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domingo, 14 de diciembre de 2014

Búscanse hombres

Rescato unas palabras de total y rabiosa actualidad para nuestra reflexión y estímulo para la acción:

"Búscanse hombres con espíritu sobrenatural y capacidad de dirección [sic]; es decir, hombres que trabajen por Dios y sólo pensando en la vida futura, pero que lo hagan por el pueblo; que estén cada día sobre la realidad cotidiana, favoreciendo el bien común de la sociedad en que actúan.

Estos hombres, al llamarse públicamente católicos, no excluyen a los demás; antes bien, buscan toda clase de coincidencias y huyen de las discrepancias. El nombre de católicos no lo explotan como un privilegio, sino lo llevan como fuente de obligaciones en cuanto al ejemplo y a la acción".

Corresponde a Fernando Martín Sánchez-Juliá pronunciadas el 14 de junio de 1959 durante su discurso de homenaje al padre Ángel Ayala, SI, fundador de la Asociación Católica de Propagandistas.

¿Te parece éste un camino alentador de compromiso y servicio para con nuestra sociedad?
¿Te ves capaz de continuar este camino?

¡Espero tus comentarios!


Entre Torrelavega y Santoña, a 14 de diciembre de 2014.

sábado, 27 de julio de 2013

La ACdP y la Transición española. Curso de Verano de la ACdP en Santander

La Asociación Católica de Propagandistas (ACdP) ha celebrado en Santander durante los días 24 y 27 de julio de 2013 el curso de verano La ACdP y la Transición española (para ver la crónica y fotografías del mismo pincha aquí), dirigido por el Dr. Luis Sánchez de Movellán. Un curso totalmente caracterizado por la participación de ilustres participantes de La Transición, destacándose por su condición de ponentes los ex ministros durante aquel momento de nuestra Historia reciente de España, Otero Novas, Sánchez-Terán Hernández y Osorio García. Realmente un lujo de curso por lo mucho y bueno que se dijo en él.
 
Durante el mismo tuve el privilegio de presentar la conferencia La Transición: de Carrero a Suárez, que pronunció el Dr. José Peña González, que una vez más resultó brillante. Incluyo a continuación una de las ideas que expuse con ocasión de ello:
 
"Los hombres que valen mucho, no temen que nadie les haga sombra y son los más generosos en reconocer todos los méritos y todos los valores de los demás, que les ayudaron a llegar tan alto".
 
No sé si estas palabras de quien fuera el segundo presidente de la ACdP, don Fernando Martín Sánchez-Juliá, pueden atribuirse por igual a los protagonistas de la Transición, y más particularmente a los de esta tarde: Luis Carrero Blanco y Adolfo Suárez. Aunque estoy convencido de que sus decisiones políticas estuvieron marcadas por la perspectiva que da la altura de miras motivados por un solo y único objetivo: España.
 
Para engarzar a Carrero con Suárez en el momento histórico que nos ocupa durante este curso de verano, vamos a disfrutar con la conferencia que a continuación nos va a dirigir el Dr. José Peña.
 
Junto al Dr. José Peña (a la izquierda).
 
Agradezco particularmente a don José Manuel Mochales su fotografía.
 
En Santander a 27 de julio de 2012.

lunes, 27 de mayo de 2013

Los católicos y la política a la luz del Concilio Vaticano II y el Magisterio postconciliar. Ciclo conferencias ACdP Vaticano II


El salón de actos del Ateneo de Santander recibió el lunes 27 de mayo de 2013 al Dr. Teófilo González Vila, quién pronunció la segunda de las conferencias del ciclo organizado por el Centro de Santander de la Asociación Católica de Propagandistas (ACdP) dedicado al 50º aniversario del comienzo de los trabajos del Concilio Vaticano II (1962-1965) y 20º de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica (1992), bajo el título "Los católicos y la política a la luz del Concilio Vaticano II y el Magisterio postconciliar" (para vera una reseña y fotografías pincha aquí). La mesa presidencial contó, además del ponente, con don Felipe Santamaría, delegado diocesano de Apostolado Seglar, y el Dr. Joaquín Mantecón, catedrático de Derecho Eclesiástico del Estado y ex subdirector general de Asuntos Religiosos del gobierno de España (1966-2000. 2002-2005), quién realizó la presentación del conferenciante, y con un servidor que introdujo el acto así:

 Buenas tardes. El pasado lunes 13 de mayo abríamos este ciclo de conferencias dedicado al 50º aniversario de los comienzos de los trabajos del Concilio Vaticano II y el vigésimo de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica. Para ello recordábamos unas palabras del papa Juan XXIII que conservan su actualidad: La Iglesia asiste en nuestros días a una grave crisis de la humanidad”.
El Centro de Santander de la ACdP, de la que fuera su primer presidente el siervo de Dios Ángel Herrera Oria, fiel a su vocación de aportar a las venas de la Humanidad la virtud perenne, vital y divina del Evangelio -en palabras del propio Juan XXIII-, quiere continuar ofreciéndoles esta tarde enseñanzas e ideas que enardezcan sus corazones y estimulen sus inteligencias, como ya hicimos el pasado lunes 13 conel Dr. Gerardo del Pozo, decano de la facultad de Teología de la Universidad San Dámaso y como haremos el próximo lunes 3 de junio connuestro obispo, Mons. Jiménez Zamora.
Hoy contamos con el catedrático de Filosofía y socio de la ACdP, Dr. Teófilo González Vila, a quien agradezco sinceramente el que haya aceptado tan generosamente la invitación del centro de Santander. Para su presentación tenemos el honor de contar con la presencia del catedrático de Derecho Eclesiástico del Estado y ex subdirector general del Asuntos Religiosos del gobierno de España, Dr. Joaquín Mantecón Sancho, a quién también le doy las gracias por aceptar nuestra invitación.
El Centro de Santander de la ACdP tiene su sede en la parroquia del Santísimo Cristo. Allí nos tienen a su disposición. Y sin más, Dr. Mantecón, tiene usted la palabra. Gracias.

La brillante ponencia del catedrático de Filosofía y socio de la ACdP comenzó señalando al auditorio que a ejemplo de los primeros cristianos estamos llamados a participar en la vida pública política por el Bien común, en razón de nuestra propia fe y conforme al Plan de Dios. Poseemos el derecho y el deber de participar en la política, aunque no todos actúan de la misma manera sino que depende de las circunstancias y responsabilidades de cada persona, correspondiendo las tareas propiamente "políticas" a aquellos que realizan actividades dirigidas a ordenar la comunidad social y que afectan estrictamente al ámbito del "poder". Aunque de todas las maneras, de cualquiera de todas las maneras posibles en las que se actúe en política, siempre ha de estar presente "la preocupación por el Bien común". Cada una de todas las personas ha de responsabilizarse en su búsqueda. La óptima dedicación a la política conserva perenne éste concepto clave. D. Teófilo partiendo de la apostólica afirmación de san Pedro, "Hay que obedecer a Dios, antes que a los hombres" (Hch 5,29), destacó que el político católico tiene que trabajar para comunicar humanamente el amor de Dios para con el prójimo por medio de su actividad legislativa y ejecutiva.
Dr. Teófilo González Vila (a la izquierda), el delegado diocesano de Apostolado Seglar (en el centro), y el catedrático de Derecho Eclesiástico del Estado (a la derecha, a mi izquierda).
 
Agradezco particularmente la fotografía de don José Manuel Mochales.
 
En Santander a 27 de mayo de 2013.

sábado, 4 de julio de 2009

Entrevista Aznar de Jiménez Losantos

Algunas de las reflexiones del ex Presidente del Gobierno se me antojan interesantes.



En Barcelona, a 4 de julio de 2009

lunes, 26 de enero de 2009

Christifideles laici. JP II (XXIII). Aspectos de una formación integral: formación de laicos

Como el lunes pasado, os traigo un nuevo texto de Juan Pablo II (Christifideles laici, 1988) para justificarte los beneficios que tiene tu propia formación. La formación aporta unidad de vida, permite ser coherente con tus actos, y lleva a ser cuidadoso con nuestras obligaciones cívicas y sociales. Esa formación debe tocar lo espiritual, lo conceptual, lo cultural. Aquel que tenga alguna participación en la Vida Pública no deje de conocer la Doctrina Social porque le será de gran utilidad. Las negritas son mías. ¡Espero tus comentarios!


Una formación integral para vivir en la unidad

59. En el descubrir y vivir la propia vocación y misión, los fieles laicos han de ser formados para vivir aquella unidad con la que está marcado su mismo ser de miembros de la Iglesia y de ciudadanos de la sociedad humana.


En su existencia no puede haber dos vidas paralelas: por una parte, la denominada vida «espiritual», con sus valores y exigencias; y por otra, la denominada vida «secular», es decir, la vida de familia, del trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso político y de la cultura. El sarmiento arraigado en la vid que es Cristo, da fruto en cada sector de su actividad y de su existencia. En efecto, todos los distintos campos de la vida laical entran en el designio de Dios, que los quiere como el «lugar histórico» del revelarse y realizarse de la caridad de Jesucristo para gloria del Padre y servicio a los hermanos. Toda actividad, toda situación, todo esfuerzo concreto -como p. ej., la competencia profesional y la solidaridad en el trabajo, el amor y la entrega a la familia y a la educación de los hijos, el servicio social y político, la propuesta de la verdad en el ámbito de la cultura- son ocasiones providenciales para un «continuo ejercicio de la fe, de la esperanza y de la caridad».


El Concilio Vaticano II ha invitado a todos los fieles laicos a esta unidad de vida, denunciando con fuerza la gravedad de la fractura entre fe y vida, entre Evangelio y cultura: «El Concilio exhorta a los cristianos, (...), a esforzarse por cumplir fielmente sus deberes temporales, guiados siempre por el espíritu evangélico. Se equivocan los cristianos que, sabiendo que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran por esto que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta de que la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas según la vocación personal de cada uno (...). La separación entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerada como uno de los más graves errores de nuestra época». Por eso he afirmado que una fe que no se hace cultura, es una fe «no plenamente acogida, no enteramente pensada, no fielmente vivida».

Aspectos de la formación

60. Dentro de esta síntesis de vida se sitúan los múltiples y coordinados aspectos de la formación integral de los fieles laicos.


Sin duda la formación espiritual ha de ocupar un puesto privilegiado en la vida de cada uno, llamado como está a crecer ininterrumpidamente en la intimidad con Jesús, en la conformidad con la voluntad del Padre, en la entrega a los hermanos en la caridad y en la justicia. (...).


Se revela hoy cada vez más urgente la formación doctrinal de los fieles laicos, no sólo por el natural dinamismo de profundización de su fe, sino también por la exigencia de «dar razón de la esperanza» que hay en ellos, frente al mundo y sus graves y complejos problemas. Se hacen así absolutamente necesarias una sistemática acción de catequesis, que se graduará según las edades y las diversas situaciones de vida, y una más decidida promoción cristiana de la cultura, como respuesta a los eternos interrogantes que agitan al hombre y a la sociedad de hoy.


En concreto, es absolutamente indispensable -sobre todo para los fieles laicos comprometidos de diversos modos en el campo social y político- un conocimiento más exacto de la doctrina social de la Iglesia, como repetidamente los Padres sinodales han solicitado en sus intervenciones. Hablando de la participación política de los fieles laicos, se han expresado del siguiente modo: «Para que los laicos puedan realizar activamente este noble propósito en la política (es decir, el propósito de hacer reconocer y estimar los valores humanos y cristianos), no bastan las exhortaciones, sino que es necesario ofrecerles la debida formación de la conciencia social, especialmente en la doctrina social de la Iglesia, la cual contiene principios de reflexión, criterios de juicio y directrices prácticas (cfr. Congregación para la Doctrina de la Fe, Libertatis conscientia, Instrucción sobre libertad cristiana y liberación, 72). (...)».


Finalmente, en el contexto de la formación integral y unitaria de los fieles laicos es particularmente significativo, por su acción misionera y apostólica, el crecimiento personal en los valores humanos. Precisamente en este sentido el Concilio ha escrito: «(los laicos) tengan también muy en cuenta la competencia profesional, el sentido de la familia y el sentido cívico, y aquellas virtudes relativas a las relaciones sociales, es decir, la probidad, el espíritu de justicia, la sinceridad, la cortesía, la fortaleza de ánimo, sin las cuales ni siquiera puede haber verdadera vida cristiana».


Los fieles laicos, al madurar la síntesis orgánica de su vida -que es a la vez expresión de la unidad de su ser y condición para el eficaz cumplimiento de su misión-, serán interiormente guiados y sostenidos por el Espíritu Santo, como Espíritu de unidad y de plenitud de vida.


En Barcelona, a 26 de enero de 2009.

lunes, 6 de octubre de 2008

Christifideles Laici. JP II (XVII). Derecho libertad religiosa

Hoy, como todos los lunes, presentamos un texto que estimule la reflexión sobre cuestiones relacionadas con la Vida Pública. Últimamente estamos rescatando fragmentos de la Christifideles Laici de Juan Pablo II, que trata sobre la misión y vocación de los laicos en el mundo. He escogido un punto relacionado con el derecho que nuestra Constitución garantiza en su artículo 16 de libertad religiosa, y que recientemente el Gobierno de nuestro país ha manifestado que pretende reformar su regulación. Me pregunto, ¿habrá auténtica libertad religiosa si hay una Ley que regula cómo deben ser las manifestaciones religiosas? Los subrayados son míos. ¡Espero vuestros comentarios!


Libres para invocar el Nombre del Señor

39. El respeto de la dignidad personal, que comporta la defensa y promoción de los derechos humanos, exige el reconocimiento de la dimensión religiosa del hombre. No es ésta una exigencia simplemente «confesional», sino más bien una exigencia que encuentra su raíz inextirpable en la realidad misma del hombre. En efecto, la relación con Dios es elemento constitutivo del mismo «ser» y «existir» del hombre: es en Dios donde nosotros «vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17, 28). Si no todos creen en esa verdad, los que están convencidos de ella tienen el derecho a ser respetados en la fe y en la elección de vida, individual o comunitaria, que de ella derivan. Esto es el derecho a la libertad de conciencia y a la libertad religiosa, cuyo reconocimiento efectivo está entre los bienes más altos y los deberes más graves de todo pueblo que verdaderamente quiera asegurar el bien de la persona y de la sociedad. (...).


Todo lo que hemos dicho hasta ahora sobre el respeto a la dignidad personal y sobre el reconocimiento de los derechos humanos afecta sin duda a la responsabilidad de cada cristiano, de cada hombre. Pero inmediatamente hemos de hacer notar cómo este problema reviste hoy una dimensión mundial. En efecto, es una cuestión que ahora atañe a enteros grupos humanos; más aún, a pueblos enteros que son violentamente vilipendiados en sus derechos fundamentales. De aquí la existencia de esas formas de desigualdad de desarrollo entre los diversos Mundos, que han sido abiertamente denunciados en la reciente Encíclica Sollicitudo rei socialis [de Juan Pablo II (30/XII/1987)].


El respeto a la persona humana va más allá de la exigencia de una moral individual y se coloca como criterio base, como pilar fundamental para la estructuración de la misma sociedad, estando la sociedad enteramente dirigida hacia la persona.


Así, íntimamente unida a la responsabilidad de servir a la persona, está la responsabilidad de servir a la sociedad como responsabilidad general de aquella animación cristiana del orden temporal, a la que son llamados los fieles laicos según sus propias y específicas modalidades.


En Barcelona, a 6 de octubre de 2008.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Christifideles Laici. JP II (XVI). Derecho a la Vida

Este lunes presentamos otro punto más -consecuencia de la dignidad de la Persona, de la que hablamos el lunes pasado- de la exhortación sobre la misión y vocación de los laicos en la vida pública de Juan Pablo II. Pero este fragmento que rescato para ti, no es como los demás. Tiene para mi un significado especial, aunque no por ello quiero decir que los textos anteriores no merezcan ser tenidos en cuenta. Los párrafos que siguen hablan sobre lo más maravilloso y más admirable que tú y yo poseemos, no por nosotros mismos sino por pura generosidad (manifestada en el amor de nuestros padres). Como ya habrás intuido, en este punto se nos va a hablar de la Vida. Los subrayados son míos. ¡Espero vuestros comentarios!

Venerar el inviolable derecho a la vida
38. El efectivo reconocimiento de la dignidad personal de todo ser humano exige el respeto, la defensa y la promoción de los derechos de la persona humana. Se trata de derechos naturales, universales e inviolables. Nadie, ni la persona singular, ni el grupo, ni la autoridad, ni el Estado pueden modificarlos y mucho menos eliminarlos, porque tales derechos provienen de Dios mismo.

La inviolabilidad de la persona, reflejo de la absoluta inviolabilidad del mismo Dios, encuentra su primera y fundamental expresión en la inviolabilidad de la vida humana. Se ha hecho habitual hablar, y con razón, sobre los derechos humanos; como por ejemplo sobre el derecho a la salud, a la casa, al trabajo, a la familia y a la cultura. De todos modos, esa preocupación resulta falsa e ilusoria si no se defiende con la máxima determinación el derecho a la vida como el derecho primero y fontal, condición de todos los otros derechos de la persona.

El titular de tal derecho es el ser humano, en cada fase de su desarrollo, desde el momento de la concepción hasta la muerte natural; y cualquiera que sea su condición, ya sea de salud que de enfermedad, de integridad física o de minusvalidez, de riqueza o de miseria. El Concilio Vaticano II proclama abiertamente: «Cuanto atenta contra la vida -homicidios de cualquier clase, genocidios, aborto, eutanasia y el mismo suicidio deliberado-; cuanto viola la integridad de la persona humana, como, por ejemplo, las mutilaciones, las torturas morales o físicas, los conatos sistemáticos para dominar la mente ajena; cuanto ofende a la dignidad humana, como son las condiciones infrahumanas de vida, las detenciones arbitrarias, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de blancas y de jóvenes; o las condiciones laborales degradantes, que reducen al operario al rango de mero instrumento de lucro, sin respeto a la libertad y a la responsabilidad de la persona humana: todas estas prácticas y otras parecidas son en sí mismas infamantes, degradan la civilización humana, deshonran más a sus autores que a sus víctimas y son totalmente contrarias al honor debido al Creador».

Si bien la misión y la responsabilidad de reconocer la dignidad personal
de todo ser humano y de defender el derecho a la vida es tarea de todos, algunos fieles laicos son llamados a ello por un motivo particular. Se trata de los padres, los educadores, los que trabajan en el campo de la medicina y de la salud, y los que detentan el poder económico y político.

En la aceptación amorosa y generosa de toda vida humana, sobre todo si es débil o enferma, la Iglesia vive hoy un momento fundamental de su misión, tanto más necesaria cuanto más dominante se hace una «cultura de muerte». En efecto, «la Iglesia cree firmemente que la vida humana, aunque débil y enferma, es siempre un don espléndido del Dios de la bondad. (...). Corresponde a los fieles laicos que más directamente o por vocación o profesión están implicados en acoger la vida, el hacer concreto y eficaz el "sí" de la Iglesia a la vida humana. Con el enorme desarrollo de las ciencias biológicas y médicas, junto al sorprendente poder tecnológico, se han abierto en nuestros días nuevas posibilidades y responsabilidades en la frontera de la vida humana. En efecto, el hombre se ha hecho capaz no sólo de «observar», sino también de «manipular» la vida humana en su mismo inicio o en sus primeras etapas de desarrollo. La conciencia moral de la humanidad no puede permanecer extraña o indiferente frente a los pasos gigantescos realizados por una potencia tecnológica, que adquiere un dominio cada vez más dilatado y profundo sobre los dinamismos que rigen la procreación y las primeras fases de desarrollo de la vida humana. En este campo y quizás nunca como hoy, la sabiduría se presenta como la única tabla de salvación, para que el hombre, tanto en la investigación científica teórica como en la aplicada, pueda actuar siempre con inteligencia y con amor; es decir, respetando, todavía más, venerando la inviolable dignidad personal de todo ser humano, desde el primer momento de su existencia. Esto ocurre cuando la ciencia y la técnica se comprometen, con medios lícitos, en la defensa de la vida y en la curación de las enfermedades desde los comienzos, (...).

Los fieles laicos, comprometidos por motivos varios y a diverso nivel en el campo de la ciencia y de la técnica, como también en el ámbito médico, social, legislativo y económico deben aceptar valientemente los «desafíos» planteados por los nuevos problemas de la bioética. Como han dicho los Padres sinodales, «Los cristianos han de ejercitar su responsabilidad como dueños de la ciencia y de la tecnología, no como siervos de ella (...)». Urge hoy la máxima vigilancia por parte de todos ante el fenómeno de la concentración del poder, y en primer lugar del poder tecnológico. Tal concentración, en efecto, tiende a manipular no sólo la esencia biológica, sino también el contenido de la misma conciencia de los hombres y sus modelos de vida, agravando así la discriminación y la marginación de pueblos enteros.

En Barcelona, a 29 de septiembre de 2008.

lunes, 22 de septiembre de 2008

Christifideles Laici. JP II (XV). La dignidad de la Persona

Como cada lunes, presentamos un fragmento de la Christifideles laici de Juan Pablo II, sobre misión de los laicos en la vida pública. Sé que lo que vas a leer aquí no es un mensaje que nuestra Sociedad diga a los cuatro vientos. Pero es Verdad. El valor de tu Persona es incalculable. ¡Por eso eres un ser muy valioso! ¡Por eso eres importante! Los subrayados son míos. ¡Espero vuestros comentarios!

Promover la dignidad de la persona

37. Redescubrir y hacer redescubrir la dignidad inviolable de cada persona humana constituye una tarea esencial; es más, en cierto sentido es la tarea central y unificante del servicio que la Iglesia, y en ella los fieles laicos, están llamados a prestar a la familia humana. Entre todas las criaturas de la tierra, sólo el hombre es «persona», sujeto consciente y libre y, precisamente por eso, «centro y vértice» de todo lo que existe sobre la tierra.


La dignidad personal es el bien más precioso que el hombre posee, gracias al cual supera en valor a todo el mundo material. Las palabras de Jesús: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si después pierde su alma?» (Mc 8, 36) contienen una luminosa y estimulante afirmación antropológica: el hombre vale no por lo que «tiene» -¡aunque poseyera el mundo entero!-, sino por lo que «es». No cuentan tanto los bienes de la tierra, cuanto el bien de la persona, el bien que es la persona misma.


La dignidad de la persona manifiesta todo su fulgor cuando se consideran su origen y su destino. Creado por Dios a su imagen y semejanza, y redimido por la preciosísima sangre de Cristo, el hombre está llamado a ser «hijo en el Hijo» y templo vivo del Espíritu; y está destinado a esa eterna vida de comunión con Dios, que le llena de gozo. Por eso toda violación de la dignidad personal del ser humano grita venganza delante de Dios, y se configura como ofensa al Creador del hombre.


A causa de su dignidad personal, el ser humano es siempre un valor en sí mismo y por sí mismo y como tal exige ser considerado y tratado. Y al contrario, jamás puede ser tratado y considerado como un objeto utilizable, un instrumento, una cosa.


La dignidad personal constituye el fundamento de la igualdad de todos los hombres entre sí. De aquí que sean absolutamente inaceptables las más variadas formas de discriminación (...). Toda discriminación constituye una injusticia completamente intolerable, (...), cuanto por el deshonor que se inflige a la dignidad de la persona; y no sólo a la dignidad de quien es víctima de la injusticia, sino todavía más a la de quien comete la injusticia.


Fundamento de la igualdad de todos los hombres, la dignidad personal es también el fundamento de la participación y la solidaridad de los hombres entre sí: el diálogo y la comunión radican, en última instancia, en lo que los hombres «son», antes y mucho más que en lo que ellos «tienen». La dignidad personal es propiedad indestructible de todo ser humano. Es fundamental captar todo el penetrante vigor de esta afirmación, que se basa en la unicidad y en la irrepetibilidad de cada persona.


En consecuencia, el individuo nunca puede quedar reducido a todo aquello que lo querría aplastar y anular en el anonimato de la colectividad, de las instituciones, de las estructuras, del sistema. En su individualidad, la persona no es un número, no es un eslabón más de una cadena, ni un engranaje del sistema. La afirmación que exalta más radicalmente el valor de todo ser humano la ha hecho el Hijo de Dios encarnándose en el seno de una mujer.


En Barcelona, a 22 de septiembre de 2008.

lunes, 15 de septiembre de 2008

Christifideles Laici. Juan Pablo II (XIV)

Hola. Este lunes presentamos otro punto más de la exhortación apostólica sobre la misión y vocación de los laicos en la vida pública de Juan Pablo II. Espero vuestros comentarios, y ¡Nuestra Señora La Bien Aparecida, Reina y Señora de la Montaña; Ruega por nosotros! ("La Montaña" es el epíteto con que desde siglos se designa a la actual Comunidad Autónoma de Cantabria).

Vivir el Evangelio sirviendo a la persona y a la sociedad

36. Acogiendo y anunciando el Evangelio con la fuerza del Espíritu, la Iglesia se constituye en comunidad evangelizada y evangelizadora y, precisamente por esto, se hace sierva de los hombres. En ella los fieles laicos participan en la misión de servir a las personas y a la sociedad. (...). Desde esta perspectiva la Iglesia está llamada, a causa de su misma misión evangelizadora, a servir al hombre. Tal servicio se enraiza primariamente en el hecho prodigioso y sorprendente de que, «con la encarnación, el Hijo de Dios se ha unido en cierto modo a cada hombre». (...).


Volvamos a leer un texto -especialmente clarificador- de la Constitución [del Vaticano II] Gaudium et spes: «Ciertamente la Iglesia, persiguiendo su propio fin salvífico, no sólo comunica al hombre la vida divina, sino que, en cierto modo, también difunde el reflejo de su luz sobre el universo mundo, sobre todo por el hecho de que sana y eleva la dignidad humana, consolida la cohesión de la sociedad, y llena de más profundo sentido la actividad cotidiana de los hombres. Cree la Iglesia que de esta manera, por medio de sus hijos y por medio de su entera comunidad, puede ofrecer una gran ayuda para hacer más humana la familia de los hombres y su historia».


En esta contribución a la familia humana de la que es responsable la Iglesia entera, los fieles laicos ocupan un puesto concreto, a causa de su «índole secular», que les compromete, con modos propios e insustituibles, en la animación cristiana del orden temporal.


En Santoña, festejando con desbordada alegría la celebración en honor de La Bien Aparecida, Patrona de la diócesis de Santander y de la Comunidad Autónoma de Cantabria, a 15 de septiembre de 2008.

lunes, 8 de septiembre de 2008

Christifideles Laici. JP II (XIII). Los carismas

Este lunes presentamos el punto de la exhortación apostólica de Juan Pablo II, sobre la misión y vocación de los laicos en la vida pública, que habla sobre los carismas. Los subrayados son míos. Espero vuestros comentarios, y ¡viva la Virgen del Puerto, Patrona de Santoña y Siete Villas!

Los carismas

24. El Espíritu Santo no sólo confía diversos ministerios a la Iglesia-Comunión, sino que también la enriquece con otros dones e impulsos particulares, llamados carismas. Estos pueden asumir las más diversas formas, sea en cuanto expresiones de la absoluta libertad del Espíritu que los dona, sea como respuesta a las múltiples exigencias de la historia de la Iglesia. La descripción y clasificación que los textos neotestamentarios hacen de estos dones, es una muestra de su gran variedad: «A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para la utilidad común. Porque a uno le es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia por medio del mismo Espíritu; a otro, fe, en el mismo Espíritu; a otro, carisma de curaciones, en el único Espíritu; a otro, poder de milagros; a otro, el don de profecía; a otro, el don de discernir los espíritus; a otro, diversidad de lenguas; a otro, finalmente, el don de interpretarlas» (1Co 12, 7-10).


Sean extraordinarios, sean simples y sencillos, los carismas son siempre gracias del Espíritu Santo que tienen, directa o indirectamente, una utilidad eclesial, ya que están ordenados a la edificación de la Iglesia, al bien de los hombres y a las necesidades del mundo. Incluso en nuestros días, no falta el florecimiento de diversos carismas entre los fieles laicos, hombres y mujeres. Los carismas se conceden a la persona concreta; pero pueden ser participados también por otros y, de este modo, se continúan en el tiempo como viva y preciosa herencia, que genera una particular afinidad espiritual entre las personas. (...).


Los carismas han de ser acogidos con gratitud, tanto por parte de quien los recibe, como por parte de todos en la Iglesia. Son, en efecto, una singular riqueza de gracia para la vitalidad apostólica y para la santidad del entero Cuerpo de Cristo, con tal que sean dones que verdaderamente provengan del Espíritu, y sean ejercidos en plena conformidad con los auténticos impulsos del Espíritu. En este sentido siempre es necesario el discernimiento de los carismas. En realidad, (...), «la acción del Espíritu Santo, que sopla donde quiere, no siempre es fácil de reconocer y de acoger. Sabemos que Dios actúa en todos los fieles cristianos y somos conscientes de los beneficios que provienen de los carismas, tanto para los individuos como para toda la comunidad cristiana. Sin embargo, somos también conscientes de la potencia del pecado y de sus esfuerzos tendientes a turbar y confundir la vida de los fieles y de la comunidad».


En Santoña, celebrando con gozo y alegría las fiestas en honor a su Patrona, Santa María del Puerto, a 8 de septiembre de 2008.

lunes, 1 de septiembre de 2008

Christifideles Laici. Los fieles laicos. Juan Pablo II (XII)

¡Hola! Este lunes presentamos otros dos puntos de la Christifideles laici de Juan Pablo II, que, como ya a estas alturas sabes, trata sobre la vocación y misión de los laicos en la vida pública. En esta ocasión se va a tratar el tema de los carismas, los dones y los talentos, siempre necesarios para ponerlos en juego en la vida pública.

Los ministerios y los carismas, dones del Espíritu a la Iglesia

21. El Concilio Vaticano II presenta los ministerios y los carismas como dones del Espíritu Santo para la edificación del Cuerpo de Cristo y para el cumplimiento de su misión salvadora en el mundo. La Iglesia, en efecto, es dirigida y guiada por el Espíritu, que generosamente distribuye diversos dones jerárquicos y carismáticos entre todos los bautizados, llamándolos a ser -cada uno a su modo- activos y corresponsables.


Los ministerios presentes y operantes en la Iglesia, si bien con modalidades diversas, son todos una participación en el ministerio de Jesucristo, el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas, el siervo humilde y totalmente sacrificado por la salvación de todos. Pablo es completamente claro al hablar de la constitución ministerial de las Iglesias apostólicas. (...) «A algunos Dios los ha puesto en la Iglesia, en primer lugar como apóstoles, en segundo lugar como profetas, en tercer lugar como maestros (...)» (1Co 12, 28). (...) «A cada uno de nosotros nos ha sido dada la gracia según la medida del don de Cristo (...). Es él quien, por una parte, ha dado a los apóstoles, por otra, a los profetas, los evangelistas, los pastores y los maestros, para hacer idóneos los hermanos para la realización del ministerio, con el fin de edificar el cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, según la medida que corresponde a la plena madurez de Cristo» (Ef 4, 7.11-13).


Ministerios, oficios y funciones de los laicos

23. La misión salvífica de la Iglesia en el mundo es llevada a cabo no sólo por los ministros en virtud del sacramento del Orden, sino también por todos los fieles laicos. En efecto, (...), participan en el oficio sacerdotal, profético y real de Jesucristo, cada uno en su propia medida. Los pastores, por tanto, han de reconocer y promover los ministerios, oficios y funciones de los fieles laicos, que tienen su fundamento sacramental en el Bautismo y en la Confirmación, y para muchos de ellos, además en el Matrimonio. (...). El Código de Derecho Canónico escribe: «Donde lo aconseje la necesidad de la Iglesia y no haya ministros, pueden también los laicos, aunque no sean lectores ni acólitos, suplirles en algunas de sus funciones, es decir, ejercitar el ministerio de la palabra, presidir oraciones litúrgicas, administrar el bautismo y dar la sagrada Comunión, según las prescripciones del derecho». Sin embargo, el ejercicio de estas tareas no hace del fiel laico un pastor. En realidad, no es la tarea lo que constituye el ministerio, sino la ordenación sacramental. (...).


Como consecuencia de la renovación litúrgica promovida por el Concilio, los mismos fieles laicos han tomado una más viva conciencia de las tareas que les corresponden en la asamblea litúrgica y en su preparación, y se han manifestado ampliamente dispuestos a desempeñarlas. En efecto, la celebración litúrgica es una acción sacra no sólo del clero, sino de toda la asamblea. (...). Es necesario pues, en primer lugar, que los pastores, al reconocer y al conferir a los fieles laicos los varios ministerios, oficios y funciones, pongan el máximo cuidado en instruirles acerca de la raíz bautismal de estas tareas. (...).

(...), la exhortación Evangelii nuntiandi (8/XII/1975), (...), recuerda que «el campo propio de su actividad evangelizadora es el dilatado y complejo mundo de la política, de la realidad social, de la economía; así como también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los órganos de comunicación social; y también de otras realidades particularmente abiertas a la evangelización, como el amor, la familia, la educación de los niños y de los adolescentes, el trabajo profesional, el sufrimiento. Cuantos más laicos haya compenetrados con el espíritu evangélico, responsables de estas realidades y explícitamente comprometidos en ellas, competentes en su promoción y conscientes de tener que desarrollar toda su capacidad cristiana, a menudo ocultada y sofocada, tanto más se encontrarán estas realidades al servicio del Reino de Dios -y por tanto de la salvación en Jesucristo-, sin perder ni sacrificar nada de su coeficiente humano, sino manifestando una dimensión trascendente a menudo desconocida». (...).

En Barcelona, a 1 de septiembre de 2008.

lunes, 25 de agosto de 2008

Christifideles Laici. JP II (XI). Llamada a la santidad

Ya estamos en el último lunes de agosto. Hoy presentamos dos puntos, a mi juicio importantes de esta exhortación apostólica Christifideles laici de Juan Pablo II sobre la misión y vocación de los laicos en la vida pública, que tratan sobre la mejora y perfección personal individual para luego ofrecerla en servicio a los que le rodean. Esto se traduce en afirmar que toda persona con vocación a la vida pública ha de buscar su propia santidad. ¡Espero tus comentarios!

Llamados a la santidad

16. La dignidad de los fieles laicos se nos revela en plenitud cuando consideramos esa primera y fundamental vocación, que el Padre dirige a todos ellos en Jesucristo por medio del Espíritu: la vocación a la santidad, o sea a la perfección de la caridad. El santo es el testimonio más espléndido de la dignidad conferida al discípulo de Cristo.


El Concilio Vaticano II ha pronunciado palabras altamente luminosas sobre la vocación universal a la santidad. (...). Esta consigna no es una simple exhortación moral, sino una insuprimible exigencia del misterio de la Iglesia. (...). El Espíritu que santificó la naturaleza humana de Jesús en el seno virginal de María, es el mismo Espíritu que vive y obra en la Iglesia, con el fin de comunicarle la santidad del Hijo de Dios hecho hombre.


Es urgente, hoy más que nunca, que todos los cristianos vuelvan a emprender el camino de la renovación evangélica, acogiendo generosamente la invitación del apóstol a ser «santos en toda la conducta» (1P 1, 15). (...). Los santos y las santas han sido siempre fuente y origen de renovación en las circunstancias más difíciles de toda la historia de la Iglesia. Hoy tenemos una gran necesidad de santos, que hemos de implorar asiduamente a Dios. (...).


Santificarse en el mundo

17. La vocación de los fieles laicos a la santidad implica que la vida según el Espíritu se exprese particularmente en su inserción en las realidades temporales y en su participación en las actividades terrenas. De nuevo el apóstol nos amonesta diciendo: «Todo cuanto hagáis, de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por su medio a Dios Padre» (Col 3, 17). Refiriendo estas palabras del apóstol a los fieles laicos, el Concilio afirma categóricamente: «Ni la atención de la familia, ni los otros deberes seculares deben ser algo ajeno a la orientación espiritual de la vida». A su vez los Padres sinodales han dicho: «La unidad de vida de los fieles laicos tiene una gran importancia. Ellos, en efecto, deben santificarse en la vida profesional y social ordinaria. Por tanto, para que puedan responder a su vocación, los fieles laicos deben considerar las actividades de la vida cotidiana como ocasión de unión con Dios y de cumplimiento de su voluntad, así como también de servicio a los demás hombres, llevándoles a la comunión con Dios en Cristo».


Los fieles laicos han de considerar la vocación a la santidad, antes que como una obligación exigente e irrenunciable, como un signo luminoso del infinito amor del Padre que les ha regenerado a su vida de santidad. (...). En efecto, la misma santidad vivida, que deriva de la participación en la vida de santidad de la Iglesia, representa ya la aportación primera y fundamental a la edificación de la misma Iglesia en cuanto «Comunión de los Santos». (...).


Además se ha de decir que la santidad es un presupuesto fundamental y una condición insustituible para realizar la misión salvífica de la Iglesia. La santidad de la Iglesia es el secreto manantial y la medida infalible de su laboriosidad apostólica y de su ímpetu misionero. (...).


Al final de estas reflexiones, dirigidas a definir la condición eclesial del fiel laico, retorna a la mente la célebre exhortación de san León Magno: «Agnosce, o Christiane, dignitatem tuam». Es la misma admonición que san Máximo, obispo de Turín, dirigió a quienes habían recibido la unción del santo Bautismo: «¡Considerad el honor que se os hace en este misterio!». Todos los bautizados están invitados a escuchar de nuevo estas palabras de san Agustín: «¡Alegrémonos y demos gracias: hemos sido hechos no solamente cristianos, sino Cristo (...). Pasmaos y alegraos: hemos sido hechos Cristo!».


La dignidad cristiana, fuente de la igualdad (...), garantiza y promueve el espíritu de comunión y de fraternidad y, al mismo tiempo, se convierte en el secreto y la fuerza del dinamismo apostólico y misionero de los fieles laicos. Es una dignidad exigente; es la dignidad de los obreros llamados por el Señor a trabajar en su viña. (...).


En Barcelona, a 25 de agosto de 2008.

lunes, 18 de agosto de 2008

Christifideles Laici. Los fieles laicos. Juan Pablo II (X)

Este lunes os presento un nuevo punto de la exhortación Christifideles laici, sobre la misión y vocación de los laicos en la vida pública de Juan Pablo II. ¡Espero vuestros comentarios!

Los fieles laicos y la índole secular

15
. La novedad cristiana es el fundamento y el título de la igualdad de todos los bautizados en Cristo, de todos los miembros del Pueblo de Dios: «común es la dignidad de los miembros por su regeneración en Cristo, común la gracia de hijos, común la vocación a la perfección, una sola salvación, una sola esperanza e indivisa caridad». En razón de la común dignidad bautismal, el fiel laico es corresponsable, junto con los ministros ordenados y con los religiosos y las religiosas, de la misión de la Iglesia. (...).

Precisamente para poder captar completa, adecuada y específicamente la condición eclesial del fiel laico es necesario profundizar el alcance teológico del concepto de la índole secular a la luz del designio salvífico de Dios y del misterio de la Iglesia. Como decía Pablo VI, la Iglesia «tiene una auténtica dimensión secular, inherente a su íntima naturaleza y a su misión, que hunde su raíz en el misterio del Verbo Encarnado, y se realiza de formas diversas en todos sus miembros».

La Iglesia, en efecto, vive en el mundo, aunque no es del mundo (cfr. Jn 17, 16) y es enviada a continuar la obra redentora de Jesucristo; l(...). Ciertamente, todos los miembros de la Iglesia son partícipes de su dimensión secular; pero lo son de formas diversas. En particular, la participación de los fieles laicos tiene una modalidad propia de actuación (...). Tal modalidad se designa con la expresión «índole secular». Ellos son personas que viven la vida normal en el mundo, estudian, trabajan, entablan relaciones de amistad, sociales, profesionales, culturales, etc. (...).

De este modo, el «mundo» se convierte en el ámbito y el medio de la vocación cristiana de los fieles laicos, porque él mismo está destinado a dar gloria a Dios Padre en Cristo. (...). No han sido llamados a abandonar el lugar que ocupan en el mundo. El Bautismo no los quita del mundo, tal como lo señala el apóstol Pablo: «Hermanos, permanezca cada cual ante Dios en la condición en que se encontraba cuando fue llamado» (1Co 7, 24); sino que les confía una vocación que afecta precisamente a su situación intramundana. En efecto, los fieles laicos, «son llamados por Dios para contribuir, desde dentro a modo de fermento, a la santificación del mundo mediante el ejercicio de sus propias tareas, guiados por el espíritu evangélico, y así manifiestan a Cristo ante los demás, principalmente con el testimonio de su vida y con el fulgor de su fe, esperanza y caridad». De este modo, el ser y el actuar en el mundo son para los fieles laicos no sólo una realidad antropológica y sociológica, sino también, y específicamente, una realidad teológica y eclesial. (...).

Precisamente en esta perspectiva los Padres Sinodales han afirmado lo siguiente: «(...). El carácter secular debe ser entendido a la luz del acto creador y redentor de Dios, que ha confiado el mundo a los hombres y a las mujeres, para que participen en la obra de la creación, la liberen del influjo del pecado y se santifiquen en el matrimonio o en el celibato, en la familia, en la profesión y en las diversas actividades sociales».

En Barcelona, a 18 de agosto de 2008.