios de juicio y directrices prácticas (cfr. Congregación para la Doctrina de la Fe, Libertatis conscientia, Instrucción sobre libertad cristiana y liberación, 72). (...)».


Finalmente, en el contexto de la formación integral y unitaria de los fieles laicos es particularmente significativo, por su acción misionera y apostólica, el crecimiento personal en los valores humanos. Precisamente en este sentido el Concilio ha escrito: «(los laicos) tengan también muy en cuenta la competencia profesional, el sentido de la familia y el sentido cívico, y aquellas virtudes relativas a las relaciones sociales, es decir, la probidad, el espíritu de justicia, la sinceridad, la cortesía, la fortaleza de ánimo, sin las cuales ni siquiera puede haber verdadera vida cristiana».


Los fieles laicos, al madurar la síntesis orgánica de su vida -que es a la vez expresión de la unidad de su ser y condición para el eficaz cumplimiento de su misión-, serán interiormente guiados y sostenidos por el Espíritu Santo, como Espíritu de unidad y de plenitud de vida.


En Barcelona, a 26 de enero de 2009.

lunes, 19 de enero de 2009

Christifideles laici. JP II (XXII). Descubrir la vocación: formación de laicos

Para continuar argumentando la importancia que tiene tu propia formación personal, "echo más carne al asador" con otro texto de la Christifideles laici de Juan Pablo II (1988). La madura formación permite vivir nuestra vocación misionera: a saber, el poder servir felizmente a la Sociedad en la que vivimos. Las negritas son mías. ¡Espero tus comentarios!

La formación de los laicos: Descubrir y vivir la propia vocación y misión

58. La formación de los fieles laicos tiene como objetivo fundamental el descubrimiento cada vez más claro de la propia vocación y la disponibilidad siempre mayor para vivirla en el cumplimiento de la propia misión.

Dios me llama y me envía como obrero a su viña; me llama y me envía a trabajar para el advenimiento de su Reino en la historia. Esta vocación y misión personal define la dignidad y la responsabilidad de cada fiel laico y constituye el punto de apoyo de toda la obra formativa, ordenada al reconocimiento gozoso y agradecido de tal dignidad y al desempeño fiel y generoso de tal responsabilidad.

En efecto, Dios ha pensado en nosotros desde la eternidad y nos ha amado como personas únicas e irrepetibles, llamándonos a cada uno por nuestro nombre, como el Buen Pastor que «a sus ovejas las llama a cada una por su nombre» (Jn 10, 3). Pero el eterno plan de Dios se nos revela a cada uno sólo a través del desarrollo histórico de nuestra vida y de sus acontecimientos, y, por tanto, sólo gradualmente: en cierto sentido, de día en día.

Y para descubrir la concreta voluntad del Señor sobre nuestra vida son siempre indispensables la escucha pronta y dócil de la palabra de Dios y de la Iglesia, la oración filial y constante, la referencia a una sabia y amorosa dirección espiritual, la percepción en la fe de los dones y talentos recibidos y al mismo tiempo de las diversas situaciones sociales e históricas en las que se está inmerso.

En la vida de cada fiel laico hay además momentos particularmente significativos y decisivos para discernir la llamada de Dios y para acoger la misión que Él confía. Entre ellos están los momentos de la adoles-cencia y de la juventud. Sin embargo, nadie puede olvidar que el Señor, como el dueño con los obreros de la viña, llama -en el sentido de hacer concreta y precisa su santa voluntad- a todas las horas de la vida: por eso la vigilancia, como atención solícita a la voz de Dios, es una actitud fundamental y permanente del discípulo.

De todos modos, no se trata sólo de saber lo que Dios quiere de nosotros, de cada uno de nosotros en las diversas situaciones de la vida. Es necesario hacer lo que Dios quiere: así como nos lo recuerdan las palabras de María, la Madre de Jesús, dirigiéndose a los sirvientes de Caná: «Haced lo que Él os diga» (Jn 2, 5). Y para actuar con fidelidad a la voluntad de Dios hay que ser capaz y hacerse cada vez más capaz. Desde luego, con la gracia del Señor, que no falta nunca, como dice san León Magno: «¡Dará la fuerza quien ha conferido la dignidad!»; pero también con la libre y responsable colaboración de cada uno de nosotros.

Esta es la tarea maravillosa y esforzada que espera a todos los fieles laicos, a todos los cristianos, sin pausa alguna: conocer cada vez más las riquezas de la fe y del Bautismo y vivirlas en creciente plenitud. El apóstol Pedro hablando del nacimiento y crecimiento como de dos etapas de la vida cristiana, nos exhorta: «Como niños recién nacidos, desead la leche espiritual pura, a fin de que, por ella, crezcáis para la salvación» (1P 2, 2).

En Barcelona, a 19 de enero de 2009.

lunes, 12 de enero de 2009

Christifideles laici. JP II (XXI). Madurar continuamente: formación de laicos

Dice el refranero popular que Año nuevo, vida nueva. ¿Qué mejor manera de empezar sino comprometiéndose con algunos buenos propósitos? De entre ellos no nos puede faltar el de nuestra propia formación. Para hacerte pensar de su importancia te traigo este fragmento de la exhortación apostólica de Juan Pablo II, Christifideles laici (1988). Las negritas son mías. ¡Espero tus comentarios!


La formación de los fieles laicos: Madurar continuamente

57. La imagen evangélica de la vid y los sarmientos nos revela otro aspecto fundamental de la vida y de la misión de los fieles laicos: la llamada a crecer, a madurar continuamente, a dar siempre más fruto.


Como diligente viñador, el Padre cuida de su viña. La presencia solícita de Dios es invocada ardientemente por Israel, que reza así: «¡Oh Dios Sebaot, vuélvete ya, /desde los cielos mira y ve, /visita esta viña, cuídala, /a ella, la que plantó tu diestra» (Sal 80, 15-16). El mismo Jesús habla del trabajo del Padre: «Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo poda para que dé más fruto» (Jn 15, 1-2).


La vitalidad de los sarmientos está unida a su permanecer radicados en la vid, que es Jesucristo: «El que permanece en mí como yo en él, ése da mucho fruto, porque separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5).


El hombre es interpelado en su libertad por la llamada de Dios a crecer, a madurar, a dar fruto. No puede dejar de responder; no puede dejar de asumir su personal responsabilidad. A esta responsabilidad, tremenda y enaltecedora, aluden las palabras graves de Jesús: («Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego lo recogen, lo echan al fuego y lo queman» (Jn 15, 6).


En este diálogo entre Dios que llama y la persona interpelada en su responsabilidad se sitúa la posibilidad -es más, la necesidad- de una formación integral y permanente de los fieles laicos, a la que los Padres sinodales han reservado justamente una buena parte de su trabajo. En concreto, después de haber descrito la formación cristiana como «un continuo proceso personal de maduración en la fe y de configuración con Cristo, según la voluntad del Padre, con la guía del Espíritu Santo», han afirmado claramente que «la formación de los fieles laicos se ha de colocar entre las prioridades de la diócesis y se ha de incluir en los programas de acción pastoral de modo que todos los esfuerzos de la comunidad (sacerdotes, laicos y religiosos) concurran a este fin».

En Barcelona, a 12 de enero de 2009.

lunes, 5 de enero de 2009

Christifideles Laici (XX). JP II Vocaciones (y II)

Volvemos hoy a considerar el tema de la vocación y de nuestro lugar en la vida. Concretamente la vocación de los laicos (es decir, de aquellos que no son ni sacerdotes ni religiosos). El fragmento, como es ya habitual lo lunes corresponde a la exhortación apostólica Christifideles laici de Juan Pablo II (1988).

Es de suma importancia que los no consagrados encontremos nuestro "sitio" en la Sociedad para mejor servir a Dios, a los hombres y mujeres (para ser políticamente correcto) con los que convivimos en sociedad y por supuesto a nosotros mismos, porque buscar el Bien común redunda en nuestro propio beneficio. Las negritas son mías. ¡Espero vuestros comentarios!

Las diversas vocaciones laicales

56. La rica variedad de la Iglesia encuentra su ulterior manifestación dentro de cada uno de los estados de vida. Así, dentro del estado de vida laical se dan diversas «vocaciones», o sea, diversos caminos espirituales y apostólicos que afectan a cada uno de los fieles laicos. En el álveo [nacimiento] de una vocación laical «común» florecen vocaciones laicales «particulares». En este campo podemos recordar también la experiencia espiritual que ha madurado recientemente en la Iglesia con el florecer de diversas formas de Institutos seculares. A los fieles laicos, y también a los mismos sacerdotes, está abierta la posibilidad de profesar los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia a través de los votos o las promesas, conservando plenamente la propia condición laical o clerical. (...).


Podemos concluir releyendo una hermosa página de san Francisco de Sales, que tanto ha promovido la espiritualidad de los laicos. Hablando de la «devoción», es decir de la perfección cristiana o «vida según el Espíritu», presenta de manera simple y espléndida la vocación de todos los cristianos a la santidad y, al mismo tiempo, el modo específico con que cada cristiano la realiza: «En la Creación Dios mandó a las plantas producir sus frutos, cada una "según su especie" (Gn 1, 11). El mismo mandamiento dirige a los cristianos, que son plantas vivas de su Iglesia, para que produzcan frutos de devoción, cada uno según su estado y condición. La devoción debe ser practicada en modo diverso por el hidalgo, por el artesano, por el sirviente, por el príncipe, por la viuda, por la mujer soltera y por la casada. Pero esto no basta; es necesario además conciliar la práctica de la devoción con las fuerzas, con las obligaciones y deberes de cada persona (...). Es un error -mejor dicho, una herejía- pretender excluir el ejercicio de la devoción del ambiente militar, del taller de los artesanos, de la corte de los príncipes, de los hogares de los casados. Es verdad, Filotea, que la devoción puramente contemplativa, monástica y religiosa sólo puede ser vivida en estos estados, pero además de estos tres tipos de devoción, hay muchos otros capaces de hacer perfectos a quienes viven en condiciones seculares. Por eso, en cualquier lugar que nos encontremos, podemos y debemos aspirar a la vida perfecta». (cfr. Fco. de Sales. Introducción a la vida devota I, III).


Colocándose en esa misma línea, el Concilio Vaticano II escribe: «Este comportamiento espiritual de los laicos debe asumir una peculiar característica del estado de matrimonio y familia, de celibato o de viudez, de la condición de enfermedad, de la actividad profesional y social. No dejen, por tanto, de cultivar constantemente las cualidades y las dotes otorgadas correspondientes a tales condiciones, y de servirse de los propios dones recibidos del Espíritu Santo».


Lo que vale para las vocaciones espirituales vale también, y en cierto sentido con mayor motivo, para las infinitas diversas modalidades según las cuales todos y cada uno de los miembros de la Iglesia son obreros que trabajan en la viña del Señor, edificando el Cuerpo místico de Cristo. En verdad, cada uno es llamado por su nombre, en la unicidad e irrepetibilidad de su historia personal, a aportar su propia contribución al advenimiento del Reino de Dios. Ningún talento, ni siquiera el más pequeño, puede ser escondido o quedar inutilizado (cf. Mt 25, 24-27).


En Barcelona, esperando con ilusión la próxima venida de Sus Majestades los Reyes Magos de Oriente, a 5 de enero de 2009.

lunes, 29 de diciembre de 2008

Christifideles Laici (XIX). JP II Vocaciones (I)

Los últimos días del año suelen estimular nuestra reflexión sobre la bondad de las vivencias y experiencias que hemos vivido a los largo del mismo. Este año 2008 seguro que ha sido muy "movidito"...

Hoy, último lunes del año, como en los pasados, también os rescato un fragmento de la exhortación apostólica Christifideles laici del Papa Juan Pablo II (1988). Este texto te invita a considerar tu estado de vida en medio de la Sociedad. Buscar el lugar en el que situarse y ubicarse en esta vida supone encontrar "tu" vocación (recuerda que vocación procede del latín vocare, que significa llamar). Descubrir tu vocación es encontrar aquello que te hace feliz. Descubrir tu vocación es encontrar tu lugar en la vida. Descubrir tu vocación es encontrar aquello para lo cual estás llamado, es decir, aquello para lo que vales en esta vida. Esa personal y singular llamada es única e inigualable porque sólo te corresponde a ti responderla. Las negritas son mías. ¡Espero tus comentarios!

Estados de vida y vocaciones

55. Obreros de la viña son todos los miembros del Pueblo de Dios: los sacerdotes, los religiosos y religiosas, los fieles laicos, todos a la vez objeto y sujeto de la comunión de la Iglesia y de la participación en su misión de salvación. Todos y cada uno trabajamos en la única y común viña del Señor con carismas y ministerios diversos y complementarios.


Ya en el plano del ser, antes todavía que en el del obrar, los cristianos son sarmientos de la única vid fecunda que es Cristo; son miembros vivos del único Cuerpo del Señor edificado en la fuerza del Espíritu. En el plano del ser: no significa sólo mediante la vida de gracia y santidad, que es la primera y más lozana fuente de fecundidad apostólica y misionera de la Santa Madre Iglesia; sino que significa también el estado de vida que caracteriza a los sacerdotes y los diáconos, los religiosos y religiosas, los miembros de institutos seculares, los fieles laicos. (...)


Así el estado de vida laical tiene en la índole secular su especificidad y realiza un servicio eclesial testificando y volviendo a hacer presente, a su modo, a los sacerdotes, a los religiosos y a las religiosas, el significado que tienen las realidades terrenas y temporales en el designio salvífico de Dios. A su vez, el sacerdocio ministerial representa la garantía permanente de la presencia sacramental de Cristo Redentor en los diversos tiempos y lugares. El estado religioso testifica la índole escatológica de la Iglesia, es decir, su tensión hacia el Reino de Dios, que viene prefigurado y, de algún modo, anticipado y pregustado por los votos de castidad, pobreza y obediencia.


Todos los estados de vida, ya sea en su totalidad como cada uno de ellos en relación con los otros, están al servicio del crecimiento de la Iglesia; son modalidades distintas que se unifican profundamente en el «misterio de comunión» de la Iglesia y que se coordinan dinámicamente en su única misión.


De este modo, el único e idéntico misterio de la Iglesia revela y revive, en la diversidad de estados de vida y en la variedad de vocaciones, la infinita riqueza del misterio de Jesucristo. Como gusta repetir a los Padres, la Iglesia es como un campo de fascinante y maravillosa variedad de hierbas, plantas, flores y frutos. San Ambrosio escribe: «Un campo produce muchos frutos, pero es mejor el que abunda en frutos y en flores. Ahora bien, el campo de la santa Iglesia es fecundo en unos y otras. Aquí puedes ver florecer las gemas de la virginidad, allá la viudez dominar austera como los bosques en la llanura; más allá la rica cosecha de las bodas bendecidas por la Iglesia colmar de mies abundante los grandes graneros del mundo, y los lagares del Señor Jesús sobreabundar de los frutos de vid lozana, frutos de los cuales están llenos los matrimonios cristianos».


En Santoña, a 29 de diciembre de 2008.

lunes, 22 de diciembre de 2008

Christifideles Laici. JP II (XVIII) Los enfermos y sufridores

Ya estamos a las puertas de celebrar la Solemnidad de la Natividad del Niño Jesús. El texto que hoy os presento reflexiona sobre la situación social de enfermos, marginados y los que sufren en general muchas veces olvidados en estas fiestas que para muchos es muestra de ostentanción y motivo de derroche materialista, a pesar de la crisis económica que nuestra Sociedad sufre. El fragmento corresponde, como es habitual estos últimos lunes, a la exhortación apostólica de Juan Pablo II Christifideles laici (1988). Las negritas son mías, ¡espero vuestros comentarios!

Los enfermos y los que sufren

53. El hombre está llamado a la alegría, pero experimenta diariamente tantísimas formas de sufrimiento y de dolor. En su Mensaje final, los Padres sinodales se han dirigido con estas palabras a los hombres y mujeres afectados de las más diversas formas de sufrimiento y de dolor, con estas palabras: «Vosotros, los abandonados y marginados por nuestra sociedad consumista; vosotros, enfermos, minusválidos, pobres, hambrientos, emigrantes, prófugos, prisioneros, desocupados, ancianos, niños abandonados y personas solas; vosotros, víctimas de la guerra y de toda violencia que emana de nuestra sociedad permisiva: la Iglesia participa de vuestro sufrimiento que conduce al Señor, el cual os asocia a su Pasión redentora y os hace vivir a la luz de su Redención. Contamos con vosotros para enseñar al mundo entero qué es el amor. Haremos todo lo posible para que encontréis el lugar al que tenéis derecho en la sociedad y en la Iglesia».


En el contexto de un mundo sin confines, como es el del sufrimiento humano, dirijamos ahora la atención a los aquejados por la enfermedad en sus más diversas formas. Los enfermos, en efecto, son la expresión más frecuente y más común del sufrir humano.


Las palabras del apóstol Pablo han de convertirse en su programa de vida y, antes todavía, son luz que hace resplandecer a sus ojos el significado de gracia de su misma situación: «Completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1, 24). Precisamente haciendo este descubrimiento, el apóstol arribó a la alegría: «Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros» (Col 1, 24). Del mismo modo, muchos enfermos pueden convertirse en portadores del «gozo del Espíritu Santo en medio de muchas tribulaciones» (1Ts 1, 6) y ser testigos de la Resurrección de Jesús. (...)


El hombre que sufre es camino de la Iglesia porque, antes que nada, es camino del mismo Cristo, el buen Samaritano que «no pasó de largo», sino que «tuvo compasión y acercándose, vendó sus heridas (...) y cuidó de él» (Lc 10, 32-34).


A lo largo de los siglos, la comunidad cristiana ha vuelto a copiar la parábola evangélica del buen Samaritano en la inmensa multitud de personas enfermas y que sufren, revelando y comunicando el amor de curación y consolación de Jesucristo. Esto ha tenidó lugar mediante el testimonio de la vida religiosa consagrada al servicio de los enfermos y mediante el infatigable esfuerzo de todo el personal sanitario. Además hoy, incluso en los mismos hospitales y nosocomios católicos, se hace cada vez más numerosa, y quizá también total y exclusiva, la presencia de fieles laicos, hombres y mujeres. Precisamente ellos, médicos, enfermeros, otros miembros del personal sanitario, voluntarios, están llamados a ser la imagen viva de Cristo y de su Iglesia en el amor a los enfermos y los que sufren.


En Barcelona, a 22 de diciembre de 2008.