“Para creer en la evolución es necesario primero creer en Dios”. Ésta es la conclusión a la que se llegó tras la conferencia La Teoría de la evolución y la Fe pronunciada por don José Antonio Sayés el pasado 21 de octubre en un abarrotado salón de actos de la Casa de la Iglesia de Santander y organizada por el Centro de Santander de la Asociación Católica de Propagandistas.
Antes de empezar la exposición advirtió al auditorio de la importancia de la necesidad del desarrollo de la actividad científica experimental y humanística, al tiempo que también defendió la autonomía de la actividad científica. De tal manera, que se ha de considerar las conclusiones que cada Ciencia alcanza respecto a su concreto campo de estudio. Por lo que las Ciencias experimentales no pueden hacer ciencia sobre cuestiones filosóficas simplemente porque sus objetos de estudio no son ese tipo de cuestiones, que pertenecen en exclusiva a la Filosofía. Concluyendo, así, que la Filosofía, hace auténtica ciencia filosófica cuando no interfiere en las investigaciones científicas experimentales; de mismo modo que la Ciencia experimental hace ciencia cuando se centra en la singularidad de sus objetos de estudio.
A modo de argumentación lógica, Sayés, fue exponiendo las relaciones entre la Teoría de la evolución y la Fe. En primer lugar, acudió a lo que La Biblia dice sobre la Evolución, llegando a las siguientes conclusiones: 1) Todo lo creado procede de Dios, así el concepto de “creación” procede de la Cultura Judía. 2) Lo único creado semejante a Dios es el hombre, así el concepto de “persona” procede del Cristianismo (cfr. Concilio de Calcedonia, 451). 3) La mujer tiene la misma dignidad que el hombre, por lo que no es un objeto. Y, 4) En el transfondo del pecado original subyace la orgullosa autonomía del hombre que quiere decidir por sí mismo qué es el Bien y el mal, sin contar con Dios.
En segundo lugar, el P. Sayés se detuvo en la consideración de algunas preguntas filosóficas que la Teoría de la evolución plantea, llegando a la siguiente conclusión: La evolución por sí misma no se explica. El Neodarwinismo, que ampara a la Teoría de la evolución, tras la demostración de que el ADN no cambia ha recurrido al azar como explicación de la evolución. Para el P. Sayés, este recurso no es suficiente para la exigencia que el método científico exige, porque en el fondo en el orden objetivo (como es la Ciencia experimental) no cabe el azar. Por tanto, se ha de aceptar que el hombre es un diseño inteligente, lejos de cualquier explicación azarosa. El P. Sayés hizo alusión a estos escritos: F. Facchini, Y apareció el hombre sobre la Tierra: ¿evolución o creación?, Palabra, Madrid, 2007; C. Schönborn, “Finding Design in Nature”, New York Times, 7/VII/2005.
Y, en tercer lugar, a partir de lo dicho anteriormente hemos de concluir que si en la creación aparece un hombre inteligente es porque el hombre tiene alma. El alma del hombre tiene libertad y autodeterminación (lejos de la determinación genética), y decir libertad –afirma Sayés– es hacer referencia a la espiritualidad. Al considerar el alma del hombre hemos de aceptar la existencia de una conciencia, de una “yoidad” (la certeza de ser uno y el mismo en todo momento) y a su conocimiento transcendente, abstracto y “metafísico” que tiene respecto de la Realidad. Pero ¿de dónde procede el alma? Para poder creer en la realidad “hombre” hay que creer previamente en Dios, porque el hombre y su alma han sido creado por Él. Así, concluye Sayés, “creo en la evolución porque creo en Dios”.
José Antonio Sayés (Peralta, 1944), presbítero desde 1968 y Doctor en Teología por la Universidad Gregoriana de Roma, es Profesor de Teología Fundamental en la Facultad de Teología del Norte de España (con sede en Burgos), aunque ha extendido su magisterio fuera de nuestras fronteras: Estado Unidos de América, Brasil, Japón, Taiwán, Australia, y en breve irá a Dinamarca. Ha escrito más de 40 obras de Teología y Filosofía, siendo en la actualidad uno de los teólogos vivos más importantes de la Iglesia. Destacan sus prolíficas conferencias, su constante dedicación a la investigación y a la docencia plasmada en la publicación de sus libros de manera casi anual, y por supuesto sus incisivos artículos en defensa de la Fe. Una de sus mayores satisfacciones es la periódica presencia en campamentos con jóvenes. Entre sus mejores sentencias se encuentran: “Hay que dar hasta que empiece a doler” o “A los curas que no hacen oración, Dios les castiga con reuniones”. Algunas de sus obras: Filosofía del hombre, EIUNSA, 2009; Teología de la Creación, Palabra, 2002, o un clásico de la Teología contemporánea de rabiosa actualidad, La presencia real de Cristo en la Eucaristía, Ed. Católica, 1976.
Para escuchar la conferencia completa pincha aquí.
¿De donde venimos? ¿Quiénes somos? ¿A dónde vamos? Éstas son las tres grandes preguntas filosóficas que el hombre de todos los tiempos se ha planteado para intentar obtener las respuestas que expliquen adecuadamente su vida, acallen su conciencia y satisfagan su natural inclinación de conocimiento de la Verdad. Sin duda, de entre esas tres preguntas destaca por su singular interés la primera (“¿de dónde venimos?”), porque el hombre anhela en su interior, sobre todas las cosas, conocer su origen. Todas las filosofías de la Historia del Pensamiento, excepto las de corte materialista, darán una respuesta común a esta cuestión, a saber: Dios, el Ser Absoluto.
Santo Tomás de Aquino (1225-74) comenzó su magna obra Summa Theologicae –obra de síntesis de conocimientos filosóficos y teológicos–, reflexionando precisamente sobre la realidad de Dios, "¿De dónde venimos?" (STh. I qq. 1-26), antes de resolver las preguntas sobre “¿quiénes somos?” (STh. I qq. 75-119, I-II y I-II) y “¿a dónde vamos?” (STh. III). El aquinate, con gran lógica y sentido común, antes de introducirse en la exposición de la esencia y de los atributos divinos (STh. I q. 3-26), se detiene a demostrar la existencia del Ser Absoluto (STh. I q. 2), porque sería absurdo explicar la naturaleza de “algo” o "alguien" que no existe y que, por tanto, no es. Este tipo explicación sería una elucubración especulativa sin ninguna correspondencia real (ejercicio que gusta demasiado a la filosofía idealista hasta el punto de ser lo único que sabe hacer). Sin entrar a considerar las afirmaciones de los artículos 1 y 2 de esta cuestión 2ª (Si la existencia de Dios es una evidencia inmediata, cosa que no es así; y Si la existencia de Dios es demostrable, cosa que es cierta) dirigimos nuestra mirada al artículo 3, en donde el Doctor Angélico se cuestiona “Si Dios existe”, en donde da una respuesta positiva gracias a sus cinco víaso argumentos deductivos sintéticos a posteriori. En ellos, a partir de la observación de los fenómenos y realidades que acontecen en el mundo el aquinate realiza un razonamiento que le permite concluir que Dios sí existe. La primera de las demostraciones es una prueba cosmológica en donde se identifica a Dios con el origen de todo movimiento; en la segunda considera que Dios es el origen de toda causa: la Causa eficiente; en la tercera se deduce que Dios es el Ser necesario del que dependen el resto de seres; en la cuarta se establece una jerarquía de valores encumbrada por Dios, el Ser que reúne toda perfección; y en la quinta se argumenta que el orden de la realidad es dirigido por un Ser inteligente, a saber: Dios.
Nosotros vamos a considerar la quinta y última de las vías para demostrar la existencia de Dios. Esta prueba, como las otras cuatro, posee una estructura argumentativa en cuatro pasos, que son: a) un punto de partida; b) una aplicación de la causalidad; c) una imposibilidad de aplicación a lo infinito; y d) una identificación con el Ser Absoluto: Dios.
El punto de partida de esta quinta vía se toma de la necesidad de gobierno y orden de las realidades del mundo. En la aplicación de la causalidad vemos que las “cosas” del mundo aún careciendo de conocimiento propio tienden hacia un fin, por lo que obran para obtener lo mejor para ellas, actuando así intencionalmente (es decir, poseen una voluntad natural que les hace tender hacia el fin que les es propio a su naturaleza). Mas, existe una imposibilidad de aplicación a lo infinito porque aquello que no posee conocimiento alguno no puede dirigirse hacia ningún fin si no existe un ser que sí lo disponga y que le permita orientar a esa cosa hacia su fin (como lo ejecuta el arquero a la flecha). Por lo tanto, es necesario que haya una inteligencia que dirija las cosas hacia un fin, así se identifica a esa inteligencia con el Ser Absoluto, a saber: Dios.
Recientemente ha renacido un viejo debate sobre el orden del mundo. El determinismo darwiniano, defendido por Dawkins que discute que exista un Ser Absoluto sumamente inteligente que ordene el mundo y oriente a las realidades hacia sus fines propios, defendiendo que no existe tal orden sino que el mundo está abandonado al caos del azar, doctrina común del determinismo materialista. Las afirmaciones de Dawkins chocan frontalmente con la quinta vía demostrativa del aquinate y con las teorías, tan en boga actualmente, del diseño inteligente del orden de la creación y del mundo. Es por ello, que no puede pasarse por alto las enseñanzas del Doctor Angélico sobre esta materia.
En Santander, a 28 de enero de 2009, celebrando la Memoria de santo Tomás de Aquino.
El próximo día 21 de junio celebraremos el 90º aniversario de la consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles. Podéis encontrar toda la información de este singular acontecimiento en http://www.jrcfrc.org/, pinchad en el enlace y y os encontraréis los pormenores de la celebración. Por de pronto, os "cuelgo" un pequeño anticipo de lo que supondrá este evento.
Hoy quiero presentarte, querido lector, el interesante libro de Francisco Canals VidalMundo histórico y Reino de Dios (Scire. Barcelona, 2005). En esta obra se reunen unas conferencias que el filósofo barcelonés impartió en la Fundación Balmesiana de Barcelona en 1993, y que se incluyen dentro del ámbito de la Teología de la Historia, como él mismo afirma en la Introducción.El exhaustivo análisis filosófico de estas cuestiones y la magistral profundidad que alcanzan sus reflexiones exigen leer detenidamente sus páginas para "gustar" plenamente de sus brillantes enseñanzas que, una vez más, nos ofrece don Francisco, que es doctor en Filosofía, Derecho y Teología, catedrático de Metafísica de la Universidad de Barcelona y miembro destacado de la Escuela Tomista de Barcelona, de la Pontificia Academia de Santo Tomás y de la Sociedad Internacional Tomás de Aquino (S.I.T.A.). Quiero en estas líneas rescatar algunas de las ideas de su Introducción y de su primer artículo, dedicado a san Agustín.
En la Introducción (pp. 19-28)Canals realiza una serie de explicaciones previas que nos situan en el contexto filosófico-teológico que interrelaciona "mundo histórico" con "Reino de Dios". El sentido de “mundo” hay que entenderlo no solo como "algo" propiamente material (Cosmos, Universo) sino principalmente en el sentido filosófico, que es más existencial, pues con “mundo” nos referimos a “la humanidad”. Hay que entender “histórico” hay que entenderlo como el despliegue de la humanidad en la Historia caracterizada por sus polémicas y enfrentamientos motivados por el orgullo que ciega la voluntad del hombre, pero también adjetivada por sus permanentes ansias de superación y mejora de las equivocaciones y errores. (cfr. p. 19).
Hegel habla con frecuencia sobre el “Reino de Dios” pero tras su filosofía no se encuentra la providencia de un Dios transcendente ni personal ni creador de la realidad. ¡Hay que estar ojo avizor! Porque su filosofía sigue viva en filosofías actuales de la cultura, del lenguaje, de la historia y de la teología que ejercen una sutil pero constante influencia en nuestros modelos de vida. Un “truco” para detectarlas: generalmente hablan del “Reino de Dios” o de “lo divino” como algo que humanamente evoluciona y que el hombre por sí mismo conquista gracias a su madurez intelectual hasta alcanzar la “plena conciencia de lo divino”. (cfr. p. 20).
La relación entre “Mundo histórico y Reino de Dios” debe ser abordada prioritariamente desde la Palabra de Dios -y no sólo desde nuestra razón limitada ignorante de la dimensión de los misterios divinos-. El conocimiento de las Sagradas Escrituras nos pueden permitir explicar con cierto grado de inteligencia la Historia de la humanidad juzgando cómo se manifiesta en ella el “Reino de Dios”. (cfr. p. 21). Os invito a releer estos pasajes del Nuevo Testamento desde los que podemos comenzar la reflexión sobre esta cuestión: St 1, 26-27; 1Jn 2, 15-17. 4, 1-6. 5, 4-5; Jn 15, 18-19. 16, 8-11. 18, 36; Ef 6, 10-12; y 1Cor 2, 6. En el comentario del Salmo 54san Agustín se inspira en el texto del apóstol de los gentiles en el que afirma que la lucha de este mundo no es contra los hombres sino contra los demonios y los gobernantes del mundo (cfr. Ef 6, 10-12) al afirmar que "nuestra lucha no es (...) contra los hombres que veis, sino contra príncipes y rectores del mundo de estas tinieblas. No sea que por haber dicho rectores del mundo entendieseis que los demonios rigen el cielo y la tierra (...)" (cfr. Enarrationes in psalmos, Salmo 54).
Cuando el obispo de Hipona -enseña Canals- "dice "los rectores del mundo" no atribuye el gobierno del mundo a los demonios, no. Dice "del mundo de estas tinieblas", significando el mundo de los que aman al mundo, el mundo de los que no aman y de los inicuos, el mundo que no conoció a Cristo, el mundo que odia a los discípulos del Señor. "Os doy la paz que el mundo no puede dar" (Jn 14, 27), dice el Señor. Este mundo es el que es regido por estas tinieblas. Y en este sentido, el Príncipe de este mundo es Satanás, y los demonios son los rectores de este mundo". (p. 26).
En el artículo Mundo histórico y Reino de Dios en san Agustín (pp. 29-42) se nos presenta un texto de Civitas Dei, clave de bóveda sobre la que se apoya la doctrina agustiniana sobre esta cuestión: "Dos amores fundaron dos ciudades, a saber: la ciudad terrena el amor de sí hasta el desprecio de Dios, y la ciudad celeste el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo" (XIV, 28).
Nos podemos preguntar con Canals, "si el mundo es obra de Dios, todo se ha hecho por el Verbo (Jesucristo), y el Verbo estaba en el mundo, ¿por qué los amadores del mundo integran aquella ciudad terrena cuyo fin es el infierno eterno, (...)?". (p. 30). Ante esta cuestión muchos han catalogado erróneamente a san Agustín como pesimista antropológico.
La "ciudad terrena" también es llamada "ciudad de los hombres", "ciudad impía" y "pueblo de los infieles", y está edificada sobre el amor al hombre que llega a despreciar a Dios. [Es la ciudad que posee como único fundamento al hombre mismo, que no tiene otro estilo de vida que el relativismo moral, que ya Protágoras y Gorgias enseñaban en la Antigua Grecia]. El hombre que vive "según la carne", y que no se convierta antes en hijo de Dios y ciudadano, por tanto, de la ciudad celeste y eterna, pertenece a la ciudad terrena cuyo fin, reitera el filósofo cartaginés, es el infieno. Mas, siempre hay esperanza. Nadie puede pertenecer a la ciudad celeste si no ha pertenecido previamente a la ciudad terrena. Por lo que siempre cabe la posibilidad del don de la conversión del hombre en ciudadano del cielo. (cfr. p. 31).
San Agustín recuerda que la ciudad eterna existe en este mundo como consecuencia del amor de Dios para con los hombres, que mueve su Sagrado Corazón a tener misericordia de nosotros. Por lo que nadie puede atribuirse la ciudadanía de la ciudad eterna ni excluir a otros hombres de la misma. Cometeríamos una falta de orgullo al juzgar si un hombre pertenece o no a la ciudad terrena o celeste, lo cual supondría que disponemos de la capacidad de examinar al hombre y sus actos, facultad sólo reservada al Creador, único y verdadero Juez; por lo que, si llegásemos a cometer esta tentación de creernos mejores que los demás, perderíamos la humildad característica de los ciudadanos del cielo, si es que la hubiéramos alcanzado. (cfr. pp. 32-33).
"¿Qué es la ciudad terrena que termina en el infierno? Aquella sociedad de los hombres que no quieren aceptar que necesitan Mediador o que no quieren reconocer que necesitan ir más allá de donde pueden llegar con sus esfuerzos humanos. Si el hombre valora como autosuficiente, plena y última, su propia naturaleza humana, hasta el punto de perder la dimensión de la religión; si la transforma -como dijeron los hegelianos- en la adoración de lo humano en la cultura, en la nación, en la política, en la propia historia humana, entonces la política sería nuestra religión y el Estado nuestra Providencia, como afirmón Feuerbach [en La esencia del cristianismo]". (p. 37).
Afirma san Agustín que el mayor bien que existe en este mundo es la ciudad terrena, la misma que de acuerdo con su argumentación en la Civitas Dei acaba en el infierno. ¿Acaso se está contradiciendo el obispo de Hipona? No. Con esta afirmación nos quiere enseñar que lo mejor del mundo es la Sociedad humana, como vida pública y como convivencia entre los hombres que buscan la paz (que es el mayor bien deseado por la Sociedad). Pero esa Sociedad humana y esa búsqueda de la paz ha de dirigirse hacia la "auténtica ciudadanía", a saber, la celeste. Para entendernos, y a modo de conclusión. La realidad del infierno llega cuando los habitantes de la ciudad terrena olvidan que están llamados a ser también ciudadanos de la ciudad celeste. Así, los actos del hombre iluminados por Dios resultan beneficiosos para toda la Sociedad; mientras que los actos que sólo buscan el propio beneficio del hombre acaban siendo perniciosos para la Humanidad porque son fruto del orgulloso interés del hombre que los ejecuta. (cfr. pp. 38-39).
Catedral de Nápoles. Cuaresma de 1273. Éste fue el lugar y el tiempo litúrgico en el que santo Tomás de Aquino pronunció sus únicos sermones cuaresmales sobre el Credo, el Avemaría y el Padrenuestro, según cuentan unos testigos que estuvieron allí presentes y que declararon en la causa de canonización del Doctor Angélico. El texto de estos sermones me los encontré hace ya unos años durante un periodo de descanso en una casa en Parquelagos (Madrid). Debo confesar que su lectura transformó mi manera de recitar y de orar estas oraciones.
Esta tarde marcho al bellísimo valle de Ruesga (Cantabria) a concluir la tanda de charlas cuaresmales que estoy impartiendo en alguna de sus parroquias. He querido rescatar para la memoria de los que me escuchen fragmentos de esos sermones del aquinate, concretamente del Padrenuestro. ¡Qué felices nos encontramos cuando nos sabemos a salvo de todo mal! Cuando somos niños nos encanta estar en los brazos de nuestros padres. Que nos achuchen. Que nos mimen. Que nos protejan. Pues eso mismo ocurre también con Dios. Hemos de estar seguros en esta vida porque Dios Padre también nos cuida y nos protege.
Puede sorprender que haga referencia al Absoluto. Pero no nos iría mal si nuestros empresarios "gobernaran" sus empresas teniendo en cuenta que hay un Absoluto por encima de ellos, creador de todo y omnipotente. Si nuestros empresarios mandaran a sus subordinados sabiéndose que por encima de ellos hay Alguien otro gallo nos cantaría. A ese Alguien llámalo como quieras, pero en nuestra Cultura Occidental, guste o no, lo llamamos Jesucristo. El tener como referencia a Dios, con el que puedes comunicarte y llamarle Padre, causaría la humildad en nuestros empresarios (cosa en ocasiones difícil), permitiéndoles tomar mejores decisiones y en múltiples ocasiones no cometer los abusos que en ocasiones, o casi siempre, nos "obligan" a cometer amparándose en las necesidades del negocio o en una sutil amenaza de que la continuidad de tu trabajo corre serio peligro.
Mañana hay jornada de reflexión electoral. El domingo es la "fiesta" democrática por antonomasia. Aunque para algunos esto de la democracia suena a cuento chino, a leyenda noruega o a mito griego. Sin embargo nuestra Sociedad está conformada en un "Estado de derecho social y democrático". Estas son las reglas del juego. ¡Así que a votar "con todas tus fuerzas", como exhorta el Presidente Zapatero, pero "con cabeza y corazón", como afirma Rajoy!