La necesidad de Dios en el mundo actual para el hombre de hoy es innegable. Aunque muchos se esfuerzan en silenciar “su Palabra” y "sus Obras", o más bien en substituirlas. Me refiero a las sectas o, a modo de eufemismo, “Nuevos Movimientos Religiosos” (NMR), y a todo tipo de ideología relativista que "predica" un ateísmo teórico imposible de llevar a la práctica. Pero hoy no entraremos en la frondosidad selvática de estas cuestiones tan complejas y difíciles.
Hoy quiero presentaros unos criterios claros y precisos (conocidos como “los criterios de eclesialidad”) que os libren de los engaños y de las “medias verdades” con que las sectas y otros "clanes" tratan de captar a inocentes e ingenuos nuevos adeptos. Con estas afirmaciones reconoceréis qué asociaciones viven auténticamente la fe en la que nos gloriamos profesar, las cuales están tomadas del n. 30 de la exhortación apostólica Christifideles laici compuesta por Juan Pablo II en 1988. ¡Allá van!:
- Una asociación de fieles laicos reconoce la primacía de la vocación de cada cristiano a la santidad. Por lo que cada uno de todos los grupos participan y son instrumentos de y para la santidad en la Iglesia (en la que estamos todos los bautizados).
- Una asociación de fieles laicos es responsable de confesar la fe católica, acogiendo y proclamando la verdad sobre Cristo, sobre la Iglesia y sobre el hombre, en la obediencia al Magisterio de la Iglesia. Por esta razón, debe ser un lugar en el que se anuncia, se propone y se educa la fe para vivirla en todo su contenido.
- Una asociación de fieles laicos da testimonio de una comunión firme con el Papa, cabeza visible de unidad en la Iglesia universal, y con el Obispo de la diócesis, «principio y fundamento visible de unidad» en la Iglesia particular.
- Una asociación de fieles laicos participa conforme el «fin apostólico de la Iglesia» que consiste en «la evangelización y santificación de los hombres y la formación cristiana de su conciencia, de modo que consiga impregnar con el espíritu evangélico las diversas comunidades y ambientes».
- Una asociación de fieles laicos está comprometida en estar presentes en la Sociedad, de manera que, de acuerdo con la Doctrina Social de la Iglesia, se ponga al servicio de la dignidad integral del hombre. En este sentido, deben ser corriente viva que cree las condiciones más justas y fraternas en la Sociedad.
Las consecuencias de estos criterios se comprueban en los “frutos concretos”que acompañan la vida y las obras de las diversas asociaciones, como pueden ser: el renovado gusto por la oración, la contemplación, la vida litúrgica y sacramental; el estímulo para que florezcan vocaciones al matrimonio cristiano, al sacerdocio ministerial y a la vida consagrada; la disponibilidad a participar en los programas y actividades de la Iglesia sea a nivel local, sea a nivel nacional o internacional; el empeño catequético y la capacidad pedagógica para formar a los cristianos; el impulsar a una presencia cristiana en los diversos ambientes de la vida social, y el crear y animar obras caritativas, culturales y espirituales; el espíritu de desprendimiento y de pobreza evangélica que lleva a desarrollar una generosa caridad para con todos; la conversión a la vida cristiana y el retorno a la comunión de los bautizados «alejados», entre los millones de otras cosas que configuran la vida del hombre.
Hola. Este lunes presentamos otro punto más de la exhortación apostólica sobre la misión y vocación de los laicos en la vida pública de Juan Pablo II. Espero vuestros comentarios, y ¡Nuestra Señora La Bien Aparecida, Reina y Señora de la Montaña; Ruega por nosotros! ("La Montaña" es el epíteto con que desde siglos se designa a la actual Comunidad Autónoma de Cantabria).
Vivir el Evangelio sirviendo a la persona y a la sociedad
36. Acogiendo y anunciando el Evangelio con la fuerza del Espíritu, la Iglesia se constituye en comunidad evangelizada y evangelizadora y, precisamente por esto, se hace sierva de los hombres. En ella los fieles laicos participan en la misión de servir a las personas y a la sociedad. (...). Desde esta perspectiva la Iglesia está llamada, a causa de su misma misión evangelizadora, a servir al hombre. Tal servicio se enraiza primariamente en el hecho prodigioso y sorprendente de que, «con la encarnación, el Hijo de Dios se ha unido en cierto modo a cada hombre». (...).
Volvamos a leer un texto -especialmente clarificador- de la Constitución [del Vaticano II] Gaudium et spes: «Ciertamente la Iglesia, persiguiendo su propio fin salvífico, no sólo comunica al hombre la vida divina, sino que, en cierto modo, también difunde el reflejo de su luz sobre el universo mundo, sobre todo por el hecho de que sana y eleva la dignidad humana, consolida la cohesión de la sociedad, y llena de más profundo sentido la actividad cotidiana de los hombres. Cree la Iglesia que de esta manera, por medio de sus hijos y por medio de su entera comunidad, puede ofrecer una gran ayuda para hacer más humana la familia de los hombres y su historia».
En esta contribución a la familia humana de la que es responsable la Iglesia entera, los fieles laicos ocupan un puesto concreto, a causa de su «índole secular», que les compromete, con modos propios e insustituibles, en la animación cristiana del orden temporal.
En Santoña, festejando con desbordada alegría la celebración en honor de La Bien Aparecida, Patrona de la diócesis de Santander y de la Comunidad Autónoma de Cantabria, a 15 de septiembre de 2008.
Este lunes presentamos el punto de la exhortación apostólica de Juan Pablo II, sobre la misión y vocación de los laicos en la vida pública, que habla sobre los carismas. Los subrayados son míos. Espero vuestros comentarios, y ¡viva la Virgen del Puerto, Patrona de Santoña y Siete Villas!
Los carismas
24. El Espíritu Santo no sólo confía diversos ministerios a la Iglesia-Comunión, sino que también la enriquece con otros dones e impulsos particulares, llamados carismas. Estos pueden asumir las más diversas formas, sea en cuanto expresiones de la absoluta libertad del Espíritu que los dona, sea como respuesta a las múltiples exigencias de la historia de la Iglesia. La descripción y clasificación que los textos neotestamentarios hacen de estos dones, es una muestra de su gran variedad: «A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para la utilidad común. Porque a uno le es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia por medio del mismo Espíritu; a otro, fe, en el mismo Espíritu; a otro, carisma de curaciones, en el único Espíritu; a otro, poder de milagros; a otro, el don de profecía; a otro, el don de discernir los espíritus; a otro, diversidad de lenguas; a otro, finalmente, el don de interpretarlas» (1Co 12, 7-10).
Sean extraordinarios, sean simples y sencillos, los carismas son siempre gracias del Espíritu Santo que tienen, directa o indirectamente, una utilidad eclesial, ya que están ordenados a la edificación de la Iglesia, al bien de los hombres y a las necesidades del mundo. Incluso en nuestros días, no falta el florecimiento de diversos carismas entre los fieles laicos, hombres y mujeres. Los carismas se conceden a la persona concreta; pero pueden ser participados también por otros y, de este modo, se continúan en el tiempo como viva y preciosa herencia, que genera una particular afinidad espiritual entre las personas. (...).
Los carismas han de ser acogidos con gratitud, tanto por parte de quien los recibe, como por parte de todos en la Iglesia. Son, en efecto, una singular riqueza de gracia para la vitalidad apostólica y para la santidad del entero Cuerpo de Cristo, con tal que sean dones que verdaderamente provengan del Espíritu, y sean ejercidos en plena conformidad con los auténticos impulsos del Espíritu. En este sentido siempre es necesario el discernimiento de los carismas. En realidad, (...), «la acción del Espíritu Santo, que sopla donde quiere, no siempre es fácil de reconocer y de acoger. Sabemos que Dios actúa en todos los fieles cristianos y somos conscientes de los beneficios que provienen de los carismas, tanto para los individuos como para toda la comunidad cristiana. Sin embargo, somos también conscientes de la potencia del pecado y de sus esfuerzos tendientes a turbar y confundir la vida de los fieles y de la comunidad».
En Santoña, celebrando con gozo y alegría las fiestas en honor a su Patrona, Santa María del Puerto, a 8 de septiembre de 2008.
El pasado viernes 29 de agosto estuvo en Barcelona Jerónimo José Martín, Presidente del Círculo de Escritores Cinematográficos, para impartir una conferencia organizada por la asociación Cinemanet. Al final de la misma, mientras conversaba con él me comunicó que el pasado 31 de julio falleció para mi tristeza mi admirado maestro don Pedro Antonio Urbina.
Esta noticia confieso que me conmocionó por unos momentos, dejándome sin capacidad de reacción, porque tuve el privilegio de ser su secretario personal durante la temporada en la que viví en Madrid trabajando como profesor de ética y filosofía en el Colegio El Prado. No fueron muchos meses pero fueron los suficientes como para saber que trabajaba para un artista "de pura cepa", para un genio creador, para un espíritu auténticamente libre que vivía en todo instante como si pudiera contemplar la Belleza (con mayúsculas) alrededor suyo -de la que ahora seguro goza ya en el Cielo- y para ver en él a un maestro.
Estas líneas no pretender dar a conocer su ya reconocida y colosal talla intelectual, humana y espiritual, pero si no la conoces te invito a visitar su web o algunos de los artículos de Aceprensa o Filasiete, revistas digitales de las que era colaborador y que se hacen eco de su muerte. También puede consultarse el artículo del también escritor Fernando Alonso Barahona en el El semanal digital.
Se puede afirmar que "PAU" -como habitualmente gustaba firmar sus cartas y escritos- ha escrito de casi todo. Ha cultivado el ensayo, ha sido un sensible poeta, exhaustivo biógrafo, novelista y dramaturgo, vivió la "infancia espiritual" para escribir cuentos infantiles y guiones de programas de televisión para niños ("Dabadabadá", "Un globo, dos globos"), completo y culto traductor, editor de estudios literarios, sutil crítico del séptimo arte sobre el que gustaba organizar brillantes cineforums en su estudio de la calle Serrano, etc. Un amante del Arte en todas sus expresiones.
Tan solo quiero hacer memoria del magisterio -aunque breve- que me transmitió, arraigando en mí el valiosísimo ejemplo de la ilusión por crear nuevos y sugerentes escritos que estimulasen la imaginación del lector, por disfrutar cada día de las pequeñas cosas que nos rodean y por sacarle jugo crítico y lúdico a la realidad en la que vivimos. Así era don Pedro Antonio. Siempre sonriendo y viendo el lado positivo de las cosas. Nunca había un gran problema sino una solución dispuesta a ser descubierta. Siempre jugando con las palabras, creando siempre alguna nueva llena de vistosa y alegre sonoridad. Sus cualidades fueron admirables pero en honor a la Verdad debo decir que todo ello fue fruto de su profunda y delicada sensibilidad, de su educada voluntad, de su cultivada inteligencia, y de su enorme capacidad de trabajo y estudio. Con él aprendí la sacrificada y la laboriosa vida del escritor, fuente inagotable de nuevas historias y bellas experiencias. A escribir se aprende escribiendo -muchas veces me decía, con Radio Clásica como fondo-, mas previamente hay que leer ¡y mucho! Y dejar que la imaginación y la razón hagan lo demás.. Con trabajo salen los escritos.. pero las historias, Alfredo, están ahí, en la realidad..
Durante los meses que estuve a su servicio hubo múltiples tareas (relaciones sociales, cartas, concursos literarios, web, etc.), pero principalmente colaboré con él en sacar a delante una adaptación de la Bibliapara niños que finalmente publicó "Palabra". Fueron meses intensos de revisiones, de reescrituras (pues cada vez que hablábamos con la editorial ¡sorprendentemente pedían reducir el número de páginas!), de búsqueda de dibujantes que reflejasen adecuadamente las escenas bíblicas, etc. Fue mucho trabajo, pero la familiarización con la Historia Sagrada fue el alicente que movió a don Pedro Antonio a concluir esta importante labor de adaptación de las escenas bíblicas para los niños.
Su valía como pensador fue reconocida en el prólogo que el gran filósofo gaditano, maestro de maestros, Antonio Millán-Puelles realizó para su ensayo Filocalía o amor a la Belleza (Rialp. Madrid, 1988), en el que don Pedro Antonio nos invita a reflexionar sobre los fundamentos científicos de la tarea artística en perpétua búsqueda de la Belleza.
No quiero terminar sin hacer referencia a una cualidad de don Pedro Antonio quizá desconocida, pero que a mi me demostro. ¡"PAU" era profeta! En algunas de nuestras conversaciones me decía que algún día volvería a Cantabria, que allí una guapa montañesa me "guiñaría" el ojo y que me casaría con ella.. Yo siempre le decía que eso sería casi imposible o muy difícil de que se cumpliera porque llevaba bastantes años fuera de "la tierruca" y no tenía intenciones de volver al menos en unos cuantos años. Aún así cuando salió la edición de la Biblia para niños me lo volvió a recordar escribiéndomelo en una tarjeta dedicada. Y, ¡caray con "PAU"! Porque se cumplió su vaticinio. Por caprichos de la Providencia Divina marché a trabajar a Santander... y sí, allí conocí a la que hoy es mi esposa. ¿Cómo supo que iba a ser "una guapa montañesuca"? Aún no lo he descubierto, pero siempre creí que tuvo un "don" para ver lo que otros no vemos.
¡Hola! Este lunes presentamos otros dos puntos de la Christifideles laici de Juan Pablo II, que, como ya a estas alturas sabes, trata sobre la vocación y misión de los laicos en la vida pública. En esta ocasión se va a tratar el tema de los carismas, los dones y los talentos, siempre necesarios para ponerlos en juego en la vida pública.
Los ministerios y los carismas, dones del Espíritu a la Iglesia
21. El Concilio Vaticano II presenta los ministerios y los carismas como dones del Espíritu Santo para la edificación del Cuerpo de Cristo y para el cumplimiento de su misión salvadora en el mundo. La Iglesia, en efecto, es dirigida y guiada por el Espíritu, que generosamente distribuye diversos dones jerárquicos y carismáticos entre todos los bautizados, llamándolos a ser -cada uno a su modo- activos y corresponsables.
Los ministerios presentes y operantes en la Iglesia, si bien con modalidades diversas, son todos una participación en el ministerio de Jesucristo, el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas, el siervo humilde y totalmente sacrificado por la salvación de todos. Pablo es completamente claro al hablar de la constitución ministerial de las Iglesias apostólicas. (...)«A algunos Dios los ha puesto en la Iglesia, en primer lugar como apóstoles, en segundo lugar como profetas, en tercer lugar como maestros (...)» (1Co 12, 28). (...) «A cada uno de nosotros nos ha sido dada la gracia según la medida del don de Cristo (...). Es él quien, por una parte, ha dado a los apóstoles, por otra, a los profetas, los evangelistas, los pastores y los maestros, para hacer idóneos los hermanos para la realización del ministerio, con el fin de edificar el cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, según la medida que corresponde a la plena madurez de Cristo» (Ef 4, 7.11-13).
Ministerios, oficios y funciones de los laicos
23. La misión salvífica de la Iglesia en el mundoes llevada a cabo no sólo por los ministros en virtud del sacramento del Orden, sino también por todos los fieles laicos. En efecto, (...), participan en el oficio sacerdotal, profético y real de Jesucristo, cada uno en su propia medida. Los pastores, por tanto, han de reconocer y promover los ministerios, oficios y funciones de los fieles laicos, que tienen su fundamento sacramental en el Bautismo y en la Confirmación, y para muchos de ellos, además en el Matrimonio. (...). El Código de Derecho Canónico escribe: «Donde lo aconseje la necesidad de la Iglesia y no haya ministros, pueden también los laicos, aunque no sean lectores ni acólitos, suplirles en algunas de sus funciones, es decir, ejercitar el ministerio de la palabra, presidir oraciones litúrgicas, administrar el bautismo y dar la sagrada Comunión, según las prescripciones del derecho». Sin embargo, el ejercicio de estas tareas no hace del fiel laico un pastor. En realidad, no es la tarea lo que constituye el ministerio, sino la ordenación sacramental. (...).
Como consecuencia de la renovación litúrgica promovida por el Concilio, los mismos fieles laicos han tomado una más viva conciencia de las tareas que les corresponden en la asamblea litúrgica y en su preparación, y se han manifestado ampliamente dispuestos a desempeñarlas. En efecto, la celebración litúrgica es una acción sacra no sólo del clero, sino de toda la asamblea. (...). Es necesario pues, en primer lugar, que los pastores, al reconocer y al conferir a los fieles laicos los varios ministerios, oficios y funciones, pongan el máximo cuidado en instruirles acerca de la raíz bautismal de estas tareas. (...).
(...), la exhortación Evangelii nuntiandi (8/XII/1975),(...), recuerda que «el campo propio de su actividad evangelizadora es el dilatado y complejo mundo de la política, de la realidad social, de la economía; así como también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los órganos de comunicación social; y también de otras realidades particularmente abiertas a la evangelización, como el amor, la familia, la educación de los niños y de los adolescentes, el trabajo profesional, el sufrimiento. Cuantos más laicos haya compenetrados con el espíritu evangélico, responsables de estas realidades y explícitamente comprometidos en ellas, competentes en su promoción y conscientes de tener que desarrollar toda su capacidad cristiana, a menudo ocultada y sofocada, tanto más se encontrarán estas realidades al servicio del Reino de Dios -y por tanto de la salvación en Jesucristo-, sin perder ni sacrificar nada de su coeficiente humano, sino manifestando una dimensión trascendente a menudo desconocida». (...).
Ya estamos en el último lunes de agosto. Hoy presentamos dos puntos, a mi juicio importantes de esta exhortación apostólica Christifideles laici de Juan Pablo II sobre la misión y vocación de los laicos en la vida pública, que tratan sobre la mejora y perfección personal individual para luego ofrecerla en servicio a los que le rodean. Esto se traduce en afirmar que toda persona con vocación a la vida pública ha de buscar su propia santidad. ¡Espero tus comentarios!
Llamados a la santidad
16. La dignidad de los fieles laicos se nos revela en plenitud cuando consideramos esa primera y fundamental vocación, que el Padre dirige a todos ellos en Jesucristo por medio del Espíritu: la vocación a la santidad, o sea a la perfección de la caridad. El santo es el testimonio más espléndido de la dignidad conferida al discípulo de Cristo.
El Concilio Vaticano II ha pronunciado palabras altamente luminosas sobre la vocación universal a la santidad. (...). Esta consigna no es una simple exhortación moral, sino una insuprimible exigencia del misterio de la Iglesia. (...). El Espíritu que santificó la naturaleza humana de Jesús en el seno virginal de María, es el mismo Espíritu que vive y obra en la Iglesia, con el fin de comunicarle la santidad del Hijo de Dios hecho hombre.
Es urgente, hoy más que nunca, que todos los cristianos vuelvan a emprender el camino de la renovación evangélica, acogiendo generosamente la invitación del apóstol a ser «santos en toda la conducta» (1P 1, 15). (...). Los santos y las santas han sido siempre fuente y origen de renovación en las circunstancias más difíciles de toda la historia de la Iglesia. Hoy tenemos una gran necesidad de santos, que hemos de implorar asiduamente a Dios. (...).
Santificarse en el mundo
17. La vocación de los fieles laicos a la santidad implica que la vida según el Espíritu se exprese particularmente en suinserción en las realidades temporalesy en suparticipación en las actividades terrenas. De nuevo el apóstol nos amonesta diciendo: «Todo cuanto hagáis, de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por su medio a Dios Padre» (Col 3, 17). Refiriendo estas palabras del apóstol a los fieles laicos, el Concilio afirma categóricamente: «Ni la atención de la familia, ni los otros deberes seculares deben ser algo ajeno a la orientación espiritual de la vida». A su vez los Padres sinodales han dicho: «La unidad de vida de los fieles laicos tiene una gran importancia. Ellos, en efecto, deben santificarse en la vida profesional y social ordinaria. Por tanto, para que puedan responder a su vocación, los fieles laicos deben considerar las actividades de la vida cotidiana como ocasión de unión con Dios y de cumplimiento de su voluntad, así como también de servicio a los demás hombres, llevándoles a la comunión con Dios en Cristo».
Los fieles laicos han de considerar la vocación a la santidad, antes que como una obligación exigente e irrenunciable, como un signo luminoso del infinito amor del Padre que les ha regenerado a su vida de santidad. (...). En efecto, la misma santidad vivida, que deriva de la participación en la vida de santidad de la Iglesia, representa ya la aportación primera y fundamental a la edificación de la misma Iglesia en cuanto «Comunión de los Santos». (...).
Además se ha de decir que la santidad es un presupuesto fundamental y una condición insustituible para realizar la misión salvífica de la Iglesia. La santidad de la Iglesia es el secreto manantial y la medida infalible de su laboriosidad apostólica y de su ímpetu misionero. (...).
Al final de estas reflexiones, dirigidas a definir la condición eclesial del fiel laico, retorna a la mente la célebre exhortación de san León Magno: «Agnosce, o Christiane, dignitatem tuam». Es la misma admonición que san Máximo, obispo de Turín, dirigió a quienes habían recibido la unción del santo Bautismo: «¡Considerad el honor que se os hace en este misterio!». Todos los bautizados están invitados a escuchar de nuevo estas palabras de san Agustín: «¡Alegrémonos y demos gracias: hemos sido hechos no solamente cristianos, sino Cristo (...). Pasmaos y alegraos: hemos sido hechos Cristo!».
La dignidad cristiana, fuente de la igualdad (...), garantiza y promueve el espíritu de comunión y de fraternidad y, al mismo tiempo, se convierte en el secreto y la fuerza del dinamismo apostólico y misionero de los fieles laicos. Es una dignidad exigente; es la dignidad de los obreros llamados por el Señor a trabajar en su viña. (...).
Este lunes os presento un nuevo punto de la exhortación Christifideles laici, sobre la misión y vocación de los laicos en la vida pública de Juan Pablo II. ¡Espero vuestros comentarios!
Los fieles laicos y la índole secular 15. La novedad cristiana es el fundamento y el título de la igualdad de todos los bautizados en Cristo, de todos los miembros del Pueblo de Dios: «común es la dignidad de los miembros por su regeneración en Cristo, común la gracia de hijos, común la vocación a la perfección, una sola salvación, una sola esperanza e indivisa caridad». En razón de la común dignidad bautismal, el fiel laico es corresponsable, junto con los ministros ordenados y con los religiosos y las religiosas, de la misión de la Iglesia. (...).
Precisamente para poder captar completa, adecuada y específicamente la condición eclesial del fiel laico es necesario profundizar el alcance teológico del concepto de la índole secular a la luz del designio salvífico de Dios y del misterio de la Iglesia. Como decía Pablo VI, la Iglesia «tiene una auténtica dimensión secular, inherente a su íntima naturaleza y a su misión, que hunde su raíz en el misterio del Verbo Encarnado, y se realiza de formas diversas en todos sus miembros».
La Iglesia, en efecto, vive en el mundo, aunque no es del mundo (cfr. Jn 17, 16) y es enviada a continuar la obra redentora de Jesucristo; l(...). Ciertamente, todos los miembros de la Iglesia son partícipes de su dimensión secular; pero lo son de formas diversas. En particular, la participación de los fieles laicos tiene una modalidad propia de actuación (...). Tal modalidad se designa con la expresión «índole secular». Ellos son personas que viven la vida normal en el mundo, estudian, trabajan, entablan relaciones de amistad, sociales, profesionales, culturales, etc. (...).
De este modo, el «mundo» se convierte en el ámbito y el medio de la vocación cristiana de los fieles laicos, porque él mismo está destinado a dar gloria a Dios Padre en Cristo. (...). No han sido llamados a abandonar el lugar que ocupan en el mundo. El Bautismo no los quita del mundo, tal como lo señala el apóstol Pablo: «Hermanos, permanezca cada cual ante Dios en la condición en que se encontraba cuando fue llamado» (1Co 7, 24); sino que les confía una vocación que afecta precisamente a su situación intramundana. En efecto, los fieles laicos, «son llamados por Dios para contribuir, desde dentro a modo de fermento, a la santificación del mundo mediante el ejercicio de sus propias tareas, guiados por el espíritu evangélico, y así manifiestan a Cristo ante los demás, principalmente con el testimonio de su vida y con el fulgor de su fe, esperanza y caridad». De este modo, el ser y el actuar en el mundo son para los fieles laicos no sólo una realidad antropológica y sociológica, sino también, y específicamente, una realidad teológica y eclesial. (...).
Precisamente en esta perspectiva los Padres Sinodales han afirmado lo siguiente: «(...). El carácter secular debe ser entendido a la luz del acto creador y redentor de Dios, que ha confiado el mundo a los hombres y a las mujeres, para que participen en la obra de la creación, la liberen del influjo del pecado y se santifiquen en el matrimonio o en el celibato, en la familia, en la profesión y en las diversas actividades sociales».
Hace ya dos semanas la Universidad San Pablo CEU se trasladó por unos días a Santander, como ya adelantamos en este blog. El altísimo nivel intelectual reinante durante los cuatro días que duró el curso de verano nos impregnó de la ciencia que desprendieron todos los ponentes.
Quiero hoy rescatar para nuestra memoria las líneas principales de la ponencia del jueves 31 por la tarde, en la cual tuve el honor de presentar a uno de mis maestros: el filósofo madrileño don Rafael Alvira, Catedrático de Historia de la Filosofía de la Universidad de Navarra, Director del Instituto Empresa-Humanismo, Profesor Titular de Metafísica de la Universidad Complutense, Profesor Extraordinario en múltiples universidades americanas, autor de 13 libros y de más de 200 artículos de su especialidad, entre otros muchos méritos.
En la presentación hice referencia al artículo "El atentado contra el domingo" del filósofo alemán Robert Spaemann (Límites. Acerca de la dimensión ética del actuar. EIUNSA, Madrid, 2003, 264ss) en el que se reflexiona como hace unos años el Parlamento Alemán tuvo la pretensión de suprimir de su Ley Fundamental -es decir, suConstitución- el domingo como día de fiesta y de descanso, de manera que cada trabajador eligiese el día de la semana que quisiera para descansar.La propuesta presentaba falazmente que un día de fiesta colectivo iba en detrimento de los nuevos métodos de producción industrial y del creciente consumo (lo cual es falso técnica y científicamente).En este "atentado contra el domingo" -como lo llama Spaemann- se percibe la tendencia de una cultura absolutizada a disponer de todo en función de su propio gusto, "condenada" a contemplarse a sí misma cayendo en el subjetivismo y en las redes del relativismo moral. Así, el filósofo alemán, denunció que este proyecto de reforma de Ley Fundamental reduce el domingo como pausa o interrupción del trabajo, y no en su sentido originario de descanso contemplativo y de celebración.
Sirvan estas palabras para introducirnos en algunas de las ideas de la conferencia Culto y cultura. Sobre una sociedad con presencia de Dios que nos impartió brillantemente, una vez más, don Rafael Alvira:
- La palabra "moderno" procede del latín modernus: reciente, actual (término que procede a su vez de modus: modo, medida) y su connotación significa un estilo de hacer las cosas actualmente, es decir, ser moderno es vivir el ahora conforme a unas formas y unas maneras concretas, por lo que siempre han existido, existen y existirán modernos. El filósofo J. Pieper afirmaba que ser moderno es ser un vanguardista. Ser moderno es diferente que ser contemporáneo (que significa ser alguien de su tiempo, de su época, lo cual no quiere decir que viva igual). Ser moderado (que también procede de "modernus") significa hacer lo que uno debe en cada momento, y no el 50% bien y el otro 50% mal. Tampoco hay que olvidar que moda también deriva de la misma raíz etimológica que "moderno", por eso estar a la moda es actuar de acuerdo con un estilo actual de vivir. - No hay Cultura sin Culto. No hay Culto sin Ocio. No hay Ocio sin Fiesta. Y, no hay Fiesta sin Sacrificio. [Por tanto, no hay Cultura sin Sacrificio]. [Alvira cita textos del último libro sobre Dios de R. Spaemann: Rumor inmortal]. - El Cristianismo vive conforme a la "moda", porque siempre ha creado un estilo propio de hacer las cosas. El Cristianismo es "moderado" porque hace lo que debe. Pero, parece que al Cristianismo le "cuesta", paradójicamente", ser "moderno". [Esto es imposible, de acuerdo con la argumentación anterior]. La Iglesia es moderna en tanto que presenta coherentemente a Cristo contra los criterios del mundo. - ElOcio es actividad del espíritu. Sentimos aburrimiento y tedio porque nuestro espíritu no está activo y porque no tiene un Ocio verdadero.
- La Cultura es la auténtica esfera de acción del Ocio. La verdadera Cultura vive desde el Ocio. No se puede ser culto sin tener ocio. [Nuestro espíritu no se desarrollará si no lo activamos con instructivas prácticas culturales].
- La Cruz es el único culto externo verdadero (Raztinger: La fiesta de la fe. Desclée De Brouwer, 2007). Y el culto está relacionado con la Litúrgia. - Pensemos esta regla de tres: El Culto es al tiempo, como el templo al espacio (J. Pieper). El culto es la acción que va más allá de la instrumentalidad (la utilidad buscada en el mundo). El templo es el espacio separado del mundo que busca sólo las cosas útiles para vivir.
- El que descubre el verdadero sentido del Culto, descubre lo que está más allá de lo meramente instrumental; por lo que ha sido capaz de transcender sobre el mundo y situarse por encima de él.
- Sacrificio significa regalo libre, y no aprovechamiento para un interés propio. Hacer Culto es renunciar a algo que no va en mi propio beneficio. Pensemos en esta paradoja: la amistad y el amor son las únicas "cosas" que se "tienen" precisamente cuando renunciamos a poseerlas.
- No hay Culto sin Sacrificio. No puede haber alegría verdadera en un mundo que sea sólo instrumental, que busque únicamente su propio beneficio. La alegría verdadera supone estár fuera de sí, lo cual supone no pensar en uno mismo sino en el otro, en el que te rodea. En ese momento habrá motivo de alegría y por tanto de fiesta. La fiesta no es un producto humano, sino que es un regalo (para el Cristianismo, y también para Nietzsche).
- El trabajo me fastidia pero es menos aburrido que el placer (Baudelaire). Cuando el placer está desconectado de la verdadera alegría al final acaba aburriendonos y conduciéndonos al tedio.
- No hay fiesta que no viva del Culto: no hay Culto sin Dios. El Culto no sólo es de palabra (intelectual), también hace referencia al cuerpo (lo anímico, a la voluntad).Kant consideró que el Culto es racional, mas afirmar esto es desconocer la naturaleza humana. La Revolución Francesa propuso como único y verdadero Culto a la Razón Pura. Tras ella el concepto de "Culto" da un giro totalmente intelectual (olvidando su significado relacionado con la voluntad y con los sentimientos), llegando a pensar que no hay que educarlo. Los ateos de aquella época fueron más religiosos que los creyentes actuales porque ellos tubieron conciencia del valor del Culto.
- Hay falta de Educación porque hay falta de práctica de Culto, la cual procede de una ausencia de Sacrificio. Actualmente habrá mayor erudición pero menos cultura. En un mundo instrumentalizado no hay cabida para un Culto a Dios (Louis de Bonald).
Este lunes presentamos otro punto de la exhortación apostólica de Juan Pablo II sobre la misión y vocación de los laicos en la vida pública, Christifideles laici. Espero vuestros comentarios.
Partícipes del oficio sacerdotal, profético y real de Jesucristo
14. Dirigiéndose a los bautizados como a «niños recién nacidos», el apóstol Pedro escribe: «Acercándonos a Él, piedra viva, desechada por los hombres, pero elegida y preciosa ante Dios, también vosotros, cual piedras vivas, sois utilizados en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo (...). Pero vosotros sois el linaje elegido, el sacerdocio real, la nación santa, el pueblo que Dios se ha adquirido para que proclame los prodigios de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz (...)» (1P 2, 4-5. 9).
He aquí un nuevo aspecto de la gracia y de la dignidad bautismal: los fieles laicos participan, según el modo que les es propio, en el triple oficio —sacerdotal, profético y real— de Jesucristo. Es este un aspecto que nunca ha sido olvidado por la tradición viva de la Iglesia, como se desprende, por ejemplo, de la explicación que nos ofrece san Agustín del Salmo 26. Escribe así: «David fué ungido rey. En aquel tiempo, se ungía sólo al rey y al sacerdote. En estas dos personas se encontraba prefigurado el futuro único rey y sacerdote, Cristo (y por esto "Cristo" viene de "crisma"). Pero no sólo ha sido ungida nuestra Cabeza, sino que también hemos sido ungidos nosotros, su Cuerpo (...). Por ello, la unción es propia de todos los cristianos; mientras que en el tiempo del Antiguo Testamento pertenecía sólo a dos personas. Está claro que somos el Cuerpo de Cristo, ya que todos hemos sido ungidos, y en Él somos cristos y Cristo, porque en cierta manera la cabeza y el cuerpo forman el Cristo en su integridad». (...).
El Concilio Vaticano II nos ha recordado el misterio de esta potestad y el hecho de que la misión de Cristo —Sacerdote, Profeta-Maestro, Rey— continúa en la Iglesia. Todos, todo el Pueblo de Dios es partícipe de esta triple misión. Con la presente Exhortación deseo invitar nuevamente a todos los fieles laicos a releer, a meditar y a asimilar, con inteligencia y con amor, el rico y fecundo magisterio del Concilio sobre su participación en el triple oficio de Cristo. He aquí entonces, sintéticamente, los elementos esenciales de estas enseñanzas.
Los fieles laicos participan en el oficio sacerdotal, por el que Jesús se ha ofrecido a sí mismo en la Cruz y se ofrece continuamente en la celebración eucarística por la salvación de la humanidad para gloria del Padre. (...). Dice el Concilio hablando de los fieles laicos: «Todas sus obras, sus oraciones e iniciativas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el trabajo cotidiano, el descanso espiritual y corporal, si son hechos en el Espíritu, e incluso las mismas pruebas de la vida si se sobrellevan pacientemente, se convierten en sacrificios espirituales aceptables a Dios por Jesucristo, que en la celebración de la Eucaristía se ofrecen piadosísimamente al Padre junto con la oblación del Cuerpo del Señor. De este modo también los laicos, como adoradores que en todo lugar actúan santamente, consagran a Dios el mundo mismo».
La participación en el oficio proféticode Cristo, «que proclamó el Reino del Padre con el testimonio de la vida y con el poder de la palabra», habilita y compromete a los fieles laicos a acoger con fe el Evangelio y a anunciarlo con la palabra y con las obras, sin vacilar en denunciar el mal con valentía. Unidos a Cristo, el «gran Profeta» (Lc 7, 16), y constituidos en el Espíritu «testigos» de Cristo Resucitado, los fieles laicos son hechos partícipes tanto del sobrenatural sentido de fe de la Iglesia, que «no puede equivocarse cuando cree», cuanto de la gracia de la palabra. Son igualmente llamados a hacer que resplandezca la novedad y la fuerza del Evangelio en su vida cotidiana, familiar y social, como a expresar, con paciencia y valentía, en medio de las contradicciones de la época presente, su esperanza en la gloria «también a través de las estructuras de la vida secular».
Por su pertenencia a Cristo, Señor y Rey del universo, los fieles laicos participan en su oficio realy son llamados por Él para servir al Reino de Dios y difundirlo en la historia. Viven la realeza cristiana, antes que nada, mediante la lucha espiritual para vencer en sí mismos el reino del pecado; y después en la propia entrega para servir, en la justicia y en la caridad, al mismo Jesús presente en todos sus hermanos, especialmente en los más pequeños.
Pero los fieles laicos están llamados de modo particular para dar de nuevo a la entera creación todo su valor originario. Cuando mediante una actividad sostenida por la vida de la gracia, ordenan lo creado al verdadero bien del hombre, participan en el ejercicio de aquel poder, con el que Jesucristo Resucitado atrae a sí todas las cosas y las somete, junto consigo mismo, al Padre, de manera que Dios sea todo en todos (cfr. Jn 12, 32; 1Co 15, 28). (...). Escribía san Agustín: «Así como llamamos a todos cristianos en virtud del místico crisma, así también llamamos a todos sacerdotes porque son miembros del único sacerdote».
Hola. Este lunes presentamos uno de los puntos esenciales para entender el mensaje y el contexto de la exhortación apostólica Christifideles laici de Juan Pablo II, sobre la misión y vocación de los laicos en la vida pública. Hoy se nos presenta:
Quiénes son los fieles laicos
9. Los Padres sinodales han señalado con justa razón la necesidad de individuar y de proponer una descripción positiva de la vocación y de la misión de los fieles laicos, profundizando en el estudio de la doctrina (...).
Al dar una respuesta al interrogante «quiénes son los fieles laicos», el Concilio, superando interpretaciones precedentes y prevalentemente negativas, se abrió a una visión decididamente positiva, y ha manifestado su intención fundamental al afirmar la plena pertenencia de los fieles laicos a la Iglesia y a su misterio, y el carácter peculiar de su vocación, que tiene en modo especial la finalidad de «buscar el Reino de Dios tratando las realidades temporales y ordenándolas según Dios». «Con el nombre de laicos —así los describe la Constitución Lumen gentium— se designan aquí todos los fieles cristianos a excepción de los miembros del orden sagrado y los del estado religioso sancionado por la Iglesia; es decir, los fieles que, en cuanto incorporados a Cristo por el Bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes a su modo del oficio sacerdotal, profético y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos les corresponde».
Ya Pío XII decía: «Los fieles, y más precisamente los laicos, se encuentran en la línea más avanzada de la vida de la Iglesia; por ellos la Iglesia es el principio vital de la sociedad humana. Por tanto ellos, ellos especialmente, deben tener conciencia, cada vez más clara, no sólo de pertenecer a la Iglesia, sino de ser la Iglesia; es decir, la comunidad de los fieles sobre la tierra bajo la guía del Jefe común, el Papa, y de los Obispos en comunión con él. Ellos son la Iglesia(...)».
Según la imagen bíblica de la viña, los fieles laicos —al igual que todos los miembros de la Iglesia— son sarmientos radicados en Cristo, la verdadera vid, convertidos por Él en una realidad viva y vivificante. Es la inserción en Cristo por medio de la fe y de los sacramentos de la iniciación cristiana, la raíz primera que origina la nueva condición del cristiano en el misterio de la Iglesia, la que constituye su más profunda «fisonomía», la que está en la base de todas las vocaciones y del dinamismo de la vida cristiana de los fieles laicos. En Cristo Jesús, muerto y resucitado, el bautizado llega a ser una «nueva creación» (Ga 6, 15; 2 Co 5, 17), una creación purificada del pecado y vivificada por la gracia. De este modo, sólo captando la misteriosa riqueza que Dios dona al cristiano en el santo Bautismo es posible delinear la «figura» del fiel laico.