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jueves, 29 de enero de 2015

"Influencias del legado de Menéndez Pelayo en la cultura española del siglo XX". Conferencia de ingreso en el Ateneo de Cádiz

Esta tarde he tenido el honor de ingresar en el Ateneo literario, artístico y científico de Cádiz, el segundo con más solera de España (1858). El acto, exquisitamente académico, contó con la asistencia de su presidente don Ignacio Moreno y se formalizó con una conferencia de ingreso que para la ocasión he querido dedicar a Marcelino Menéndez Pelayo bajo el título: Influencias del legado de Menéndez Pelayo en la cultura española del siglo XX. Os incluyo algunas de las ideas que se desprendieron durante mi intervención, aunque podrá leerse en el próximo número de la revista que edita esta institución. Ya sabes que agradezco tus comentarios.
 
 
Conocer qué es España y quiénes somos los españoles pasa necesariamente por familiarizarse efectivamente con nuestra cultura, incrementada a lo largo de los siglos gracias al genio de nuestra particular percepción de la realidad y a nuestro característico estilo de vida. El camino al que la vida cultural nos invita, nos acerca a la verdad. Las personas, en su anhelo de felicidad, buscan también la verdad, a la que nos acercaremos si nutrimos nuestros espíritus de cultura, la cual se manifiesta en todo tipo de conocimiento vulgar, científico experimental, filosófico y religioso. Así, cada una de todas las personas están inclinadas a aprehender todo tipo de cultura humana, y, si cabe, con mayor predilección –dada nuestra ciudadanía española–, aquella que se refiera a nuestro país, España.
 
Nuestra historia reciente encuentra en Marcelino Menéndez Pelayo (Santander, 1856-1912) un perfecto ejemplo de buscador infatigable de conocimientos, de cultura, de verdad. Por lo que estudiar sus obras otorga una privilegiada formación y una enjundiosa interpretación de nuestra rica diversidad cultural y, a través de ella, del ser de España, el cual para el polígrafo santanderino solo puede ser explicado plenamente desde la relevancia adquirida por la fe católica a lo largo de nuestra Historia. Por otro lado, nuestra propia cultura hispana resulta enriquecida e influida por la profundidad del magisterio de don Marcelino, motivo por lo que su legado intelectual no puede dejar de ser estudiado, especialmente por nuestras elites intelectuales. Sin embargo, nuestro tiempo presente es testigo de cómo sus obras no acaban de valorarse definitivamente; su olvido debería ser tildado de gravísimo “pecado” académico que, paradójicamente, se ampara en el desconocimiento de la abundancia de sus enseñanzas.
 
El diario más influyente de España durante del primer tercio del siglo XX, El Debate, empleó sin tapujos el pensamiento de Menéndez Pelayo, quién encontrará en su director, Ángel Herrera Oria (Santander, 1886-Madrid, 1968), un digno sucesor en lo que se refiere a la defensa de los principios cristianos, fundamentos sociales del ser de España; defensa que Herrera Oria articuló, tanto a nivel intelectual como en el terreno de lo práctico, desde la actual Asociación Católica de Propagandistas (ACdP) de la que fue su primer presidente. La orientación y los criterios adoptados por Ángel Herrera en su uso del legado de don Marcelino resultan paradigmáticos, gracias a la influencia que el magisterio del polígrafo montañés alcanzó en los ámbitos social y cultural, y que este periódico de tirada nacional extendió precisamente para conservarla.
La admiración de Herrera por don Marcelino es manifiesta y marcó claramente su respeto por él en la línea editorial de El Debate. Sus ideas siempre aparecen como doctrina segura para los lectores de este periódico. Los mejores ejemplos los encontramos en los editoriales que emplean la autoridad del polígrafo para fortalecer la argumentación ideológica del periódico y del mensaje que se quiere comunicar. Las noticias de El Debate sobre don Marcelino son generalmente elaboradas por sus redactores, pero existen múltiples artículos rubricados por autoridades de la vida cultural española ajenas al periódico, que quisieron emplear esta plataforma de comunicación de total influencia nacional, para dar a conocer sus reflexiones sobre el polígrafo.
 
Así, frente al letargo al que algunos tácitamente someten a la obra de Menéndez Pelayo, otros mantienen perenne la memoria del polígrafo santanderino, ayudando así a conservar la influencia que su legado alcanza en la cultura española. Uno de sus pioneros, y así hemos de reconocerlo fue Ángel Herrera Oria a través del diario El Debate. La memoria de don Marcelino sigue viva gracias a la dedicación que actualmente desarrollan, entre otros, la Real Sociedad Menéndez Pelayo y la Biblioteca Menéndez Pelayo de Santander: “la Meca” de todo hispanista. Aunque todavía queda mucho por hacer.
 
Momento de la conferencia junto al Dr. Conde Mora, adjunto al Presidente del Ateneo (en el centro), y el Excmo. Sr. D. Antonio Rendón-Luna y de Dueñas, ateneísta que realizó mi presentación ante esta institución (a la derecha).
 
En la Tacita de Plata, imbuido de las puras esencias del "tipismo gaditano", a 29 de enero de 2015.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Cádiz, 1812. Guerra. Nación. Revolución. Conferencia de Dr. José Peña en Santander

“¿No se han enterado, todavía, que Cádiz es una de las fechas más europeas de España?”.

Así puede sintetizarse la brillante conferencia “Cádiz 1812. Guerra. Nación. Revolución” pronunciada por el doctor José Peña González ‒director del Instituto de Humanidades Ángel Ayala CEU y catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad San Pablo CEU‒, y organizada por el Centro de Santander de la Asociación Católica de Propagandistas (ACdP), dentro de los eventos que la Asociación ha preparado con motivo del bicentenario de la Constitución de Cádiz de 1812, y celebrada el 21 de noviembre de 2012.



A modo de introducción y como presentación del ponente dirigí estas breves palabras:

"Los bélicos acontecimiento de principios del siglo XIX aceleraron una respuesta “a la española” a la crisis intelectual europea que zarandeada por la filosofía de la Ilustración arrancó durante el pasado siglo XVIII. Así, la Constitución de Cádiz de 1812 fue erigida como marco jurídico para intentar dar respuesta a los acontecimientos causados por la Guerra de la Independencia y que afectaron a los ámbitos de lo social, de lo ideológico y de lo político.
Para dar luz sobre esta cuestión contamos entre nosotros con el Dr. José Peña González, quien tan generosamente ha aceptado la invitación del Centro de Santander de la ACdP para dirigirnos una conferencia bajo el título: Cádiz, 1812. Guerra. Nación. Revolución.
El Dr. Peña es licenciado y doctor en Derecho (UCM), Ciencias Políticas (UCM), Historia Contemporánea (Univ. de Alcalá) y Ciencias de la Información (Univ. Rey Juan Carlos), obteniendo en todos los doctorados la calificación de sobresaliente cum laude.
Ha sido decano de la Facultad de Ciencias Jurídicas y vicerrector de Alumnos de la Universidad San Pablo CEU, en donde ha ejercido la docencia durante más de 40 años como catedrático de Derecho Constitucional. Actualmente es director del Instituto de Humanidades Ángel Ayala CEU de esta misma Universidad.
Pertenece, entre otras instituciones académicas, a la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación y a la Real Academia de la Historia.
Su producción bibliográfica es singularmente abundante. Toca múltiples áreas del conocimiento humano, aunque en especial cultiva el pensamiento jurídico y político. Permítanme algunas breves menciones: más de 20 monografías, p. ej.: Los grandes temas del Derecho Político (1985), Historia Política del Constitucionalismo Español (1995), o Monarquía, Transición y Constitución (2008); más de 130 publicaciones en estudios y trabajos colectivos, destaco solamente algunas que se ciñen al tema de esta tarde-noche: Cádiz, 1812. Una de las fechas europeas de España (2008), Cádiz: apertura de España a la modernidad (2011), o Cádiz: respuesta española a la crisis europea (2012).
Además, nuestro ponente ha colaborado en prensa escrita y digital (La Opinión Digital), en esta última sobresalen sus más de 1.000 artículos sobre arte, crítica de libros y actualidad socio política. Asimismo, ha pronunciado múltiples conferencias sobre su especialidad tanto en sede académica, universitaria y otros foros. Doctor, suya es la palabra".



Presento a continuación las principales ideas que el Dr. Peña expuso al numeroso y entregado auditorio que acudió al salón de actos del Ateneo de Santander, que contó con la presidencia de su vicepresidente, don Orestes Cendrero Uceda.
Numeroso auditorio en el Ateneo de Santander para asistir a la conferencia del Dr. Peña.

La Constitución de Cádiz fue una respuesta “a la española” de la profunda crisis moral, intelectual y política que sufrió Europa durante el siglo XVII y que se manifestó abiertamente en el siglo XVIII. Llegó un momento en el siglo XVII que, a nivel intelectual, toda Francia y, consecuentemente, toda Europa, pensaba como Bossuet y como Voltaire. Este hecho ‒afirmó el Dr. Peña citando la obra de Paul Hazard, La crisis de la conciencia europea (1680-1715)‒, supuso una auténtica revolución que afectó a todos los niveles. Este cambio ideológico también llegó a España, porque España no fue “un islote aislado” sino que “¡también tuvo su Ilustración!”, caracterizada por sus contenidos religiosos católicos y que la diferenciaron de la Ilustración francesa y austriaca. Esas singulares connotaciones subyacentes se mostraron claramente en la Constitución de Cádiz (artículo 12: “La religión de la Nación española es y será perpetuamente la católica, apostólica, romana, única verdadera”).

España a principios del siglo XIX se vio inmersa en una guerra ‒“en una cruzada”‒ de carácter europeo porque no solo es España quién lucha contra Napoleón, sino que también están en armas Alemania y Rusia. En este contexto bélico, encontramos cuatro interpretaciones de cómo tiene que ser el marco jurídico que ha de regular la convivencia de los españoles y que se corresponden con cuatro grupos sociales que tratarán de influir en el diseño de la futura Constitución:
El primer grupo, los “afrancesados” (p. ej.: duque de Santa Fe) disponían de una buena preparación intelectual, aunque estaban convencidos de las bondades de las tesis de la Revolución Francesa de 1789; fueron los encargados de diseñar la Constitución de Bayona de 1808, pero esa Constitución hubiera sido una buena solución en el siglo pasado, durante el reinado de Carlos IV, por lo que llegó tarde en el tiempo.
El segundo grupo corresponde a los “tradicionalistas” o “reaccionarios” (p. ej.: el Filósofo Rancio, el Padre Isla, el Abate Marchena), como los anteriores también poseían una buena preparación intelectual, este grupo intuyó que si las tesis liberales se imponían en la futura Constitución la gran perjudicada sería la Iglesia, “oliéndose, así, con anticipación las desamortizaciones de Mendizábal”.
El tercer grupo social, los “reformistas” (p. ej.: Jovellanos) que buscaron “poner en marcha lo que ya había en la legislación española” en vez de innovar: “hay que adaptar la legislación a las nuevas circunstancias de los nuevos tiempos del siglo XIX”; este grupo fue el gran perdedor porque su postura no fue tenida en cuenta.
Y el cuarto y último grupo fue el denominado como los “doceañistas” (p. ej.: Muñoz Torero, Argüelles); beben intelectualmente tanto de la cultura francesa como de la británica; harán prevalecer sus enfoques; presentaron como solución para la redacción de la carta magna el que ésta debe partir desde dos principios: la soberanía nacional y la división de poderes. Así, se fue elaborando una constitución de influencia doctrinal francesa, que sigue el modelo de “Nación” de Sieyès (artículo 1), concepto que se fundamenta en el de “soberanía nacional”, y no el modelo de Rosseau, basado en la “soberanía popular”. La Religión Católica sería totalmente aceptada porque formaba parte de la conciencia social de España, pero las sucesivas constituciones progresivamente irán relajando la presencia e importancia del catolicismo.

Finalmente, el Dr. Peña, concluye afirmando que Cádiz fue el germen del liberalismo español posterior.

Agradezco desde estas líneas las instantáneas realizadas por J. M. Mochales.

Santander y 21 de noviembre de 2012.