jueves, 23 de octubre de 2008

Corría el año: La guerra de la Independencia. C. Vidal (I)

No podía pasar más tiempo sin presentar en este cuaderno de bitácora algún "post" sobre La Guerra de Independencia (1808-14), de la que celebramos durante este año el bicentenario de su comienzo, símbolo del profundo patriotismo que se manifestó en todo el territorio español contra el Imperio invasor francés de Napoleón.

Hoy, quiero rescatar para nuestra memoria y para nuestro deleite el primero de los programas que César Vidal preparó para abordar este tema. ¡Qué lo disfrutes!



El segundo, el próximo jueves.

En Barcelona, a 23 de octubre de 2008.

lunes, 20 de octubre de 2008

Christifideles Laici. JP II (XIX). Caridad para la solidaridad

Caridad para solidaridad. Estas palabras sintetizan perfectamente el fragmento que os presento hoy de la exhortación de Juan Pablo II Christifideles Laici, sobre la misión de los laicos en la Vida Pública (1988).

¿Acaso podríamos ser solidarios con nuestro prójimo si no somos capaces de entregarnos a él (esto es caridad)? Al analizar humanamente el significado de caridad nos encontramos con una realidad necesaria e inherente al hombre: el Amor (con mayúsculas). Porque el hombre necesita amar y ser amado. El Amor es causa primera de su felicidad. El Amor es causa primera de su realización como hombre. El hombre que ama (y en este caso, el hombre que es solidario, con lo que ello significa) satisface sus inquietudes interiores de construir adecuadamente la sociedad que le rodea. El hombre que es solidario coopera para erigir una comunidad de personas materializada en el bienestar del que se sabe rodeado de personas que "luchan sacrificadamente" por lograr la felicidad. Resumiendo: el hombre que ama, el solidario, procura que haya "paz y buenos alimentos" para todos los que le rodean.
Os dejo ya con Juan Pablo II. Los subrayados son míos. Espero vuestros comentarios.

La caridad, alma y apoyo de la solidaridad

41. El servicio a la sociedad se manifiesta y se realiza de modos diversos: desde los libres e informales hasta los institucionales, desde la ayuda ofrecida al individuo a la dirigida a grupos diversos y comunidades de personas.


(...). La caridad con el prójimo, en las formas antiguas y siempre nuevas de las obras de misericordia corporal y espiritual, representa el contenido más inmediato, común y habitual de aquella animación cristiana del orden temporal, que constituye el compromiso específico de los fieles laicos.


Con la caridad hacia el prójimo, los fieles laicos viven y manifiestan su participación en la realeza de Jesucristo, esto es, en el poder del Hijo del hombre que «no ha venido a ser servido, sino a servir» (Mc 10, 45). Ellos viven y manifiestan tal realeza del modo más simple, posible a todos y siempre, y a la vez del modo más engrandecedor, porque la caridad es el más alto don que el Espíritu ofrece para la edificación de la Iglesia (cfr. 1Co 13, 13) y para el bien de la humanidad. La caridad, en efecto, anima y sostiene una activa solidaridad, atenta a todas las necesidades del ser humano.


Tal caridad, ejercitada no sólo por las personas en singular sino también solidariamente por los grupos y comunidades, es y será siempre necesaria. (...).


El voluntariado, si se vive en su verdad de servicio desinteresado al bien de las personas, especialmente de las más necesitadas y las más olvidadas por los mismos servicios sociales, debe considerarse una importante manifestación de apostolado, en el que los fieles laicos, hombres y mujeres, desempeñan un papel de primera importancia.


En Barcelona, a 20 de octubre de 2008.

viernes, 17 de octubre de 2008

Homenaje a la Guardia Civil en Santander

El pasado domingo, 12 de octubre, día de la Hispanidad y festividad de Ntra. Sra. del Pilar, Patrona de la Guardia Civil, tuvo lugar un homenaje a la misma en Santander, que consistió en la entrega de condecoraciones y desfile de las distintas secciones destacadas en la Comunidad Autónoma de Cantabria. Al acto asistió el Ministro del Interior y el Director General de la Policía y de la Guardia Civil. El Cuerpo de la Guardia Civil, fundado por el Duque de Ahumada (1844), fue arropado por numeroso público que le lanzó vivas y le tributó aplausos a medida que sus miembros cruzaron los Jardines de Pereda desde el Ayuntamiento.

DISAD, Asociación para la divulgación de la Hispanidad, fue una de las impulsas de este merecido homenaje al Cuerpo de la Guardia Civil por su infatigable labor de protección de nuestras carreteras y ciudades, por su loable labor de seguridad frente a las amenazas terroristas, etc. A tal efecto os dejo con un breve vídeo que DISAD ha elaborado en gratitud a todos sus miembros. ¡Viva la Guardia Civil!





En Barcelona, a 17 de octubre de 2008.

lunes, 13 de octubre de 2008

Christifideles Laici. JP II (XVIII). La familia

De nuevo, otro fragmento de la exhortación apostólica Christifideles Laici de Juan Pablo II, dedicado a la célula esencial de la sociedad, la unidad mínima que la construye y la fundamenta..., sí: la familia. Tener claro que es en familia dónde las personas crecemos es clave para encauzar el feliz desarrollo de nuestra sociedad. Así pues, adoptar políticas que no favorezcan su genuina naturaleza es ir contra la familia misma, y consecuentemente contra cada una de las personas que conforman nuestra humana comunidad social. Este texto nos permitirá considerar la necesaria valía de la familia como "ladrillo" vertebrador de la sociedad. Los subrayados son míos, ¡espero vuestros comentarios!

La familia, primer campo en el compromiso social

40. La persona humana tiene una nativa y estructural dimensión social en cuanto que es llamada, desde lo más íntimo de sí, a la comunión con los demás y a la entrega a los demás (...). Y así, la sociedad, fruto y señal de la sociabilidad del hombre, revela su plena verdad en el ser una comunidad de personas.


Se da así una interdependencia y reciprocidad entre las personas y la sociedad: todo lo que se realiza en favor de la persona es también un servicio prestado a la sociedad, y todo lo que se realiza en favor de la sociedad acaba siendo en beneficio de la persona. Por eso, el trabajo apostólico de los fieles laicos en el orden temporal reviste siempre e inseparablemente el significado del servicio al individuo en su unicidad e irrepetibilidad, y del servicio a todos los hombres.


Ahora bien, la expresión primera y originaria de la dimensión social de la persona es el matrimonio y la familia: (...) y esta sociedad de hombre y mujer es la expresión primera de la comunión entre personas humanas. Jesús se ha preocupado de restituir al matrimonio su entera dignidad y a la familia su solidez (cf.r Mt 19, 3-9); y san Pablo ha mostrado la profunda relación del matrimonio con el misterio de Cristo y de la Iglesia (cf. Ef 5, 22-6, 4; Col 3, 18-21; 1P 3, 1-7).


El matrimonio y la familia constituyen el primer campo para el compromiso social de los fieles laicos. (...).


La familia es la célula fundamental de la sociedad, cuna de la vida y del amor en la que el hombre «nace» y «crece». Se ha de reservar a esta comunidad una solicitud privilegiada, sobre todo cada vez que el egoísmo humano, las campañas antinatalistas, las políticas totalitarias, y también las situaciones de pobreza y de miseria física, cultural y moral, además de la mentalidad hedonista y consumista, hacen cegar las fuentes de la vida, mientras las ideologías y los diversos sistemas, junto a formas de desinterés y desamor, atentan contra la función educativa propia de la familia.


Urge, por tanto, una labor amplia, profunda y sistemática, sostenida no sólo por la cultura sino también por medios económicos e instrumentos legislativos, dirigida a asegurar a la familia su papel de lugar primario de «humanización» de la persona y de la sociedad.


El compromiso apostólico de los fieles laicos con la familia es ante todo el de convencer a la misma familia de su identidad de primer núcleo social de base y de su original papel en la sociedad, para que se convierta cada vez más en protagonista activa y responsable del propio crecimiento y de la propia participación en la vida social. De este modo, la familia podrá y deberá exigir a todos -comenzando por las autoridades públicas- el respeto a los derechos que, salvando la familia, salvan la misma sociedad.


Todo lo que está escrito en la Exhortación Familiaris consortio sobre la participación de la familia en el desarrollo de la sociedad y todo lo que la Santa Sede, a invitación del Sínodo de los Obispos de 1980, ha formulado con la «Carta de los Derechos de la Familia», representa un programa operativo, completo y orgánico para todos aquellos fieles laicos que, por distintos motivos, están implicados en la promoción de los valores y exigencias de la familia; (...).


Como demuestra la experiencia, la civilización y la cohesión de los pueblos depende sobre todo de la calidad humana de sus familias. Por eso, el compromiso apostólico orientado en favor de la familia adquiere un incomparable valor social. Por su parte, la Iglesia está profundamente convencida de ello, sabiendo perfectamente que «el futuro de la humanidad pasa a través de la familia».


En Barcelona, a 13 de octubre de 2008.

lunes, 6 de octubre de 2008

Christifideles Laici. JP II (XVII). Derecho libertad religiosa

Hoy, como todos los lunes, presentamos un texto que estimule la reflexión sobre cuestiones relacionadas con la Vida Pública. Últimamente estamos rescatando fragmentos de la Christifideles Laici de Juan Pablo II, que trata sobre la misión y vocación de los laicos en el mundo. He escogido un punto relacionado con el derecho que nuestra Constitución garantiza en su artículo 16 de libertad religiosa, y que recientemente el Gobierno de nuestro país ha manifestado que pretende reformar su regulación. Me pregunto, ¿habrá auténtica libertad religiosa si hay una Ley que regula cómo deben ser las manifestaciones religiosas? Los subrayados son míos. ¡Espero vuestros comentarios!


Libres para invocar el Nombre del Señor

39. El respeto de la dignidad personal, que comporta la defensa y promoción de los derechos humanos, exige el reconocimiento de la dimensión religiosa del hombre. No es ésta una exigencia simplemente «confesional», sino más bien una exigencia que encuentra su raíz inextirpable en la realidad misma del hombre. En efecto, la relación con Dios es elemento constitutivo del mismo «ser» y «existir» del hombre: es en Dios donde nosotros «vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17, 28). Si no todos creen en esa verdad, los que están convencidos de ella tienen el derecho a ser respetados en la fe y en la elección de vida, individual o comunitaria, que de ella derivan. Esto es el derecho a la libertad de conciencia y a la libertad religiosa, cuyo reconocimiento efectivo está entre los bienes más altos y los deberes más graves de todo pueblo que verdaderamente quiera asegurar el bien de la persona y de la sociedad. (...).


Todo lo que hemos dicho hasta ahora sobre el respeto a la dignidad personal y sobre el reconocimiento de los derechos humanos afecta sin duda a la responsabilidad de cada cristiano, de cada hombre. Pero inmediatamente hemos de hacer notar cómo este problema reviste hoy una dimensión mundial. En efecto, es una cuestión que ahora atañe a enteros grupos humanos; más aún, a pueblos enteros que son violentamente vilipendiados en sus derechos fundamentales. De aquí la existencia de esas formas de desigualdad de desarrollo entre los diversos Mundos, que han sido abiertamente denunciados en la reciente Encíclica Sollicitudo rei socialis [de Juan Pablo II (30/XII/1987)].


El respeto a la persona humana va más allá de la exigencia de una moral individual y se coloca como criterio base, como pilar fundamental para la estructuración de la misma sociedad, estando la sociedad enteramente dirigida hacia la persona.


Así, íntimamente unida a la responsabilidad de servir a la persona, está la responsabilidad de servir a la sociedad como responsabilidad general de aquella animación cristiana del orden temporal, a la que son llamados los fieles laicos según sus propias y específicas modalidades.


En Barcelona, a 6 de octubre de 2008.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Acció per la Democràcia

El pasado martes, 30 de septiembre, en el Colegio de Abogados de Barcelona tuvo lugar el acto de presentación de una iniciativa de modificación de la Ley electoral, que busca, concretamente, una elección directa de los diputados, representantes del pueblo. Esta propuesta de reforma está representada por la plataforma cívica Acció per la Democràcia con Josep Miró i Ardévol a la cabeza.

Os transcribo dos párrafos de su web que resumen sus intereses:
Acción por la Democracia es una iniciativa surgida de la sociedad civil de naturaleza plural, e independiente de toda organización. Las personas que se reunen en ella lo hacen con una única finalidad: trabajar para modificar la ley electoral de Cataluña, con el fin de conseguir una nueva legislación que garantice la elección directa del diputado en el marco de la proporcionalidad a la que obliga la Constitución Española, y a su vez que establece una serie de obligaciones del elegido, diputado o regidor, en relación a los electores, dirigidos a conseguir una vinculación a lo largo de los cuatro años, información y posibilidad de hacer llegar la voz de sus electores al candidato elegido. En definitiva consideramos un imperativo categórico el traspaso del peso actual a las direcciones de los partidos en la elección de los diputados a los ciudadanos, como una condición necesaria para mejorar la calidad de nuestra democracia. Acción por la Democracia limita su actuación a este único objetivo en términos que establece el Manifiesto (véase la sección Manifiesto en las pestañas superiores) y os emplaza a participar activamente en este cambio, tanto a través de los actos y las reuniones de trabajo como de la página web.
Esta propuesta cívica es ciertamente muy interesante y digna de consideración. Si lo pensamos bien, esta plataforma sale al quite ante una sociedad catalana que se caracteriza actualmente por su baja participación electoral y su alta abstención a la hora de ir a elegir a sus representantes. Acció per la Democràcia, con gran dosis de pedagogía, quiere estimular a la sociedad (concretamente a la catalana, aunque tiene vocación de abarcar a la nacional) a involucrarse en la vida política. Quiere hacer ver la importancia que tiene para cada uno de los ciudadanos el participar democráticamente en los comicios y en todo lo que le rodea.

Esto me parece muy positivo. Es necesario que cada uno de nosotros "se moje" en política. Como sabes, "política" es "la ciencia que se encarga de organizar la vida de las sociedades" (recuerda que "polis" significa "ciudad", actualmente podríamos traducir como "sociedad"). Todos vivimos en sociedad. Todos, queramos o no, quedamos afectados por las decisiones políticas que nuestros dignos representantes realizan. Así pues, no hay excusa para mirar hacia otro lado. No querer saber nada de la vida pública y de la realidad que la conforma es propia de "idiotas" (término que los clásicos utilizaban para designar a aquel que se despreocupaba de las cuestiones públicas que directamente le afectaban).

Así pues, no seamos "idiotas". Contemplemos la sociedad que nos rodea y ¡a delante! Piensa que tu sociedad, tu ciudad, tu barrio, tu círculo será mejor en tanto tú ayudes a mejorarlo. Un lema de Manos Unidas lo refleja muy bien: ¡Cambia tu vida, para cambiar el mundo!". Nadie sólo puede cambiar todo el mundo. Pero si trabajar por hacer más agradable tu ambiente y tus relaciones personales seguro que tu mundo ya está cambiando a mejor.

La única pega que considero que tiene la iniciativa de Acció per la Democràcia es que no tiene una sociedad con la "educación democrática" necesaria para adsorver su inteligente propuesta. La sociedad española en su periodo democrática ha "crecido" con un modo concreto de elección de diputados (marcada por la Ley electoral que se quiere modificar), y queramos o no, 30 años escogiendo a nuestros representantes de la misma manera calan en el pueblo y en el estrato político (que con seguridad no estará plenamente de acuerdo con esta iniciativa). Además, la idiosincrasia de la sociedad catalana (y española por extensión) ante cuestiones democráticas es "de comodidad": elegimos a unos representantes una vez cada 4 años y ya está. En España no tenemos costumbre de participación activa en la elección de los cargos políticos como lo pueden tener en Estados Unidos, en Reino Unido o en Suiza, por ejemplo. El pueblo español tiene que aprender cuál es genuino valor de la DEMOCRACIA con mayúsculas, a saber, cada ciudadano cuenta y es importante su colaboración a la hora de construir la sociedad en la que intentamos vivir en paz y felicidad. Estos son los dos retos. Queda mucho por hacer... ¿te animas?

En Barcelona, a 1 de octubre de 2008.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Christifideles Laici. JP II (XVI). Derecho a la Vida

Este lunes presentamos otro punto más -consecuencia de la dignidad de la Persona, de la que hablamos el lunes pasado- de la exhortación sobre la misión y vocación de los laicos en la vida pública de Juan Pablo II. Pero este fragmento que rescato para ti, no es como los demás. Tiene para mi un significado especial, aunque no por ello quiero decir que los textos anteriores no merezcan ser tenidos en cuenta. Los párrafos que siguen hablan sobre lo más maravilloso y más admirable que tú y yo poseemos, no por nosotros mismos sino por pura generosidad (manifestada en el amor de nuestros padres). Como ya habrás intuido, en este punto se nos va a hablar de la Vida. Los subrayados son míos. ¡Espero vuestros comentarios!

Venerar el inviolable derecho a la vida
38. El efectivo reconocimiento de la dignidad personal de todo ser humano exige el respeto, la defensa y la promoción de los derechos de la persona humana. Se trata de derechos naturales, universales e inviolables. Nadie, ni la persona singular, ni el grupo, ni la autoridad, ni el Estado pueden modificarlos y mucho menos eliminarlos, porque tales derechos provienen de Dios mismo.

La inviolabilidad de la persona, reflejo de la absoluta inviolabilidad del mismo Dios, encuentra su primera y fundamental expresión en la inviolabilidad de la vida humana. Se ha hecho habitual hablar, y con razón, sobre los derechos humanos; como por ejemplo sobre el derecho a la salud, a la casa, al trabajo, a la familia y a la cultura. De todos modos, esa preocupación resulta falsa e ilusoria si no se defiende con la máxima determinación el derecho a la vida como el derecho primero y fontal, condición de todos los otros derechos de la persona.

El titular de tal derecho es el ser humano, en cada fase de su desarrollo, desde el momento de la concepción hasta la muerte natural; y cualquiera que sea su condición, ya sea de salud que de enfermedad, de integridad física o de minusvalidez, de riqueza o de miseria. El Concilio Vaticano II proclama abiertamente: «Cuanto atenta contra la vida -homicidios de cualquier clase, genocidios, aborto, eutanasia y el mismo suicidio deliberado-; cuanto viola la integridad de la persona humana, como, por ejemplo, las mutilaciones, las torturas morales o físicas, los conatos sistemáticos para dominar la mente ajena; cuanto ofende a la dignidad humana, como son las condiciones infrahumanas de vida, las detenciones arbitrarias, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de blancas y de jóvenes; o las condiciones laborales degradantes, que reducen al operario al rango de mero instrumento de lucro, sin respeto a la libertad y a la responsabilidad de la persona humana: todas estas prácticas y otras parecidas son en sí mismas infamantes, degradan la civilización humana, deshonran más a sus autores que a sus víctimas y son totalmente contrarias al honor debido al Creador».

Si bien la misión y la responsabilidad de reconocer la dignidad personal
de todo ser humano y de defender el derecho a la vida es tarea de todos, algunos fieles laicos son llamados a ello por un motivo particular. Se trata de los padres, los educadores, los que trabajan en el campo de la medicina y de la salud, y los que detentan el poder económico y político.

En la aceptación amorosa y generosa de toda vida humana, sobre todo si es débil o enferma, la Iglesia vive hoy un momento fundamental de su misión, tanto más necesaria cuanto más dominante se hace una «cultura de muerte». En efecto, «la Iglesia cree firmemente que la vida humana, aunque débil y enferma, es siempre un don espléndido del Dios de la bondad. (...). Corresponde a los fieles laicos que más directamente o por vocación o profesión están implicados en acoger la vida, el hacer concreto y eficaz el "sí" de la Iglesia a la vida humana. Con el enorme desarrollo de las ciencias biológicas y médicas, junto al sorprendente poder tecnológico, se han abierto en nuestros días nuevas posibilidades y responsabilidades en la frontera de la vida humana. En efecto, el hombre se ha hecho capaz no sólo de «observar», sino también de «manipular» la vida humana en su mismo inicio o en sus primeras etapas de desarrollo. La conciencia moral de la humanidad no puede permanecer extraña o indiferente frente a los pasos gigantescos realizados por una potencia tecnológica, que adquiere un dominio cada vez más dilatado y profundo sobre los dinamismos que rigen la procreación y las primeras fases de desarrollo de la vida humana. En este campo y quizás nunca como hoy, la sabiduría se presenta como la única tabla de salvación, para que el hombre, tanto en la investigación científica teórica como en la aplicada, pueda actuar siempre con inteligencia y con amor; es decir, respetando, todavía más, venerando la inviolable dignidad personal de todo ser humano, desde el primer momento de su existencia. Esto ocurre cuando la ciencia y la técnica se comprometen, con medios lícitos, en la defensa de la vida y en la curación de las enfermedades desde los comienzos, (...).

Los fieles laicos, comprometidos por motivos varios y a diverso nivel en el campo de la ciencia y de la técnica, como también en el ámbito médico, social, legislativo y económico deben aceptar valientemente los «desafíos» planteados por los nuevos problemas de la bioética. Como han dicho los Padres sinodales, «Los cristianos han de ejercitar su responsabilidad como dueños de la ciencia y de la tecnología, no como siervos de ella (...)». Urge hoy la máxima vigilancia por parte de todos ante el fenómeno de la concentración del poder, y en primer lugar del poder tecnológico. Tal concentración, en efecto, tiende a manipular no sólo la esencia biológica, sino también el contenido de la misma conciencia de los hombres y sus modelos de vida, agravando así la discriminación y la marginación de pueblos enteros.

En Barcelona, a 29 de septiembre de 2008.

martes, 23 de septiembre de 2008

Mundo Histórico y Reino de Dios en san Agustín. F. Canals

Hoy quiero presentarte, querido lector, el interesante libro de Francisco Canals Vidal Mundo histórico y Reino de Dios (Scire. Barcelona, 2005). En esta obra se reunen unas conferencias que el filósofo barcelonés impartió en la Fundación Balmesiana de Barcelona en 1993, y que se incluyen dentro del ámbito de la Teología de la Historia, como él mismo afirma en la Introducción.El exhaustivo análisis filosófico de estas cuestiones y la magistral profundidad que alcanzan sus reflexiones exigen leer detenidamente sus páginas para "gustar" plenamente de sus brillantes enseñanzas que, una vez más, nos ofrece don Francisco, que es doctor en Filosofía, Derecho y Teología, catedrático de Metafísica de la Universidad de Barcelona y miembro destacado de la Escuela Tomista de Barcelona, de la Pontificia Academia de Santo Tomás y de la Sociedad Internacional Tomás de Aquino (S.I.T.A.). Quiero en estas líneas rescatar algunas de las ideas de su Introducción y de su primer artículo, dedicado a san Agustín.


En la Introducción (pp. 19-28) Canals realiza una serie de explicaciones previas que nos situan en el contexto filosófico-teológico que interrelaciona "mundo histórico" con "Reino de Dios". El sentido de “mundo” hay que entenderlo no solo como "algo" propiamente material (Cosmos, Universo) sino principalmente en el sentido filosófico, que es más existencial, pues con “mundo” nos referimos a “la humanidad”. Hay que entender “histórico” hay que entenderlo como el despliegue de la humanidad en la Historia caracterizada por sus polémicas y enfrentamientos motivados por el orgullo que ciega la voluntad del hombre, pero también adjetivada por sus permanentes ansias de superación y mejora de las equivocaciones y errores. (cfr. p. 19).


Hegel habla con frecuencia sobre el “Reino de Dios” pero tras su filosofía no se encuentra la providencia de un Dios transcendente ni personal ni creador de la realidad. ¡Hay que estar ojo avizor! Porque su filosofía sigue viva en filosofías actuales de la cultura, del lenguaje, de la historia y de la teología que ejercen una sutil pero constante influencia en nuestros modelos de vida. Un “truco” para detectarlas: generalmente hablan del “Reino de Dios” o de “lo divino” como algo que humanamente evoluciona y que el hombre por sí mismo conquista gracias a su madurez intelectual hasta alcanzar la “plena conciencia de lo divino”. (cfr. p. 20).


La relación entre “Mundo histórico y Reino de Dios” debe ser abordada prioritariamente desde la Palabra de Dios -y no sólo desde nuestra razón limitada ignorante de la dimensión de los misterios divinos-. El conocimiento de las Sagradas Escrituras nos pueden permitir explicar con cierto grado de inteligencia la Historia de la humanidad juzgando cómo se manifiesta en ella el “Reino de Dios”. (cfr. p. 21). Os invito a releer estos pasajes del Nuevo Testamento desde los que podemos comenzar la reflexión sobre esta cuestión: St 1, 26-27; 1Jn 2, 15-17. 4, 1-6. 5, 4-5; Jn 15, 18-19. 16, 8-11. 18, 36; Ef 6, 10-12; y 1Cor 2, 6. En el comentario del Salmo 54 san Agustín se inspira en el texto del apóstol de los gentiles en el que afirma que la lucha de este mundo no es contra los hombres sino contra los demonios y los gobernantes del mundo (cfr. Ef 6, 10-12) al afirmar que "nuestra lucha no es (...) contra los hombres que veis, sino contra príncipes y rectores del mundo de estas tinieblas. No sea que por haber dicho rectores del mundo entendieseis que los demonios rigen el cielo y la tierra (...)" (cfr. Enarrationes in psalmos, Salmo 54).


Cuando el obispo de Hipona -enseña Canals- "dice "los rectores del mundo" no atribuye el gobierno del mundo a los demonios, no. Dice "del mundo de estas tinieblas", significando el mundo de los que aman al mundo, el mundo de los que no aman y de los inicuos, el mundo que no conoció a Cristo, el mundo que odia a los discípulos del Señor. "Os doy la paz que el mundo no puede dar" (Jn 14, 27), dice el Señor. Este mundo es el que es regido por estas tinieblas. Y en este sentido, el Príncipe de este mundo es Satanás, y los demonios son los rectores de este mundo". (p. 26).


En el artículo Mundo histórico y Reino de Dios en san Agustín (pp. 29-42) se nos presenta un texto de Civitas Dei, clave de bóveda sobre la que se apoya la doctrina agustiniana sobre esta cuestión: "Dos amores fundaron dos ciudades, a saber: la ciudad terrena el amor de sí hasta el desprecio de Dios, y la ciudad celeste el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo" (XIV, 28).


Nos podemos preguntar con Canals, "si el mundo es obra de Dios, todo se ha hecho por el Verbo (Jesucristo), y el Verbo estaba en el mundo, ¿por qué los amadores del mundo integran aquella ciudad terrena cuyo fin es el infierno eterno, (...)?". (p. 30). Ante esta cuestión muchos han catalogado erróneamente a san Agustín como pesimista antropológico.


La "ciudad terrena" también es llamada "ciudad de los hombres", "ciudad impía" y "pueblo de los infieles", y está edificada sobre el amor al hombre que llega a despreciar a Dios. [Es la ciudad que posee como único fundamento al hombre mismo, que no tiene otro estilo de vida que el relativismo moral, que ya Protágoras y Gorgias enseñaban en la Antigua Grecia]. El hombre que vive "según la carne", y que no se convierta antes en hijo de Dios y ciudadano, por tanto, de la ciudad celeste y eterna, pertenece a la ciudad terrena cuyo fin, reitera el filósofo cartaginés, es el infieno. Mas, siempre hay esperanza. Nadie puede pertenecer a la ciudad celeste si no ha pertenecido previamente a la ciudad terrena. Por lo que siempre cabe la posibilidad del don de la conversión del hombre en ciudadano del cielo. (cfr. p. 31).


San Agustín recuerda que la ciudad eterna existe en este mundo como consecuencia del amor de Dios para con los hombres, que mueve su Sagrado Corazón a tener misericordia de nosotros. Por lo que nadie puede atribuirse la ciudadanía de la ciudad eterna ni excluir a otros hombres de la misma. Cometeríamos una falta de orgullo al juzgar si un hombre pertenece o no a la ciudad terrena o celeste, lo cual supondría que disponemos de la capacidad de examinar al hombre y sus actos, facultad sólo reservada al Creador, único y verdadero Juez; por lo que, si llegásemos a cometer esta tentación de creernos mejores que los demás, perderíamos la humildad característica de los ciudadanos del cielo, si es que la hubiéramos alcanzado. (cfr. pp. 32-33).


"¿Qué es la ciudad terrena que termina en el infierno? Aquella sociedad de los hombres que no quieren aceptar que necesitan Mediador o que no quieren reconocer que necesitan ir más allá de donde pueden llegar con sus esfuerzos humanos. Si el hombre valora como autosuficiente, plena y última, su propia naturaleza humana, hasta el punto de perder la dimensión de la religión; si la transforma -como dijeron los hegelianos- en la adoración de lo humano en la cultura, en la nación, en la política, en la propia historia humana, entonces la política sería nuestra religión y el Estado nuestra Providencia, como afirmón Feuerbach [en La esencia del cristianismo]". (p. 37).


Afirma san Agustín que el mayor bien que existe en este mundo es la ciudad terrena, la misma que de acuerdo con su argumentación en la Civitas Dei acaba en el infierno. ¿Acaso se está contradiciendo el obispo de Hipona? No. Con esta afirmación nos quiere enseñar que lo mejor del mundo es la Sociedad humana, como vida pública y como convivencia entre los hombres que buscan la paz (que es el mayor bien deseado por la Sociedad). Pero esa Sociedad humana y esa búsqueda de la paz ha de dirigirse hacia la "auténtica ciudadanía", a saber, la celeste. Para entendernos, y a modo de conclusión. La realidad del infierno llega cuando los habitantes de la ciudad terrena olvidan que están llamados a ser también ciudadanos de la ciudad celeste. Así, los actos del hombre iluminados por Dios resultan beneficiosos para toda la Sociedad; mientras que los actos que sólo buscan el propio beneficio del hombre acaban siendo perniciosos para la Humanidad porque son fruto del orgulloso interés del hombre que los ejecuta. (cfr. pp. 38-39).


En Barcelona, a 23 de septiembre de 2008.

lunes, 22 de septiembre de 2008

Atentado de ETA en Santoña

Ayer llegué a Barcelona tras unos días de vacaciones en Santoña, la perla del Cantábrico. Han sido unos días estupendo: descansada fiesta en familia.

Esta mañana me llamaron de "la tierruca" para comunicarme la fatal noticia del atentado terrorista frente al Patronato militar "Virgen del Puerto" en el que se preparan los militares para ingresar en la Academia de sub-oficiales de Lérida, además de servir como residencia de vacaciones para militares y sus familias. Sentí un escalofrío al pensar que podría haber muerto alguna persona conocida por mi... Aunque mayor fue mi pesar cuando me confirmaron que ciertamente había un muerto...

Las personas no podemos vivir con la incertidumbre de que una muerte violenta provocada por una banda de insensatos terroristas nos espera a la vuelta de la esquina. La sinrazón se ha apoderado de ellos y de quienes defendienden que la violencia es lícita para defender las ideas. Aunque a estas alturas creo que lo que quieren es seguir viviendo del terrorismo y de seguir creando "alarma social" ante la posibilidad de un atentado. Un hombre no es más que otro hombre, por lo que ningún hombre puede decidir sobre la vida de otra persona. Esto es así. Negarlo es defender que existen hombres superiores y otros inferiores: esta creencia es propia del nazismo más obsoleto y del racismo ignorante más odioso.

Escribo estas líneas con tristeza y rabia contenida, mas no quiero terminar sin recordar las palabras del hijo del Brigada del Ejército de Tierra, Luis Conde de la Cruz, que ha entregado inocentemente su vida esta madrugada (q. d. e. p.). Os despido con ellas.



En Barcelona, a 22 de septiembre de 2008.

Christifideles Laici. JP II (XV). La dignidad de la Persona

Como cada lunes, presentamos un fragmento de la Christifideles laici de Juan Pablo II, sobre misión de los laicos en la vida pública. Sé que lo que vas a leer aquí no es un mensaje que nuestra Sociedad diga a los cuatro vientos. Pero es Verdad. El valor de tu Persona es incalculable. ¡Por eso eres un ser muy valioso! ¡Por eso eres importante! Los subrayados son míos. ¡Espero vuestros comentarios!

Promover la dignidad de la persona

37. Redescubrir y hacer redescubrir la dignidad inviolable de cada persona humana constituye una tarea esencial; es más, en cierto sentido es la tarea central y unificante del servicio que la Iglesia, y en ella los fieles laicos, están llamados a prestar a la familia humana. Entre todas las criaturas de la tierra, sólo el hombre es «persona», sujeto consciente y libre y, precisamente por eso, «centro y vértice» de todo lo que existe sobre la tierra.


La dignidad personal es el bien más precioso que el hombre posee, gracias al cual supera en valor a todo el mundo material. Las palabras de Jesús: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si después pierde su alma?» (Mc 8, 36) contienen una luminosa y estimulante afirmación antropológica: el hombre vale no por lo que «tiene» -¡aunque poseyera el mundo entero!-, sino por lo que «es». No cuentan tanto los bienes de la tierra, cuanto el bien de la persona, el bien que es la persona misma.


La dignidad de la persona manifiesta todo su fulgor cuando se consideran su origen y su destino. Creado por Dios a su imagen y semejanza, y redimido por la preciosísima sangre de Cristo, el hombre está llamado a ser «hijo en el Hijo» y templo vivo del Espíritu; y está destinado a esa eterna vida de comunión con Dios, que le llena de gozo. Por eso toda violación de la dignidad personal del ser humano grita venganza delante de Dios, y se configura como ofensa al Creador del hombre.


A causa de su dignidad personal, el ser humano es siempre un valor en sí mismo y por sí mismo y como tal exige ser considerado y tratado. Y al contrario, jamás puede ser tratado y considerado como un objeto utilizable, un instrumento, una cosa.


La dignidad personal constituye el fundamento de la igualdad de todos los hombres entre sí. De aquí que sean absolutamente inaceptables las más variadas formas de discriminación (...). Toda discriminación constituye una injusticia completamente intolerable, (...), cuanto por el deshonor que se inflige a la dignidad de la persona; y no sólo a la dignidad de quien es víctima de la injusticia, sino todavía más a la de quien comete la injusticia.


Fundamento de la igualdad de todos los hombres, la dignidad personal es también el fundamento de la participación y la solidaridad de los hombres entre sí: el diálogo y la comunión radican, en última instancia, en lo que los hombres «son», antes y mucho más que en lo que ellos «tienen». La dignidad personal es propiedad indestructible de todo ser humano. Es fundamental captar todo el penetrante vigor de esta afirmación, que se basa en la unicidad y en la irrepetibilidad de cada persona.


En consecuencia, el individuo nunca puede quedar reducido a todo aquello que lo querría aplastar y anular en el anonimato de la colectividad, de las instituciones, de las estructuras, del sistema. En su individualidad, la persona no es un número, no es un eslabón más de una cadena, ni un engranaje del sistema. La afirmación que exalta más radicalmente el valor de todo ser humano la ha hecho el Hijo de Dios encarnándose en el seno de una mujer.


En Barcelona, a 22 de septiembre de 2008.