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viernes, 19 de mayo de 2017

Menéndez Pelayo o la perennidad del espíritu español. A los 105 años de su fallecimiento

Estudiosos de la obra del Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912), cada 19 de mayo, acuden a Santander, a su Biblioteca ‒“la meca” del hispanismo‒ para reconocer públicamente la fecundidad de su oceánica producción bibliográfica. Unámonos al homenaje, evocando su pensamiento que no ha perdido su actualidad en el tiempo presente.

El polígrafo santanderino continúa erigiéndose hoy en “despertador de la conciencia española”, y en baluarte defensor de la grandeza de España y la altura de miras de sus naturales. Sus enseñanzas presentan el patriotismo como el amor al estilo de vida y a la cultura característica de la tierra en donde uno nació o vive, frente a actitudes etiquetadas como “nacionalistas”, persistiendo tozudamente en reafirmar las diferencias propias de “su” cultura y en enfrentarse “por sistema” contra todo lo existente fuera de ella. Por lo que no debe soliviantarnos quién cuestione la naturaleza de nuestra patria, especialmente si muestra espurios argumentos, ya que estas posturas incorporan como prácticas habituales la sospecha y la crítica, propias de nuestra época contemporánea.

Lo que metafísicamente España es ‒pese a quien le pese‒ se ha ido configurando con el paso de los siglos, conformándose lo que actualmente es: una colosal entidad histórica, política, cultural y social. El dilatado recorrido histórico del pueblo español ha servido para fraguar su ser, su tradición, su personalidad y lo que justifica la unidad del diverso conglomerado de sus comunidades agrupado bajo una sola bandera. Los principios fundamentales y perennes de la vida nacional beben del espíritu o “genio nacional” ‒como le gusta llamarlo al polígrafo‒, siendo precisamente ese “genio” el garante que proporciona la continuidad histórica y espiritual a España como entidad nacional.

Don Marcelino apartándose de “exageraciones nacionalistas”, opta por potenciar las singularidades de cada región española, que enriquecen y complementan al tiempo tanto al conjunto de la nación como al resto de regiones que conforman España, sin prescindir, por tanto, de su unidad como patria. El polígrafo declaró públicamente su predilección por la cultura catalana, un afecto únicamente superado por su “Montaña” natal (Cantabria). Así lo manifestó en Barcelona el 27 de mayo de 1888 en un discurso que pronuncia en lengua catalana durante unos Jocs Florals: agradece a Cataluña lo mucho que le influyó en su formación académica, y elogia su lengua declarando que aquellos Jocs constituían “una de les més enérgiques afirmacions del sentit tradicional de la nació espanyola”.

Menéndez Pelayo manifestó un infatigable amor al estudio y al trabajo, sin abandonar los principios y valores de la fe católica que profesaba, lo que en absoluto le obstaculizó para actuar siempre con rigor científico, como corresponde al investigador que sinceramente busca la verdad, natural inclinación de la persona inherente en nuestra humana naturaleza. Su hermano Enrique lo sintetizaba diciendo que “amaba a Dios sobre todas las cosas y a los libros como a sí mismo”.

El polígrafo afirma que resulta innegable que el Cristianismo es el “instrumento” con el cual históricamente España ha alcanzado su máximo esplendor de “unidad de conciencia nacional”, hasta el punto de identificar “lo español” con “lo católico” e incluyéndolo como un elemento esencial en la forja de su entidad. España como nación no se fundamenta en la unidad de lengua (castellano, catalán, gallego-portugués y vascuence son todas ellas lenguas españolas), ni en la unidad de raza (el pueblo español es resultado del mestizaje de muy diversas razas presentes en la península Ibérica a lo largo de los siglos), ni tampoco en la unidad cultural; sino lo que históricamente ha mantenido unidos a los españoles es su fe católica, la cual se erige en el principal elemento integrador del pueblo español ‒concluye el santanderino‒. Así, España resulta expresión de un proyecto común, en el que nacionalidad y religión se identifican.
 
Don Marcelino llama a aceptar nuestra Historia por completo y a demostrar un sano orgullo por ella, porque posee nobles virtudes morales y los altos proyectos del pueblo hispano. Nos encomienda que mantengamos el alto concepto histórico que España posee porque siempre ha tendido a resurgir de sí misma, con mayor o menor acierto: “en medio de la profunda decadencia que agotaba las fuerzas de nuestra nación, todavía el talento y la firmeza de algunos ilustres varones, unido al prestigio tradicional de nuestra grandeza pasada, alcanzaba a mantener en apartadas regiones el decoro de nuestra monarquía; esfuerzo verdaderamente milagroso y muy digno de ser considerado y agradecido”.
 
La aplicación de las enseñanzas del polígrafo permitiría generosas y definitivas respuestas a aquellas “problemáticas” que distorsionan nuestra propia convivencia en común como españoles, con soluciones que emanan de las bases culturales vertebradoras de nuestro “espíritu nacional”: la fe católica y la institución monárquica, pues sin estas referencias actualmente no puede comprenderse ni el ser de España ni el sentir de “lo español”.
 
En "la meca" del hispanismo: la Biblioteca Menéndez Pelayo de Santander, a los 105 años del fallecimiento de don Marcelino, 19 de mayo de 2017.

jueves, 29 de enero de 2015

"Influencias del legado de Menéndez Pelayo en la cultura española del siglo XX". Conferencia de ingreso en el Ateneo de Cádiz

Esta tarde he tenido el honor de ingresar en el Ateneo literario, artístico y científico de Cádiz, el segundo con más solera de España (1858). El acto, exquisitamente académico, contó con la asistencia de su presidente don Ignacio Moreno y se formalizó con una conferencia de ingreso que para la ocasión he querido dedicar a Marcelino Menéndez Pelayo bajo el título: Influencias del legado de Menéndez Pelayo en la cultura española del siglo XX. Os incluyo algunas de las ideas que se desprendieron durante mi intervención, aunque podrá leerse en el próximo número de la revista que edita esta institución. Ya sabes que agradezco tus comentarios.
 
 
Conocer qué es España y quiénes somos los españoles pasa necesariamente por familiarizarse efectivamente con nuestra cultura, incrementada a lo largo de los siglos gracias al genio de nuestra particular percepción de la realidad y a nuestro característico estilo de vida. El camino al que la vida cultural nos invita, nos acerca a la verdad. Las personas, en su anhelo de felicidad, buscan también la verdad, a la que nos acercaremos si nutrimos nuestros espíritus de cultura, la cual se manifiesta en todo tipo de conocimiento vulgar, científico experimental, filosófico y religioso. Así, cada una de todas las personas están inclinadas a aprehender todo tipo de cultura humana, y, si cabe, con mayor predilección –dada nuestra ciudadanía española–, aquella que se refiera a nuestro país, España.
 
Nuestra historia reciente encuentra en Marcelino Menéndez Pelayo (Santander, 1856-1912) un perfecto ejemplo de buscador infatigable de conocimientos, de cultura, de verdad. Por lo que estudiar sus obras otorga una privilegiada formación y una enjundiosa interpretación de nuestra rica diversidad cultural y, a través de ella, del ser de España, el cual para el polígrafo santanderino solo puede ser explicado plenamente desde la relevancia adquirida por la fe católica a lo largo de nuestra Historia. Por otro lado, nuestra propia cultura hispana resulta enriquecida e influida por la profundidad del magisterio de don Marcelino, motivo por lo que su legado intelectual no puede dejar de ser estudiado, especialmente por nuestras elites intelectuales. Sin embargo, nuestro tiempo presente es testigo de cómo sus obras no acaban de valorarse definitivamente; su olvido debería ser tildado de gravísimo “pecado” académico que, paradójicamente, se ampara en el desconocimiento de la abundancia de sus enseñanzas.
 
El diario más influyente de España durante del primer tercio del siglo XX, El Debate, empleó sin tapujos el pensamiento de Menéndez Pelayo, quién encontrará en su director, Ángel Herrera Oria (Santander, 1886-Madrid, 1968), un digno sucesor en lo que se refiere a la defensa de los principios cristianos, fundamentos sociales del ser de España; defensa que Herrera Oria articuló, tanto a nivel intelectual como en el terreno de lo práctico, desde la actual Asociación Católica de Propagandistas (ACdP) de la que fue su primer presidente. La orientación y los criterios adoptados por Ángel Herrera en su uso del legado de don Marcelino resultan paradigmáticos, gracias a la influencia que el magisterio del polígrafo montañés alcanzó en los ámbitos social y cultural, y que este periódico de tirada nacional extendió precisamente para conservarla.
La admiración de Herrera por don Marcelino es manifiesta y marcó claramente su respeto por él en la línea editorial de El Debate. Sus ideas siempre aparecen como doctrina segura para los lectores de este periódico. Los mejores ejemplos los encontramos en los editoriales que emplean la autoridad del polígrafo para fortalecer la argumentación ideológica del periódico y del mensaje que se quiere comunicar. Las noticias de El Debate sobre don Marcelino son generalmente elaboradas por sus redactores, pero existen múltiples artículos rubricados por autoridades de la vida cultural española ajenas al periódico, que quisieron emplear esta plataforma de comunicación de total influencia nacional, para dar a conocer sus reflexiones sobre el polígrafo.
 
Así, frente al letargo al que algunos tácitamente someten a la obra de Menéndez Pelayo, otros mantienen perenne la memoria del polígrafo santanderino, ayudando así a conservar la influencia que su legado alcanza en la cultura española. Uno de sus pioneros, y así hemos de reconocerlo fue Ángel Herrera Oria a través del diario El Debate. La memoria de don Marcelino sigue viva gracias a la dedicación que actualmente desarrollan, entre otros, la Real Sociedad Menéndez Pelayo y la Biblioteca Menéndez Pelayo de Santander: “la Meca” de todo hispanista. Aunque todavía queda mucho por hacer.
 
Momento de la conferencia junto al Dr. Conde Mora, adjunto al Presidente del Ateneo (en el centro), y el Excmo. Sr. D. Antonio Rendón-Luna y de Dueñas, ateneísta que realizó mi presentación ante esta institución (a la derecha).
 
En la Tacita de Plata, imbuido de las puras esencias del "tipismo gaditano", a 29 de enero de 2015.