Hoy, quiero rescatar para nuestra memoria y para nuestro deleite el primero de los programas que César Vidal preparó para abordar este tema. ¡Qué lo disfrutes!
El segundo, el próximo jueves.
En Barcelona, a 23 de octubre de 2008.
La caridad, alma y apoyo de la solidaridad
41. El servicio a la sociedad se manifiesta y se realiza de modos diversos: desde los libres e informales hasta los institucionales, desde la ayuda ofrecida al individuo a la dirigida a grupos diversos y comunidades de personas.
(...). La caridad con el prójimo, en las formas antiguas y siempre nuevas de las obras de misericordia corporal y espiritual, representa el contenido más inmediato, común y habitual de aquella animación cristiana del orden temporal, que constituye el compromiso específico de los fieles laicos.
Con la caridad hacia el prójimo, los fieles laicos viven y manifiestan su participación en la realeza de Jesucristo, esto es, en el poder del Hijo del hombre que «no ha venido a ser servido, sino a servir» (Mc 10, 45). Ellos viven y manifiestan tal realeza del modo más simple, posible a todos y siempre, y a la vez del modo más engrandecedor, porque la caridad es el más alto don que el Espíritu ofrece para la edificación de
Tal caridad, ejercitada no sólo por las personas en singular sino también solidariamente por los grupos y comunidades, es y será siempre necesaria. (...).
El voluntariado, si se vive en su verdad de servicio desinteresado al bien de las personas, especialmente de las más necesitadas y las más olvidadas por los mismos servicios sociales, debe considerarse una importante manifestación de apostolado, en el que los fieles laicos, hombres y mujeres, desempeñan un papel de primera importancia.
La familia, primer campo en el compromiso social
40. La persona humana tiene una nativa y estructural dimensión social en cuanto que es llamada, desde lo más íntimo de sí, a la comunión con los demás y a la entrega a los demás (...). Y así, la sociedad, fruto y señal de la sociabilidad del hombre, revela su plena verdad en el ser una comunidad de personas.
Se da así una interdependencia y reciprocidad entre las personas y la sociedad: todo lo que se realiza en favor de la persona es también un servicio prestado a la sociedad, y todo lo que se realiza en favor de la sociedad acaba siendo en beneficio de la persona. Por eso, el trabajo apostólico de los fieles laicos en el orden temporal reviste siempre e inseparablemente el significado del servicio al individuo en su unicidad e irrepetibilidad, y del servicio a todos los hombres.
Ahora bien, la expresión primera y originaria de la dimensión social de la persona es el matrimonio y la familia: (...) y esta sociedad de hombre y mujer es la expresión primera de la comunión entre personas humanas. Jesús se ha preocupado de restituir al matrimonio su entera dignidad y a la familia su solidez (cf.r Mt 19, 3-9); y san Pablo ha mostrado la profunda relación del matrimonio con el misterio de Cristo y de
El matrimonio y la familia constituyen el primer campo para el compromiso social de los fieles laicos. (...).
La familia es la célula fundamental de la sociedad, cuna de la vida y del amor en la que el hombre «nace» y «crece». Se ha de reservar a esta comunidad una solicitud privilegiada, sobre todo cada vez que el egoísmo humano, las campañas antinatalistas, las políticas totalitarias, y también las situaciones de pobreza y de miseria física, cultural y moral, además de la mentalidad hedonista y consumista, hacen cegar las fuentes de la vida, mientras las ideologías y los diversos sistemas, junto a formas de desinterés y desamor, atentan contra la función educativa propia de la familia.
Urge, por tanto, una labor amplia, profunda y sistemática, sostenida no sólo por la cultura sino también por medios económicos e instrumentos legislativos, dirigida a asegurar a la familia su papel de lugar primario de «humanización» de la persona y de la sociedad.
El compromiso apostólico de los fieles laicos con la familia es ante todo el de convencer a la misma familia de su identidad de primer núcleo social de base y de su original papel en la sociedad, para que se convierta cada vez más en protagonista activa y responsable del propio crecimiento y de la propia participación en la vida social. De este modo, la familia podrá y deberá exigir a todos -comenzando por las autoridades públicas- el respeto a los derechos que, salvando la familia, salvan la misma sociedad.
Todo lo que está escrito en
Como demuestra la experiencia, la civilización y la cohesión de los pueblos depende sobre todo de la calidad humana de sus familias. Por eso, el compromiso apostólico orientado en favor de la familia adquiere un incomparable valor social. Por su parte,
En Barcelona, a 13 de octubre de 2008.
Hoy, como todos los lunes, presentamos un texto que estimule la reflexión sobre cuestiones relacionadas con la Vida Pública. Últimamente estamos rescatando fragmentos de la Christifideles Laici de Juan Pablo II, que trata sobre la misión y vocación de los laicos en el mundo. He escogido un punto relacionado con el derecho que nuestra Constitución garantiza en su artículo 16 de libertad religiosa, y que recientemente el Gobierno de nuestro país ha manifestado que pretende reformar su regulación. Me pregunto, ¿habrá auténtica libertad religiosa si hay una Ley que regula cómo deben ser las manifestaciones religiosas? Los subrayados son míos. ¡Espero vuestros comentarios!
Libres para invocar el Nombre del Señor
39. El respeto de la dignidad personal, que comporta la defensa y promoción de los derechos humanos, exige el reconocimiento de la dimensión religiosa del hombre. No es ésta una exigencia simplemente «confesional», sino más bien una exigencia que encuentra su raíz inextirpable en la realidad misma del hombre. En efecto, la relación con Dios es elemento constitutivo del mismo «ser» y «existir» del hombre: es en Dios donde nosotros «vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17, 28). Si no todos creen en esa verdad, los que están convencidos de ella tienen el derecho a ser respetados en la fe y en la elección de vida, individual o comunitaria, que de ella derivan. Esto es el derecho a la libertad de conciencia y a la libertad religiosa, cuyo reconocimiento efectivo está entre los bienes más altos y los deberes más graves de todo pueblo que verdaderamente quiera asegurar el bien de la persona y de la sociedad. (...).
Todo lo que hemos dicho hasta ahora sobre el respeto a la dignidad personal y sobre el reconocimiento de los derechos humanos afecta sin duda a la responsabilidad de cada cristiano, de cada hombre. Pero inmediatamente hemos de hacer notar cómo este problema reviste hoy una dimensión mundial. En efecto, es una cuestión que ahora atañe a enteros grupos humanos; más aún, a pueblos enteros que son violentamente vilipendiados en sus derechos fundamentales. De aquí la existencia de esas formas de desigualdad de desarrollo entre los diversos Mundos, que han sido abiertamente denunciados en la reciente Encíclica Sollicitudo rei socialis [de Juan Pablo II (30/XII/1987)].
El respeto a la persona humana va más allá de la exigencia de una moral individual y se coloca como criterio base, como pilar fundamental para la estructuración de la misma sociedad, estando la sociedad enteramente dirigida hacia la persona.
Así, íntimamente unida a la responsabilidad de servir a la persona, está la responsabilidad de servir a la sociedad como responsabilidad general de aquella animación cristiana del orden temporal, a la que son llamados los fieles laicos según sus propias y específicas modalidades.
En Barcelona, a 6 de octubre de 2008.
Acción por la Democracia es una iniciativa surgida de la sociedad civil de naturaleza plural, e independiente de toda organización. Las personas que se reunen en ella lo hacen con una única finalidad: trabajar para modificar la ley electoral de Cataluña, con el fin de conseguir una nueva legislación que garantice la elección directa del diputado en el marco de la proporcionalidad a la que obliga la Constitución Española, y a su vez que establece una serie de obligaciones del elegido, diputado o regidor, en relación a los electores, dirigidos a conseguir una vinculación a lo largo de los cuatro años, información y posibilidad de hacer llegar la voz de sus electores al candidato elegido. En definitiva consideramos un imperativo categórico el traspaso del peso actual a las direcciones de los partidos en la elección de los diputados a los ciudadanos, como una condición necesaria para mejorar la calidad de nuestra democracia. Acción por la Democracia limita su actuación a este único objetivo en términos que establece el Manifiesto (véase la sección Manifiesto en las pestañas superiores) y os emplaza a participar activamente en este cambio, tanto a través de los actos y las reuniones de trabajo como de la página web.Esta propuesta cívica es ciertamente muy interesante y digna de consideración. Si lo pensamos bien, esta plataforma sale al quite ante una sociedad catalana que se caracteriza actualmente por su baja participación electoral y su alta abstención a la hora de ir a elegir a sus representantes. Acció per la Democràcia, con gran dosis de pedagogía, quiere estimular a la sociedad (concretamente a la catalana, aunque tiene vocación de abarcar a la nacional) a involucrarse en la vida política. Quiere hacer ver la importancia que tiene para cada uno de los ciudadanos el participar democráticamente en los comicios y en todo lo que le rodea.
Hoy quiero presentarte, querido lector, el interesante libro de Francisco Canals Vidal Mundo histórico y Reino de Dios (Scire. Barcelona, 2005). En esta obra se reunen unas conferencias que el filósofo barcelonés impartió en la Fundación Balmesiana de Barcelona en 1993, y que se incluyen dentro del ámbito de la Teología de la Historia, como él mismo afirma en la Introducción.El exhaustivo análisis filosófico de estas cuestiones y la magistral profundidad que alcanzan sus reflexiones exigen leer detenidamente sus páginas para "gustar" plenamente de sus brillantes enseñanzas que, una vez más, nos ofrece don Francisco, que es doctor en Filosofía, Derecho y Teología, catedrático de Metafísica de la Universidad de Barcelona y miembro destacado de la Escuela Tomista de Barcelona, de la Pontificia Academia de Santo Tomás y de la Sociedad Internacional Tomás de Aquino (S.I.T.A.). Quiero en estas líneas rescatar algunas de las ideas de su Introducción y de su primer artículo, dedicado a san Agustín.
Hegel habla con frecuencia sobre el “Reino de Dios” pero tras su filosofía no se encuentra la providencia de un Dios transcendente ni personal ni creador de la realidad. ¡Hay que estar ojo avizor! Porque su filosofía sigue viva en filosofías actuales de la cultura, del lenguaje, de la historia y de la teología que ejercen una sutil pero constante influencia en nuestros modelos de vida. Un “truco” para detectarlas: generalmente hablan del “Reino de Dios” o de “lo divino” como algo que humanamente evoluciona y que el hombre por sí mismo conquista gracias a su madurez intelectual hasta alcanzar la “plena conciencia de lo divino”. (cfr. p. 20).
La relación entre “Mundo histórico y Reino de Dios” debe ser abordada prioritariamente desde
Cuando el obispo de Hipona -enseña Canals- "dice "los rectores del mundo" no atribuye el gobierno del mundo a los demonios, no. Dice "del mundo de estas tinieblas", significando el mundo de los que aman al mundo, el mundo de los que no aman y de los inicuos, el mundo que no conoció a Cristo, el mundo que odia a los discípulos del Señor. "Os doy la paz que el mundo no puede dar" (Jn 14, 27), dice el Señor. Este mundo es el que es regido por estas tinieblas. Y en este sentido, el Príncipe de este mundo es Satanás, y los demonios son los rectores de este mundo". (p. 26).
En el artículo Mundo histórico y Reino de Dios en san Agustín (pp. 29-42) se nos presenta un texto de Civitas Dei, clave de bóveda sobre la que se apoya la doctrina agustiniana sobre esta cuestión: "Dos amores fundaron dos ciudades, a saber: la ciudad terrena el amor de sí hasta el desprecio de Dios, y la ciudad celeste el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo" (XIV, 28).
Nos podemos preguntar con Canals, "si el mundo es obra de Dios, todo se ha hecho por el Verbo (Jesucristo), y el Verbo estaba en el mundo, ¿por qué los amadores del mundo integran aquella ciudad terrena cuyo fin es el infierno eterno, (...)?". (p. 30). Ante esta cuestión muchos han catalogado erróneamente a san Agustín como pesimista antropológico.
La "ciudad terrena" también es llamada "ciudad de los hombres", "ciudad impía" y "pueblo de los infieles", y está edificada sobre el amor al hombre que llega a despreciar a Dios. [Es la ciudad que posee como único fundamento al hombre mismo, que no tiene otro estilo de vida que el relativismo moral, que ya Protágoras y Gorgias enseñaban en la Antigua Grecia]. El hombre que vive "según la carne", y que no se convierta antes en hijo de Dios y ciudadano, por tanto, de la ciudad celeste y eterna, pertenece a la ciudad terrena cuyo fin, reitera el filósofo cartaginés, es el infieno. Mas, siempre hay esperanza. Nadie puede pertenecer a la ciudad celeste si no ha pertenecido previamente a la ciudad terrena. Por lo que siempre cabe la posibilidad del don de la conversión del hombre en ciudadano del cielo. (cfr. p. 31).
San Agustín recuerda que la ciudad eterna existe en este mundo como consecuencia del amor de Dios para con los hombres, que mueve su Sagrado Corazón a tener misericordia de nosotros. Por lo que nadie puede atribuirse la ciudadanía de la ciudad eterna ni excluir a otros hombres de la misma. Cometeríamos una falta de orgullo al juzgar si un hombre pertenece o no a la ciudad terrena o celeste, lo cual supondría que disponemos de la capacidad de examinar al hombre y sus actos, facultad sólo reservada al Creador, único y verdadero Juez; por lo que, si llegásemos a cometer esta tentación de creernos mejores que los demás, perderíamos la humildad característica de los ciudadanos del cielo, si es que la hubiéramos alcanzado. (cfr. pp. 32-33).
"¿Qué es la ciudad terrena que termina en el infierno? Aquella sociedad de los hombres que no quieren aceptar que necesitan Mediador o que no quieren reconocer que necesitan ir más allá de donde pueden llegar con sus esfuerzos humanos. Si el hombre valora como autosuficiente, plena y última, su propia naturaleza humana, hasta el punto de perder la dimensión de la religión; si la transforma -como dijeron los hegelianos- en la adoración de lo humano en la cultura, en la nación, en la política, en la propia historia humana, entonces la política sería nuestra religión y el Estado nuestra Providencia, como afirmón Feuerbach [en La esencia del cristianismo]". (p. 37).
Afirma san Agustín que el mayor bien que existe en este mundo es la ciudad terrena, la misma que de acuerdo con su argumentación en la Civitas Dei acaba en el infierno. ¿Acaso se está contradiciendo el obispo de Hipona? No. Con esta afirmación nos quiere enseñar que lo mejor del mundo es la Sociedad humana, como vida pública y como convivencia entre los hombres que buscan la paz (que es el mayor bien deseado por la Sociedad). Pero esa Sociedad humana y esa búsqueda de la paz ha de dirigirse hacia la "auténtica ciudadanía", a saber, la celeste. Para entendernos, y a modo de conclusión. La realidad del infierno llega cuando los habitantes de la ciudad terrena olvidan que están llamados a ser también ciudadanos de la ciudad celeste. Así, los actos del hombre iluminados por Dios resultan beneficiosos para toda la Sociedad; mientras que los actos que sólo buscan el propio beneficio del hombre acaban siendo perniciosos para la Humanidad porque son fruto del orgulloso interés del hombre que los ejecuta. (cfr. pp. 38-39).
En Barcelona, a 23 de septiembre de 2008.
Promover la dignidad de la persona
37. Redescubrir y hacer redescubrir la dignidad inviolable de cada persona humana constituye una tarea esencial; es más, en cierto sentido es la tarea central y unificante del servicio que
La dignidad personal es el bien más precioso que el hombre posee, gracias al cual supera en valor a todo el mundo material. Las palabras de Jesús: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si después pierde su alma?» (Mc 8, 36) contienen una luminosa y estimulante afirmación antropológica: el hombre vale no por lo que «tiene» -¡aunque poseyera el mundo entero!-, sino por lo que «es». No cuentan tanto los bienes de la tierra, cuanto el bien de la persona, el bien que es la persona misma.
La dignidad de la persona manifiesta todo su fulgor cuando se consideran su origen y su destino. Creado por Dios a su imagen y semejanza, y redimido por la preciosísima sangre de Cristo, el hombre está llamado a ser «hijo en el Hijo» y templo vivo del Espíritu; y está destinado a esa eterna vida de comunión con Dios, que le llena de gozo. Por eso toda violación de la dignidad personal del ser humano grita venganza delante de Dios, y se configura como ofensa al Creador del hombre.
A causa de su dignidad personal, el ser humano es siempre un valor en sí mismo y por sí mismo y como tal exige ser considerado y tratado. Y al contrario, jamás puede ser tratado y considerado como un objeto utilizable, un instrumento, una cosa.
La dignidad personal constituye el fundamento de la igualdad de todos los hombres entre sí. De aquí que sean absolutamente inaceptables las más variadas formas de discriminación (...). Toda discriminación constituye una injusticia completamente intolerable, (...), cuanto por el deshonor que se inflige a la dignidad de la persona; y no sólo a la dignidad de quien es víctima de la injusticia, sino todavía más a la de quien comete la injusticia.
Fundamento de la igualdad de todos los hombres, la dignidad personal es también el fundamento de la participación y la solidaridad de los hombres entre sí: el diálogo y la comunión radican, en última instancia, en lo que los hombres «son», antes y mucho más que en lo que ellos «tienen». La dignidad personal es propiedad indestructible de todo ser humano. Es fundamental captar todo el penetrante vigor de esta afirmación, que se basa en la unicidad y en la irrepetibilidad de cada persona.
En consecuencia, el individuo nunca puede quedar reducido a todo aquello que lo querría aplastar y anular en el anonimato de la colectividad, de las instituciones, de las estructuras, del sistema. En su individualidad, la persona no es un número, no es un eslabón más de una cadena, ni un engranaje del sistema. La afirmación que exalta más radicalmente el valor de todo ser humano la ha hecho el Hijo de Dios encarnándose en el seno de una mujer.
En Barcelona, a 22 de septiembre de 2008.